¿Es «rentable» la inmigración? El balance fiscal, sin mitos ni pánicos

El gancho

Sobre la inmigración se grita mucho y se calcula poco. «Nos arruinan, viven de las ayudas» vs. «lo pagan todo». Ambas son eslóganes. La respuesta honesta de la economía es menos épica: depende — de quién migra, a qué edad, si trabaja, y de cómo esté diseñado el Estado que recibe.

Qué es el «balance fiscal»

Balance neto = (impuestos + cotizaciones que paga) − (servicios y prestaciones que recibe).

El cálculo se hace igual para todos: casi cualquier nativo tiene balance negativo de niño (educación), positivo en edad de trabajar y negativo de mayor (pensiones+sanidad). El ciclo vital manda. Comparar a un inmigrante de 30 años que trabaja con «un español medio» (que incluye niños y jubilados) es tramposo.

Lo que decide el resultado: cuatro factores

  • Edad de llegada: quien llega adulto y formado es un «regalo fiscal» (el país de origen pagó su crianza y educación, ~cientos de miles de €). Quien llega mayor o muy niño entra primero por el coste.
  • Si trabaja y cotiza: la variable reina. Con empleo estable, contribuyente neto; en paro o economía sumergida, coste. Un mercado laboral rígido o un SMI que cierra la puerta a los menos productivos empeora su balance.
  • El tipo de inmigración: laboral cualificada (muy positivo), no cualificada (variable), asilo (coste inicial alto, finalidad humanitaria no económica), reagrupación (negativo inicial), irregular (la peor; regularizar suele mejorar el balance).
  • El diseño del Estado de bienestar y el tiempo: cuanto más generoso, más sensible al perfil; casi toda inmigración tiene coste de arranque y retorno diferido (la segunda generación).

Qué dicen los datos (y qué no se puede saber)

  • El impacto fiscal neto suele ser pequeño: los grandes estudios (OCDE) lo sitúan en torno a cero, normalmente entre ±1 % del PIB. Ni la ruina ni la salvación.
  • Es más favorable cuanto mejor la integración laboral y la selección por cualificación.
  • En España ha sido demográficamente decisiva (millones de cotizantes), lo que conecta con las pensiones.
  • Lo que no se puede saber: el número exacto por persona. Quien dé una cifra cerrada y rotunda vende humo.

Tres matices que se olvidan

  • Las remesas no son «dinero robado»: son salarios ya ganados y cotizados; gastarlos fuera es una decisión privada legítima.
  • PIB total ≠ PIB per cápita: la inmigración casi siempre sube el PIB total; el per cápita es más ambiguo (depende de la productividad relativa).
  • Costes e ingresos en cajas distintas: los ingresos van a la caja central; muchos costes visibles (escuelas, ambulatorios) los soportan ayuntamientos y CCAA. Esa asimetría de percepción explica buena parte de la tensión.

Ángulo demográfico (y su límite)

Rejuvenece la pirámide y aporta cotizantes — alivio real para un país envejecido. Pero no es solución mágica: los inmigrantes también envejecen; sostener el sistema solo con inmigración exigiría flujos crecientes indefinidos. Ayuda con la demografía, no sustituye reformar pensiones.

Modelos: el «quién» y el «cómo» importan

Canadá/Australia (por puntos): inmigración cualificada, balance claramente positivo, a costa de ser selectivo. Europa: más ajustado y variable. EE. UU.: gran integración de la segunda generación. Golfo: «positivo» por diseño pero con graves problemas de derechos humanos (rentable ≠ deseable). La pregunta útil: no «¿sí o no?», sino «¿qué inmigración, seleccionada e integrada cómo?».

Contraste: las dos campanas

  • A favor: cubre empleos demandados, rejuvenece, aporta cotizantes, emprende, complementa la mano de obra; en una economía de suma positiva, más gente trabajando es más riqueza.
  • Cautelas: a corto plazo puede presionar salarios bajos y tensar servicios (vivienda, sanidad) si no se planifica; el balance empeora si falla la integración; la cohesión social es un factor real que no cabe en una hoja de cálculo (y no es «racismo» nombrarlo). La evidencia salarial es debatida: efectos en general pequeños y concentrados en tramos bajos.

La mirada minarquista (con su tensión)

Valora la libertad de movimiento y de trabajar. Pero Friedman avisó: «no puedes tener fronteras abiertas y un Estado de bienestar generoso a la vez». Salida coherente: ligar el acceso al bienestar a la contribución, facilitar al máximo la vía laboral y la regularización (que cotice quien viene a trabajar), y tratar el asilo por su lógica humanitaria propia. El problema fiscal no suele ser «el inmigrante», sino la combinación de un Estado que da mucho sin pedir aportación y barreras que impiden cotizar. Ningún eslogan —ni «fronteras abiertas» ni «cerradas»— resuelve solo algo tan complejo.