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EL INFINITO: HAY INFINITOS MÁS GRANDES QUE OTROS

⏱️ En 30 segundos: El infinito no es «un número muy gordo», y no todos los infinitos son iguales: unos son estrictamente mayores que otros. Cantor lo demostró con lógica impecable —comparar es emparejar, y el argumento diagonal hace el resto— y descubrió una escalera infinita de infinitos. Una de las ideas más bellas y mareantes que ha producido la cabeza humana.

El gancho: el infinito no es «un número muy gordo»

Casi todos llevamos dentro una idea equivocada del infinito: lo imaginamos como un número enorme, el más grande de todos, algo así como «un millón, pero sin parar». Y de esa idea sale una conclusión que parece de cajón: si el infinito es lo más grande que hay, todos los infinitos serán igual de grandes. ¿Cómo va a haber algo mayor que «todo»?

Pues resulta que no. A finales del siglo XIX, un matemático llamado Georg Cantor demostró —con lógica impecable, no con metáforas— algo que a sus contemporáneos les pareció una locura y hoy es cimiento de las matemáticas: hay infinitos de distintos tamaños, y unos son estrictamente más grandes que otros. El infinito de los números decimales, por ejemplo, es demostrablemente mayor que el infinito de los números para contar. Esta pieza va de cómo se demuestra eso sin trampa, y de por qué es una de las ideas más bellas y mareantes que ha producido la cabeza humana.

La idea genial: comparar sin contar

El primer obstáculo es que contar no sirve con lo infinito. No puedes contar los números naturales $1, 2, 3, \dots$ y anotar «el total»; no hay total. Entonces, ¿cómo se compara el tamaño de dos colecciones infinitas si no puedes contar ninguna de las dos?

La respuesta de Cantor es de una sencillez desarmante, y es la misma que usa un pastor que no sabe contar. Si quieres saber si tienes tantas ovejas como corrales, no hace falta que sepas cuántas hay de cada: metes una oveja en cada corral. Si al final no sobra ninguna oveja ni queda ningún corral vacío, hay exactamente las mismas, sepas o no el número. A ese emparejamiento perfecto —cada elemento de aquí con uno y solo uno de allá, sin sobras por ninguno de los dos lados— los matemáticos lo llaman biyección.

Cantor tomó esa idea de guardería y la convirtió en la definición oficial de «tener el mismo tamaño», también para conjuntos infinitos: dos conjuntos tienen el mismo tamaño (la misma «cardinalidad») si existe una biyección entre ellos. Emparejables uno a uno = igual de grandes. Es la única definición que funciona cuando no puedes contar, y es la llave de todo lo que viene.

El todo puede ser igual que la parte (y esto no es un error)

Armados con la biyección, aparece de inmediato lo primero que desafía al sentido común. Pregunta: ¿hay más números naturales ($1, 2, 3, 4, 5, \dots$) que números pares ($2, 4, 6, 8, \dots$)? La intuición grita que el doble: los pares son «la mitad», porque falta la otra mitad, los impares.

La intuición se equivoca. Empareja cada número natural con su doble:

$$1 \leftrightarrow 2, \quad 2 \leftrightarrow 4, \quad 3 \leftrightarrow 6, \quad \dots, \quad n \leftrightarrow 2n$$

Esta regla, $f(n) = 2n$, es una biyección: a cada natural le toca un par, a cada par le corresponde un único natural (su mitad), y no se queda nadie fuera por ningún lado. Según la única definición sensata de tamaño, hay exactamente tantos números pares como números naturales. El «todo» (los naturales) tiene el mismo tamaño que una de sus «partes» (los pares). Ya lo había olfateado Galileo en 1638 con los cuadrados perfectos, y le pareció tan escandaloso que concluyó que con el infinito no se podía razonar. Cantor dio la vuelta a esa rendición: eso no es un error, es la marca de fábrica de lo infinito. Un conjunto es infinito precisamente cuando se puede emparejar con una parte de sí mismo. Lo raro sería que no pasara.

El hotel de Hilbert: infinitas habitaciones, siempre hay sitio

El matemático David Hilbert inventó una imagen que atrapa esta rareza de un bocado. Imagina un hotel con infinitas habitaciones, numeradas $1, 2, 3, \dots$, y esta noche está completo: en cada habitación duerme un huésped. Llega un viajero pidiendo cama. En un hotel normal, «completo» significa «no hay sitio». Aquí no.

El recepcionista pide por megafonía que cada huésped se mude a la habitación siguiente: el de la 1 a la 2, el de la 2 a la 3, el de la $n$ a la $n+1$. Todos siguen teniendo su habitación (nadie se queda en la calle, porque siempre hay una «siguiente»), y ahora la habitación 1 está libre para el recién llegado. Un hotel lleno que acaba de hacer sitio sin echar a nadie. Y si llega un autobús con infinitos viajeros, basta con mandar a cada huésped a la habitación que vale el doble ($n \to 2n$), liberando de golpe todas las impares —infinitas— para los nuevos. El hotel de Hilbert es, en versión con conserje, la misma verdad de antes: con lo infinito, «lleno» no es «sin sitio», y el todo cabe en una parte.

Llegados aquí, uno sospecha que todos los infinitos son iguales y que siempre habrá un truco de mudanza para emparejarlos. A los conjuntos que sí se pueden emparejar con los naturales —los pares, los enteros, incluso las fracciones— se les llama numerables, y su tamaño se bautiza con la primera letra hebrea: $\aleph_0$ («alef-cero»), el infinito de «contar». Cantor podría haberse parado aquí. Pero se hizo la pregunta peligrosa: ¿seguro que todo infinito es numerable?

El golpe maestro: el argumento diagonal

Aquí Cantor demuestra que no. Que el infinito de los números reales —los decimales, todos los puntos de una recta— es estrictamente mayor que $\aleph_0$. Y lo hace con uno de los argumentos más elegantes de toda la matemática, la diagonal, que merece la pena seguir paso a paso porque no requiere más que paciencia.

Vamos a por un trozo pequeño: los números reales entre $0$ y $1$, escritos como decimales infinitos ($0{,}5000\dots$, $0{,}33333\dots$, $0{,}14159\dots$). La estrategia es la del buen escéptico del el pilar de la sala: suponer lo contrario y ver si revienta. Supongamos que son numerables, es decir, que se pueden poner todos en una lista infinita, emparejados con $1, 2, 3, \dots$ sin dejarse ninguno. Algo así:

$$ \begin{aligned} 1 &\leftrightarrow 0{,}\mathbf{3}\,1\,4\,1\,5\dots \\ 2 &\leftrightarrow 0{,}2\,\mathbf{7}\,1\,8\,2\dots \\ 3 &\leftrightarrow 0{,}1\,4\,\mathbf{1}\,4\,2\dots \\ 4 &\leftrightarrow 0{,}5\,7\,7\,\mathbf{2}\,1\dots \\ &\;\;\vdots \end{aligned} $$

Cantor construye entonces un número que no puede estar en la lista, y lo hace mirando la diagonal (las cifras en negrita: la 1.ª decimal del 1.º, la 2.ª del 2.º, la 3.ª del 3.º…). La receta es sencilla: fabrica un nuevo decimal $0{,}d_1 d_2 d_3\dots$ donde cada cifra se elige distinta de la de la diagonal. Por ejemplo, «si la cifra diagonal es $5$, pon $4$; si no, pon $5$». En el ejemplo, la diagonal es $3,7,1,2,\dots$, así que el número nuevo empieza $0{,}5\,5\,5\,5\dots$ (distinto de $3$, de $7$, de $1$, de $2$…).

Ahora la pregunta demoledora: ¿está ese número nuevo en la lista? No puede estar. No es el primero de la lista, porque difiere de él en la primera cifra (lo construimos así). No es el segundo, porque difiere en la segunda. No es el $n$-ésimo, porque por diseño difiere de él justo en la cifra $n$. Se distingue de cada número de la lista en al menos un decimal. Así que tenemos un número real perfectamente legítimo, entre $0$ y $1$, que no aparece en una lista que se suponía completa.

Contradicción. La suposición de partida —»los reales caben en una lista numerable»— era falsa. Por muchas listas que hagas, siempre se te escapará un número por la diagonal. Conclusión: los reales no son numerables. Son más que los naturales. Hay, al menos, dos tamaños de infinito: el numerable $\aleph_0$ y el continuo, el de la recta, que se escribe $2^{\aleph_0}$ y es estrictamente mayor:

$$\aleph_0 < 2^{\aleph_0}$$

No hay dos: hay infinitos tamaños de infinito

Y Cantor remató con algo aún más vertiginoso. Demostró un teorema general: para cualquier conjunto, el conjunto de todos sus subconjuntos (sus «partes») es siempre estrictamente mayor que él —la misma diagonal, generalizada—. Como ese proceso se puede repetir sin fin, no hay dos infinitos, ni tres: hay una escalera infinita de infinitos, cada uno inalcanzablemente mayor que el anterior:

$$\aleph_0 \;<\; 2^{\aleph_0} \;<\; 2^{2^{\aleph_0}} \;<\; \dots$$

No existe «el infinito más grande». La idea con la que abríamos —que el infinito es el techo de todo— se cae del todo: por encima de cualquier infinito hay siempre otro mayor. Fue tan revolucionario que a Cantor le llovieron los ataques de matemáticos ilustres que lo tacharon de sinsentido; hoy el gran David Hilbert resumió la deuda con una frase célebre: nadie nos expulsará del paraíso que Cantor creó.

El matiz honesto (y una frontera preciosa): una vez que sabes que $\aleph_0 < 2^{\aleph_0}$, surge la pregunta obvia: ¿hay algún infinito entre medias, mayor que los naturales pero menor que los reales? La conjetura de que no lo hay se llama hipótesis del continuo, y su destino es de los más asombrosos de la ciencia: no se puede demostrar ni refutar con los axiomas habituales de las matemáticas. Lo probó Kurt Gödel (1940, mostró que no se puede refutar) y Paul Cohen (1963, que tampoco se puede demostrar). Es indecidible: puedes construir matemáticas coherentes con la hipótesis o contra ella, como hay geometrías con y sin rectas paralelas. Un recordatorio de humildad: incluso en el reino del rigor perfecto hay preguntas con respuesta «depende de las reglas que elijas».

Qué nos llevamos

El infinito es el mejor ejemplo de una lección que esta sala repite: la intuición es una brújula que se desimanta en cuanto salimos del mundo cotidiano. «El todo es mayor que la parte» o «no hay nada más grande que el infinito» son certezas de andar por casa que, aplicadas a lo infinito, se demuestran falsas —no por opinión, sino con la lógica más limpia, emparejando y usando la diagonal—. Y lo bonito es cómo se demuestran: sin experimentos ni aparatos, solo con definiciones honestas (comparar es emparejar) y razonamiento llevado hasta el final. Ahí se ve qué son de verdad las matemáticas: no una calculadora glorificada, sino el arte de razonar con exactitud sobre cosas que ningún ojo verá nunca, y fiarte del resultado aunque te maree.

Si te ha gustado ver a la intuición tropezar con los números, esta sala guarda más trampas del mismo tipo: la probabilidad —donde el sentido común falla en el problema del cumpleaños o en Monty Hall— es la vecina natural de esta pieza.

Fuentes

  • Georg Cantor (1874, Journal für die reine und angewandte Mathematik / Crelle) — «Über eine Eigenschaft des Inbegriffes aller reellen algebraischen Zahlen»; primera prueba de que los reales no son numerables.
  • Georg Cantor (1891, Jahresbericht der DMV) — «Über eine elementare Frage der Mannigfaltigkeitslehre»; el argumento diagonal y el teorema general (todo conjunto es menor que el de sus partes).
  • Galileo Galilei (1638)Discorsi e dimostrazioni matematiche; la paradoja de los cuadrados perfectos (el todo emparejado con una parte).
  • David Hilbert (c. 1924) — la parábola del Grand Hotel infinito (difundida por George Gamow, One, Two, Three… Infinity, 1947).
  • Kurt Gödel (1940) — consistencia de la hipótesis del continuo con los axiomas de Zermelo–Fraenkel.
  • Paul Cohen (1963, PNAS) — independencia de la hipótesis del continuo (técnica del forcing); juntos, Gödel y Cohen prueban que es indecidible.