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El eje político · La Choza del Erizo

El eje que se mueve

Imagina que discutes de política con tu bisabuelo. Los dos usáis las mismas palabras —izquierda, derecha, liberal, conservador— y ninguno entiende al otro. No es una brecha generacional: es que las palabras significan cosas distintas. Y no han cambiado poco a poco: en algunos casos han cambiado de bando entero.

Este texto recorre esos vuelcos. Porque entender que el eje se mueve es, probablemente, lo más útil que uno puede aprender sobre política: te vacuna contra la idea de que tu bando siempre ha pensado lo que piensa hoy.

Vuelco 1: los liberales eran la izquierda

Ya lo hemos contado en las dos primeras piezas, pero conviene repetirlo porque es el más gordo de todos. En 1789, en la Asamblea francesa, la izquierda eran los liberales: burguesía ilustrada que pedía derechos individuales, libre comercio, fin de los privilegios de nacimiento y una constitución que atara al rey. La derecha defendía el trono, el altar y los estamentos.

Doscientos años después, ese mismo pensamiento —mercado libre, propiedad, Estado limitado— se etiqueta automáticamente como derecha. No porque las ideas cambiaran, sino porque cambió lo que tenían enfrente: cuando apareció el socialismo, los liberales dejaron de ser los que empujaban el cambio para ser los que defendían el orden recién conquistado.

Vuelco 2: la derecha adoptó el mercado… y luego lo dejó

Durante el siglo XIX, conservadores y liberales eran rivales. Lo que los unió fue el miedo al comunismo: a partir de 1917, y sobre todo durante la Guerra Fría, la derecha absorbió el liberalismo económico como muro de contención. Esa fusión llegó a su cumbre con Thatcher y Reagan, cuando «derecha» pasó a significar, sin más, mercado libre, privatizaciones y bajada de impuestos.

Y entonces, otro vuelco: tras 2008 y 2015, buena parte de la derecha occidental se ha vuelto proteccionista. Aranceles, industria nacional, control de fronteras al comercio. Es decir, ha vuelto a algo más parecido a lo que era antes de la Guerra Fría… usando la misma etiqueta que usaba para defender exactamente lo contrario hace treinta años.

Vuelco 3: la libertad de expresión cambió de manos

Durante dos siglos, la defensa de la libertad de expresión frente a la censura fue una bandera claramente de izquierdas: contra la Iglesia, contra la censura estatal, contra la moral impuesta. Hoy una parte de la izquierda defiende límites al discurso que considera dañino, mientras una parte de la derecha ha hecho suya la bandera del «se puede decir todo».

Matiz honesto, porque el asunto se cuenta mucho peor de lo que es: ninguno de los dos bandos ha sido nunca absolutista. La derecha defendió durante décadas la censura de lo que consideraba inmoral, y hoy pide retirar determinados contenidos; la izquierda peleó por la libertad de imprenta y hoy discute sus límites. Lo que cambia no es tanto el principio como quién tiene el poder de censurar en cada momento. Casi todo el mundo es partidario de la libertad de expresión cuando no manda, y bastante menos cuando manda.

Vuelco 4: la clase trabajadora se movió

El cambio electoral más comentado de las últimas décadas: el votante obrero, que fue durante un siglo la base natural de la izquierda, se ha ido desplazando hacia opciones de derecha —sobre todo nacional-populistas— en buena parte de Occidente. A la vez, el votante urbano con estudios superiores, que tradicionalmente votaba a la derecha, se ha ido hacia la izquierda.

Es un vuelco casi perfecto, y explica muchas cosas del panorama actual: entre otras, por qué los partidos de izquierda hablan hoy más de cultura y derechos que de fábricas, y por qué los de derecha hablan más de proteger el empleo nacional que de abrir mercados.

Vuelco 5: hoy conservamos lo que ayer se combatió

Y el más silencioso de todos. Conservar es siempre conservar algo concreto, y el «orden heredado» que hoy defiende la derecha incluye instituciones que la derecha de hace un siglo combatió sin cuartel: el sufragio universal, la sanidad pública, las pensiones, el divorcio, la jornada limitada.

Dicho de forma provocadora pero exacta: buena parte de lo que hoy se conserva son antiguas victorias de la izquierda. Y lo mismo al revés: buena parte de lo que hoy defiende la izquierda —el Estado del bienestar tal cual existe— es un statu quo que ella misma construyó y que ahora protege del cambio. Los papeles de «reformista» y «conservador» se intercambian según de qué institución hablemos.

Qué queda en pie: las preguntas de verdad

Si las etiquetas se mueven tanto, ¿queda algo estable? Sí: las preguntas de fondo, que son las mismas desde 1789 y siguen dividiendo a la gente hoy:

La pregunta Una respuesta tiende a… La otra tiende a…
¿La desigualdad es corregible o inevitable? Corregirla activamente Aceptar un margen y temer el remedio
¿La naturaleza humana se puede moldear? Cambia con las circunstancias Es constante e imperfecta
¿Qué hacemos con lo que existe? Cambiarlo si es injusto Exigir pruebas antes de tocarlo
¿De quién sospechas más? Del poder económico Del poder político (o al revés, según la familia)
¿Qué pesa más, el individuo o la comunidad? Depende — y aquí se cruzan todos

Esas preguntas no caducan. Las etiquetas, sí. Por eso, cuando alguien te diga «eso es de izquierdas» o «eso es de derechas», la respuesta más útil no es discutir la etiqueta, sino preguntar: ¿y por qué crees que eso es verdad?

Y una advertencia final, para todos

Este es el momento de aplicar a nosotros mismos lo que hemos dicho en toda la serie. Si el eje se mueve tanto, hay una conclusión que incomoda a cualquiera, incluidos nosotros: buena parte de lo que crees no lo has elegido tú; te ha venido en el paquete de tu época y de tu grupo.

No es un motivo para el cinismo ni para el «todos son iguales». Es un motivo para algo más modesto y más útil: sostener tus ideas por sus razones, no por el bando que las lleva. Porque el bando cambiará —lo lleva haciendo doscientos años— y las razones, si son buenas, seguirán ahí.

Vuelve al principio de la serie: Qué es la izquierda · Qué es la derecha