Paradojas de la decisión y el azar: cuando la intuición se estrella

⏱️ En 30 segundos: Cuatro paradojas donde el sentido común se estrella de frente contra la probabilidad, la utilidad, la causalidad y la lógica. Monty Hall, San Petersburgo, Newcomb y Sorites demuestran que, en cuanto entran en juego la incertidumbre o la vaguedad, la intuición ingenua deja de ser una buena brújula: hay que cambiarla por herramientas más finas.

Por qué estas paradojas viven aquí

Toda la sala repite un estribillo: nuestra intuición, afinada para un mundo simple, se estrella contra los sistemas complejos. En ningún sitio se ve tan desnudo como cuando hay que decidir bajo incertidumbre. Estas cuatro paradojas no son juegos de salón: son los cuatro puntos exactos donde el sentido común choca de frente con la probabilidad, la utilidad, la causalidad y la lógica. Entenderlas es vacunarse contra los errores de razonamiento que cometen a diario desde un inversor hasta un jurado.

1. Monty Hall: la puerta que lo cambia todo

El concurso: tres puertas, un coche detrás de una y una cabra detrás de cada una de las otras dos. Eliges una puerta. El presentador —que sabe dónde está el coche— abre otra puerta, siempre con cabra, y te ofrece cambiar a la tercera. ¿Conviene cambiar? La intuición grita «da igual, quedan dos puertas, 50-50». La intuición se equivoca: cambiar duplica tus probabilidades de ganar, de 1/3 a 2/3.

La demostración es puro teorema de Bayes, pero se ve sin fórmulas si piensas de dónde sale la información. Al elegir, acertaste con probabilidad 1/3 y fallaste con 2/3. Esa probabilidad de tu puerta no cambia cuando el presentador abre otra, porque él siempre podía abrir una cabra (no te dio información sobre tu puerta). Pero sí concentra todo el 2/3 restante en la única puerta cerrada que queda. Cambiar es apostar a que fallaste al principio — y fallaste dos de cada tres veces.

El truco que lo hace obvio: imagínalo con 100 puertas. Eliges una (probabilidad 1/100 de acertar). El presentador abre 98 puertas con cabra y deja una cerrada. ¿De verdad crees que tu corazonada inicial (1/100) empata ahora con la puerta que él ha dejado a propósito? Cambiar te da 99/100. La clave siempre fue que el presentador sabe y actúa: su elección no es azar, es información.

Cuando esto se publicó en 1990 (respondido por Marilyn vos Savant), miles de personas —incluidos matemáticos con doctorado— escribieron indignados diciendo que se equivocaba. No era ella. Es la mejor prueba de lo profundamente que la probabilidad condicional desafía a la intuición.

2. San Petersburgo: el premio infinito que nadie pagaría

Un juego: lanzo una moneda hasta que salga cara por primera vez. Si sale en la tirada n, cobras 2ⁿ euros (2 si sale a la primera, 4 a la segunda, 8 a la tercera…). Pregunta: ¿cuánto pagarías por jugar?

Calcula el valor esperado —el premio medio— y sale algo absurdo. La probabilidad de que la cara aparezca en la tirada n es 1/2ⁿ, y el premio es 2ⁿ, así que cada término aporta 2ⁿ · (1/2ⁿ) = 1 euro, y hay infinitos términos:

E = ½·2 + ¼·4 + ⅛·8 + … = 1 + 1 + 1 + … = ∞

El premio esperado es infinito. La teoría clásica diría que deberías pagar cualquier cantidad por jugar. Y sin embargo nadie sensato pagaría más de unas pocas monedas. Ahí está la paradoja, y su solución —de Daniel Bernoulli, 1738— fundó media economía moderna: **no decidimos por el dinero, sino por lo que el dinero nos sirve, la utilidad. Y la utilidad del dinero es decreciente: el segundo millón te importa mucho menos que el primero. Si el valor no es el euro sino su logaritmo (una función que crece cada vez más despacio), la suma converge** a una cantidad pequeña y razonable. La paradoja no estaba en las matemáticas; estaba en confundir dinero con valor. Es la semilla de la teoría de la utilidad esperada y de por qué existen los seguros (pagas una pequeña utilidad segura para evitar una pérdida enorme aunque improbable) — y enlaza con las colas gordas de «Leyes de potencia y cisnes negros».

3. Newcomb: dos razonamientos impecables, respuestas opuestas

Un ser (un superordenador, un alienígena…) que predice tus decisiones con una fiabilidad casi perfecta te pone delante dos cajas. La caja B siempre contiene 1.000 €. La caja A contiene 1.000.000 € si el ser predijo que cogerías solo A, y nada si predijo que cogerías las dos. El ser ya hizo su predicción y llenó (o no) la caja A antes de que tú entres. ¿Coges solo A, o coges las dos?

Aquí está lo diabólico: dos principios racionales sólidos dan respuestas contrarias.

  • El argumento de la dominación (coge las dos): el contenido de las cajas ya está fijado, no puedes cambiarlo. Sea lo que sea que hay en A, llevarte también B te da 1.000 € extra seguros. Coger las dos domina: siempre ganas más.
  • El argumento de la evidencia (coge solo A): los que cogen solo A se llevan, casi siempre, el millón; los que cogen las dos se llevan, casi siempre, mil. Si el predictor acierta, «coger solo A» es la política que te hace rico. Elige la evidencia: coge solo A.

No hay consenso. La paradoja, ideada por el físico William Newcomb y popularizada por el filósofo Robert Nozick en 1969, divide a los expertos en teoría de la decisión hasta hoy, y separa dos escuelas: la teoría causal de la decisión (dominación) frente a la evidencial (correlación). Toca el nervio de la sala entera: qué relación hay entre predecir un sistema y su libertad, un asunto muy vivo hoy con la IA que anticipa comportamientos.

4. Sorites: ¿cuántos granos hacen un montón?

Un millón de granos de arena son, sin duda, un montón. Si quitas uno, sigue siendo un montón —un grano no convierte un montón en un no-montón—. Quita otro, y otro… Repitiendo el argumento, un solo grano seguiría siendo un montón. Pero un grano no es un montón. ¿En qué grano exacto dejó de serlo?

La paradoja (de Eubulides, siglo IV a.C.) no es un truco: es una grieta real en la lógica clásica, que exige que toda afirmación sea verdadera o falsa, sin término medio. Palabras como «montón», «alto», «calvo» o «rico» son vagas: no tienen una frontera nítida. Y la lógica de dos valores (sí/no) no sabe tratar esa niebla. La respuesta moderna es admitir grados de verdad: la lógica difusa (Lotfi Zadeh, 1965), donde una afirmación puede ser verdadera al 0,7. No es un juego filosófico ocioso: la lógica difusa gobierna hoy termostatos, cámaras, frenos ABS y sistemas de control que operan con conceptos borrosos («un poco caliente», «casi lleno»). El montón de arena está dentro de tu lavadora.

Qué nos llevamos

Las cuatro cierran el nudo por el lado de quien tiene que decidir. Monty Hall enseña que la información depende de quién actúa y por qué (probabilidad condicional). San Petersburgo, que el valor no es el dinero sino su utilidad, y que el infinito matemático no manda sobre la decisión humana. Newcomb, que causalidad y evidencia pueden separarse hasta enfrentar a dos razonamientos igual de válidos. Y Sorites, que el mundo tiene fronteras borrosas que la lógica de sí/no no captura. Las cuatro repiten la moraleja de la sala: en cuanto entran la incertidumbre, la interacción o la vaguedad, la intuición ingenua deja de ser una buena brújula — y hay que cambiarla por la probabilidad, la utilidad, la teoría de la decisión y la lógica de grados. Ese cambio de herramientas es, en el fondo, todo lo que «El nudo» tenía que enseñar.

Para el mapa completo de la sala, vuelve al el pilar de la sección. Y si te has quedado con ganas de más azar contraintuitivo, recuerda que su pariente mayor —los sucesos raros y enormes— vive en las leyes de potencia de «Leyes de potencia y cisnes negros».

Fuentes (a enlazar en web)

  • **Marilyn vos Savant (1990, Parade) — el problema de Monty Hall y la polémica; base: teorema de Bayes**.
  • Daniel Bernoulli (1738) — paradoja de San Petersburgo y utilidad esperada (utilidad marginal decreciente).
  • Robert Nozick (1969) — «Newcomb’s Problem and Two Principles of Choice»; teoría causal vs. evidencial de la decisión.
  • Eubulides de Mileto (s. IV a.C.) — paradoja sorites; **Lotfi Zadeh (1965, Information and Control)** — lógica difusa.