¿Por qué ha habido tan pocos minarquistas?

Si el minarquismo es una idea tan razonable —un Estado pequeño que se ocupe solo de protegerte y te deje en paz con el resto—, ¿por qué casi nadie a lo largo de la historia se ha llamado «minarquista»? La pregunta incomoda, y por eso vale la pena responderla de frente. La respuesta honesta es que el minarquismo es una idea joven y un equilibrio difícil, más un ideal al que apuntar que un régimen que haya existido de forma estable. Reconocerlo no debilita la propuesta: la hace creíble.

Antes de seguir, una definición rápida, que aquí no damos nada por sabido. Minarquismo viene de min-archy, «gobierno mínimo»: la idea de que el Estado solo está justificado para tres cosas —justicia, policía y defensa—, lo que protege tu libertad, y nada más.

PRIMERA RAZÓN: ES UNA DOCTRINA RECIENTE

La palabra «minarquismo» es del siglo XX, popularizada en los círculos libertarios de Estados Unidos en los años 60 y 70. Su formulación filosófica fuerte llega con Robert Nozick y su Anarquía, Estado y utopía (1974), donde defiende que el Estado mínimo —y solo el mínimo— puede justificarse sin violar los derechos de nadie.

Antes de eso, casi nadie usaba la etiqueta. Se hablaba de liberalismo o de gobierno limitado. Por eso, históricamente, el minarquismo no es una tradición con siglos a la espalda, sino una rama tardía del viejo tronco liberal. Buscar «minarquistas» en el siglo XVIII es como buscar «futbolistas» en la Edad Media: la práctica podía existir a medias, pero el nombre no.

SEGUNDA RAZÓN: ES UN EQUILIBRIO INESTABLE

Imagina una línea. En un extremo, el liberal clásico, que acepta que el Estado haga unas cuantas cosas más (algo de educación, de infraestructuras, de red de seguridad). En el otro, el anarcocapitalista, que quiere cero Estado, ni siquiera para la justicia o la policía. El minarquismo es la raya estrecha que queda en medio: solo seguridad, justicia y defensa.

Mantenerse en esa raya es difícil. Mucha gente, en cuanto admite que el Estado proteja, acaba pidiéndole «una cosita más»; y quien desconfía del todo del Estado, salta al anarquismo. El punto medio tiene poca clientela porque tira hacia los dos lados.

Y luego está la historia real: casi todos los gobiernos «limitados» terminaron creciendo. Las guerras, la ampliación del voto y el Estado de bienestar inflaron al Estado una y otra vez. Hubo aproximaciones al gobierno mínimo —el Estados Unidos del siglo XIX, ciertos enclaves comerciales—, pero siempre con salvedades enormes (la esclavitud, los aranceles…). Aproximaciones, no calcos.

EL LINAJE REAL: ANTEPASADOS, NO MINARQUISTAS

Que no hubiera «minarquistas» no significa que la idea apareciera de la nada. Tiene abuelos ilustres, gente que defendió un Estado al servicio de la libertad y nada más:

  • John Locke, la raíz: el gobierno existe para proteger derechos, no para tutelarte.
  • Thomas Jefferson y aquel lema —»el mejor gobierno es el que menos gobierna»— que recogería Henry David Thoreau.
  • Frédéric Bastiat, que en La ley avisó de que el Estado no debe convertirse en «saqueo legal».
  • Wilhelm von Humboldt (Los límites de la acción del Estado) y Herbert Spencer (El hombre contra el Estado).
  • Lord Acton y su célebre «el poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente».

Un paso más allá ya se sale del minarquismo: Gustave de Molinari propuso poner hasta la seguridad en competencia, y con eso se asoma al anarcocapitalismo. Y en el siglo XX, junto a Nozick, están Ayn Rand (muy afín) y, en parte, Hayek y Friedman —aunque estos admiten algo más de Estado que el minarquismo estricto, así que, en rigor, son liberales clásicos—.

LA HONESTIDAD COMO ARGUMENTO

Aquí llega la parte que en esta choza no nos saltamos: el contraste. Sería muy fácil vender el minarquismo como un paraíso perdido que «ya funcionó». No lo haremos, porque no es verdad. El minarquismo fue escasamente practicado; su fuerza no está en un pasado dorado, sino en sus argumentos.

Y las objeciones serias hay que ponerlas sobre la mesa, no esconderlas:

  • ¿Bienes públicos? ¿Quién paga el faro, la defensa, la investigación básica que el mercado no rentabiliza?
  • ¿Y la pobreza? Sin Estado de bienestar, ¿qué pasa con quien no puede pagarse la sanidad o la educación? (La objeción de fondo de Rawls y la socialdemocracia.)
  • ¿No tiende a crecer igual? Si el Estado mínimo siempre acaba inflándose, dirá el anarcocapitalista, ¿no es una ilusión inestable?

Que estas preguntas existan es justo lo que hace honesto el debate. Nuestra respuesta no es negarlas, sino sostener que la mayoría de esos problemas los resuelve mejor la cooperación voluntaria —mercado, sociedad civil, caridad— de lo que solemos creer, y que cada competencia que le das al Estado es una palanca de poder que alguien terminará usando contra ti.

EN RESUMEN

Hubo pocos minarquistas porque la idea es joven, vive en un equilibrio incómodo entre el liberal y el anarquista, y la historia empuja a los Estados a engordar. Pero «poco practicado» no es lo mismo que «equivocado». El mensaje de la casa es sencillo y, ojalá, constructivo: que el Estado haga poco, y lo haga bien; y mostremos, con ejemplos, cuánto resuelve la gente cuando se la deja cooperar en libertad —sin caricaturizar ni al vecino anarcocapitalista ni al que defiende el Estado grande—.

Fuentes y lecturas

  • Robert Nozick, Anarquía, Estado y utopía (1974).
  • Frédéric Bastiat, La ley (1850).
  • Wilhelm von Humboldt, Los límites de la acción del Estado.
  • Herbert Spencer, El hombre contra el Estado.

Nota de método: este es un artículo de divulgación, no académico; las fichas con citas y matices están en la bibliografía.