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Divulgación científica · El ágora · La Choza del Erizo

Lo que toda cultura comparte: Los universales humanos

⏱️ En 30 segundos: Bajo la deslumbrante diversidad de culturas late un núcleo común a toda la humanidad: los universales que catalogó Donald Brown (lenguaje, música, el tabú del incesto, la sonrisa, el cotilleo…). Eso hunde la idea de que nacemos como una pizarra en blanco, marca límites que pone el propio cerebro —como el número de Dunbar, ~150 relaciones— y obliga a sostener dos verdades a la vez: universales de fondo, inmensa variación de forma.

El gancho: el marciano antropólogo

Imagina a un antropólogo marciano que aterriza en la Tierra para escribir el informe «Cómo son los humanos». A primera vista, se desespera: en un sitio comen con palillos y en otro con las manos, unos entierran a sus muertos y otros los queman, aquí se saluda con una reverencia y allá con un apretón de manos, y los idiomas no se parecen en nada. Todo distinto. Diversidad hasta el infinito.

Pero si el marciano es buen científico y afina la mirada, empieza a ver otra cosa debajo. En todas las aldeas que visita hay lenguaje. En todas hay música y baile. En todas se cuentan chismes sobre los vecinos, se prohíbe el sexo entre hermanos, se distingue lo justo de lo injusto, y los bebés sonríen a su madre. Debajo de la variación deslumbrante de la superficie late un núcleo común, el mismo en el Ártico y en el trópico. Ese núcleo tiene nombre en antropología —los universales humanos— y es una de las pruebas más sólidas de que existe algo llamado «naturaleza humana». Esta pieza va de qué contiene ese núcleo, cómo lo sabemos y por qué es tan fácil equivocarse al medirlo.

La lista de Brown: cientos de cosas que hacemos todos

El científico que puso orden en esto fue el antropólogo Donald E. Brown, que en 1991 publicó Human Universals, un libro que empezó como una provocación contra su propia disciplina. Durante buena parte del siglo XX, la antropología estaba enamorada de las diferencias: cada cultura era un mundo aparte, incomparable. Brown se preguntó lo contrario: ¿qué aparece en absolutamente todas las sociedades documentadas? Y recopiló una lista larguísima, de cientos de rasgos, con algunos que sorprenden de lo cotidianos que son:

  • Lenguaje con gramática, y con él la capacidad de mentir, bromear y hablar del pasado y del futuro.
  • Música y danza, y el hábito de marcar los momentos importantes con ritmo.
  • El tabú del incesto: en ninguna sociedad conocida se aprueba el sexo entre padres e hijos o entre hermanos. Sin excepción.
  • La reciprocidad: devolver favores y devolver agravios; la sensación de que una deuda social hay que saldarla.
  • La sonrisa como señal de agrado, y todo un repertorio de expresiones faciales que se entienden sin traductor.
  • El cotilleo: hablar de la conducta de los ausentes. Parece un vicio y es, resulta, un universal con función —así se vigila quién es de fiar en un grupo grande—.

Añade a eso la distinción entre bien y mal, los mitos sobre el origen del mundo, las herramientas, el adorno del cuerpo, los nombres propios, el miedo a las serpientes, los términos para el parentesco… La lista es larga y tozuda. El marciano tenía razón: bajo mil formas hay un plano común.

Por qué esto importa: el fin de la «tabla rasa»

Que existan universales no es un dato erudito y sin consecuencias; toca de lleno una vieja discusión sobre qué somos. Durante décadas dominó la idea de la tabla rasa (en latín, tabula rasa): la mente del recién nacido sería una pizarra en blanco, y todo —la moral, las emociones, las diferencias entre personas— lo escribiría encima la cultura. Según esa visión, no hay «naturaleza humana»: hay solo lo que cada sociedad imprime en nosotros.

El psicólogo Steven Pinker desmontó esa idea en The Blank Slate (2002, La tabla rasa), y los universales de Brown son una de sus mejores pruebas. El argumento es limpio: si fuéramos pizarras en blanco y la cultura pudiera escribir cualquier cosa, esperaríamos encontrar alguna sociedad sin lenguaje, alguna que aprobara el incesto, alguna sin música ni idea de justicia. No la hay. La existencia de un núcleo que se repite en pueblos que nunca tuvieron contacto delata que traemos de fábrica ciertos cimientos —igual que todos los cuerpos humanos, por diversos que sean, comparten un mismo esqueleto de 206 huesos—. La cultura decora la casa, y la decora de mil maneras distintas; pero los cimientos vienen puestos.

Conviene decir con nitidez qué no afirma esto, porque es terreno resbaladizo. No dice que estemos «programados» y sin libertad, ni que las diferencias entre culturas sean superficiales o no importen, ni —muchísimo menos— que lo «natural» sea lo «bueno» o lo «obligatorio» (saltar de cómo somos a cómo debemos vivir es un salto de valores que no se hace en esta sala; vive en filosofía y en política). Aquí, estrictos: solo constatamos, con la evidencia comparada, que existe un suelo común. El qué hacer con él es otra habitación de la casa.

El debate de fondo: Boas contra los universales

Nada de esto se descubrió sin pelea, y la pelea ilumina el asunto. A principios del siglo XX, el gran antropólogo Franz Boas —figura admirable, que combatió con datos el racismo científico de su época— impulsó el relativismo cultural: la idea de que cada cultura solo puede entenderse en sus propios términos, sin medirla con la vara de otra. Fue un avance moral y metodológico enorme: acabó con la arrogancia de clasificar a los pueblos en «civilizados» y «primitivos».

Pero, llevado al extremo por algunos de sus discípulos, el relativismo derivó en la tabla rasa: si todo es cultura y cada cultura es un universo incomparable, entonces no hay nada humano por debajo, no hay naturaleza compartida. Brown y Pinker representan el péndulo de vuelta: sí, Boas tenía razón en que hay que respetar cada cultura y no juzgarla con prejuicios; y a la vez los datos comparados muestran un fondo común innegable. La ciencia madura no elige bando a lo bruto, sino que integra las dos verdades: enorme diversidad en la superficie, unidad en los cimientos. Volveremos a ese matiz al final, porque es la clave de todo.

El número de Dunbar: un límite escrito en el cerebro

Si hay universales, cabe preguntar si alguno viene marcado no ya por la cultura, sino por el hardware de nuestro cerebro. El ejemplo más famoso lo aportó el antropólogo y psicólogo evolutivo Robin Dunbar en 1992. Dunbar estudió primates y notó una regularidad: en monos y simios, cuanto mayor es el neocórtex (la parte «nueva» del cerebro, la del pensamiento social), mayor es el grupo en el que la especie vive. El tamaño del grupo y el tamaño de esa región cerebral iban de la mano, con una relación matemática limpia.

Dunbar hizo entonces lo atrevido: metió al ser humano en esa misma fórmula y calculó qué tamaño de grupo nos tocaría por el tamaño de nuestro neocórtex. El resultado fue ~150. Es el hoy célebre número de Dunbar: el techo aproximado de relaciones sociales estables que una persona puede mantener a la vez —gente a la que conoces de verdad, sabes cómo encaja con los demás y con quien mantendrías el trato si te la cruzaras en un bar—. Y lo bonito es que ese número reaparece por todas partes cuando se va a mirar: el tamaño típico de las aldeas de agricultores primitivos, de los clanes, de las unidades militares que funcionan sin papeleo, de la lista de gente a la que de verdad felicitas por Navidad. La idea de fondo es que nuestro cerebro es como un disco duro social con una capacidad limitada: por encima de ~150 nombres, ya no puedes seguir quién es quién solo con la memoria y el trato, y necesitas muletas —jerarquías, normas escritas, burocracia— para que el grupo no se desmorone.

El número tiene sus críticos —hay quien lo estira o lo estrecha, y el propio Dunbar aclara que es un rango difuso, no una cifra clavada—, pero la idea que ilustra es robusta y preciosa para esta sala: algunos límites de lo social no son culturales, son cognitivos. Están escritos en la biología del órgano con el que convivimos.

Evolución cultural: por qué cambia la forma sin tocar el fondo

Falta una pieza para cerrar el rompecabezas: si los cimientos son comunes, ¿de dónde sale la variación deslumbrante de la superficie? La respuesta la da la evolución cultural, la idea de que las culturas cambian con el tiempo por un proceso análogo al de las especies: aparecen variantes (una nueva receta, una palabra, una costumbre), unas se copian más que otras porque funcionan mejor o resultan más atractivas, y así se acumulan y se transmiten de generación en generación. No es la evolución biológica —los genes—, sino la de las ideas y costumbres, que viaja mucho más rápido: por eso una lengua o una moda pueden transformarse en un siglo, mientras el cuerpo tarda milenios.

Ese doble motor explica el cuadro entero. Los cimientos (lenguaje, música, reciprocidad, el tabú del incesto) vienen de nuestra naturaleza compartida y por eso aparecen en todas partes; la decoración (qué idioma, qué escala musical, a quién exactamente consideras «hermano», con qué gesto saludas) la moldea la evolución cultural adaptándose a cada entorno, y por eso varía sin fin. Universal el que haya música; local el flamenco. Universal el saludo; local la reverencia. Universal el tabú del incesto; variable dónde traza cada sociedad la raya del parentesco prohibido.

Qué nos llevamos

La lección es de las que reordenan la cabeza, y tiene dos mitades que hay que sostener a la vez sin soltar ninguna. Primera: bajo la diversidad cultural, que es real y magnífica, hay un núcleo humano común —el que catalogó Donald Brown—, y eso significa que existe una naturaleza humana; no somos pizarras en blanco que la cultura pueda escribir de cualquier forma (Pinker). Segunda: ese núcleo son cimientos, no la casa entera; sobre unos fundamentos compartidos, la evolución cultural levanta una variedad casi infinita de formas, y algunos límites —como el número de Dunbar— nos los pone el propio cerebro.

El matiz honesto, que evita los dos errores opuestos, es este: quien solo ve las diferencias (relativismo extremo) se pierde que en el fondo somos la misma especie con las mismas necesidades; quien solo ve lo común (universalismo ingenuo) se pierde que la forma concreta lo cambia todo en la vida real. La verdad científica está en tener las dos cosas en la mano: universales de fondo, inmensa variación de forma. Reconocer ese suelo compartido —sin negar la diversidad ni aplanarla— es, quizá, la mejor vacuna contra pensar que «los otros» son de otra pasta.

Con esto tenemos ya el «qué somos» en abstracto. El siguiente paso natural es bajar a los números concretos de las poblaciones —cuántos nacemos, cuántos envejecemos, cómo crecen y menguan los pueblos—, que es la demografía de La sociedad en números.

Fuentes

  • Donald E. Brown (1991), Human Universals — el catálogo de rasgos comunes a todas las culturas.
  • Steven Pinker (2002), The Blank Slate (La tabla rasa) — contra la mente como pizarra en blanco; los universales como prueba de naturaleza humana.
  • Robin Dunbar (1992, Journal of Human Evolution) — «Neocortex size as a constraint on group size in primates»; el número de Dunbar (~150).
  • Franz Boas (principios del s. XX) — relativismo cultural; crítica del racismo científico.
  • Robert Boyd & Peter Richerson (1985), Culture and the Evolutionary Process — teoría de la evolución cultural.
  • Joseph Henrich (2015), The Secret of Our Success — cultura acumulativa y evolución cultural (lectura complementaria).