Qué es la izquierda
Pregunta a diez personas qué es la izquierda y tendrás diez respuestas distintas. Para unos es defender a los trabajadores; para otros, subir impuestos; para otros, las banderas de las minorías; y para algunos, sencillamente, «los que quieren que el Estado lo controle todo». Curiosamente, ninguna de esas respuestas coincide del todo con lo que la izquierda decía ser cuando nació.
Este texto intenta responder a la pregunta en tres pasos: de dónde viene y qué decía querer ser, qué se llama así hoy, y en qué se diferencia de lo que hay enfrente. Y al final abordamos algo que le pasa a todo el mundo, sea del signo que sea: juzgamos las ideas ajenas por sus resultados y las nuestras por sus intenciones.
📚 ¿Quieres la versión completa? Este post es el resumen. Si te interesa el recorrido histórico entero —con sus autores, sus rupturas internas, sus grandes acontecimientos, su huella en la música y el cine, los mitos más repetidos y un glosario—, tienes el dossier largo: La izquierda a fondo.
1 · De dónde viene: la izquierda que debería ser
El origen es literal: dónde te sentabas
La palabra viene de un detalle casi absurdo. En 1789, en la Asamblea Nacional francesa, se discutía si el rey debía conservar el derecho de veto sobre las leyes. Los partidarios de mantener el poder real se agruparon a la derecha del presidente de la sala; los que defendían la soberanía de la nación frente al monarca, a la izquierda. No hubo ninguna teoría detrás: fue una cuestión de asientos que se quedó para siempre.
Y aquí está el primer dato incómodo para casi todos: aquella izquierda original eran los liberales. Burguesía ilustrada que exigía derechos individuales, libertad de comercio, fin de los privilegios de nacimiento y una constitución que atara al poder. El mismo pensamiento que hoy se etiqueta como derecha estaba, en 1789, sentado en el otro lado de la sala.
El núcleo de la idea
Si hay que destilar la izquierda a un solo principio, sería este: las desigualdades entre las personas no son naturales ni inevitables, sino producto de estructuras humanas y, por tanto, se pueden cambiar. De ahí salen sus tres pilares:
- Igualdad. No necesariamente igualdad de resultados, pero sí la convicción de que nacer en un sitio u otro no debería decidir tu vida entera.
- Emancipación. Liberar a los que están sometidos: primero al siervo del señor, luego al obrero del patrón, después a la mujer de la tutela legal, y así sucesivamente.
- Progreso. La historia puede mejorar si se actúa deliberadamente sobre ella. El futuro no está escrito.
Cómo fue cambiando
El siglo XIX lo cambió todo. Con la industrialización aparece la cuestión obrera —jornadas de catorce horas, trabajo infantil, ciudades insalubres— y la izquierda deja de ser sobre todo liberal para volverse sobre todo social: si la libertad legal convive con la miseria, viene a decir, esa libertad es incompleta. Marx le da una teoría; los sindicatos, un músculo.
En 1917 llega la gran fractura. Con la revolución rusa, la izquierda se parte en dos ramas que se odiarán mutuamente durante un siglo: los comunistas, que quieren tomar el poder y transformarlo todo de raíz, y los socialdemócratas, que aceptan las reglas democráticas y buscan reformar el capitalismo desde dentro. La segunda rama construye, tras 1945, el Estado del bienestar: sanidad, educación, pensiones.
Desde los años sesenta y setenta aparece una tercera capa, la nueva izquierda: ya no habla solo de fábricas y salarios, sino de derechos civiles, feminismo, ecologismo y minorías. Y en los noventa, la tercera vía (Blair en Reino Unido, y en clave española buena parte del felipismo) acepta el mercado y la globalización, y se centra en repartir sus frutos en lugar de discutir su existencia.
Cinco momentos que la definieron
Si hubiera que resumir doscientos años en cinco fechas, serían estas:
| Año | Qué pasó | Por qué importa |
|---|---|---|
| 1789 | La Asamblea francesa se divide por el veto real | Nace la palabra… y la izquierda son los liberales |
| 1848 | Revoluciones en media Europa y Manifiesto Comunista | La izquierda deja de ser liberal y pasa a ser social |
| 1871 | La Comuna de París gobierna 72 días | El mito fundacional: «otra sociedad es posible» |
| 1917 | Revolución rusa | La gran escisión: comunistas y socialdemócratas se separan para siempre |
| 1945 | Posguerra y Estado del bienestar | Su mayor éxito histórico: sanidad, pensiones y educación para todos |
Y una sexta, más cercana: 1989, la caída del Muro, que dejó a una rama sin modelo y a la otra sin el contrapeso que hacía generoso al capitalismo occidental.
2 · Qué se llama izquierda hoy
Si en 1789 cabían en un lado de la sala, hoy la etiqueta cubre familias que no están de acuerdo entre sí —y a veces ni se soportan—:
| Familia | Qué defiende | Se cita como ejemplo (orientativo) |
|---|---|---|
| Socialdemocracia | Mercado con Estado del bienestar fuerte; reforma, no ruptura | PSOE |
| Izquierda alternativa | Más ruptura con el capitalismo; herencia postmarxista | Sumar, Podemos, IU |
| Comunismo | Tradición marxista clásica; hoy minoritario | PCE (dentro de IU) |
| Ecologismo político | El límite ecológico por encima del crecimiento | Verdes, dentro de coaliciones |
| Izquierda identitaria | Foco en las opresiones por identidad (género, raza, orientación) | Transversal, más en lo cultural que en partidos |
| Anarquismo / libertarios de izquierda | Sin Estado y sin propiedad privada de los medios | Marginal, tradición histórica (CNT) |
| Izquierdas soberanistas | Emancipación nacional + agenda social | ERC, EH Bildu, BNG |
Las adscripciones de la última columna son orientativas: los partidos se citan como ejemplos habituales para aterrizar la idea, pero casi todos rechazarían la etiqueta y ninguno encaja del todo en una sola familia. Lo que importa aquí es el mecanismo, no colgar sambenitos.
Las contradicciones internas (que existen, y son gordas)
Un texto honesto no puede quedarse en el escaparate. Estas son las tensiones que la propia izquierda discute puertas adentro:
- El obrero y el universitario. El votante clásico de la izquierda era el trabajador manual. Hoy su base electoral es cada vez más urbana y con estudios superiores, mientras buena parte del voto obrero se ha ido a otros partidos —incluidos los que la izquierda considera sus antagonistas—. Es la contradicción más citada, y la que más le duele.
- Internacionalismo o proteccionismo. «Trabajadores del mundo, uníos» encaja mal con proteger el empleo nacional frente a la competencia extranjera. Cuando llega una deslocalización, ambas cosas no pueden ser.
- Libertad de expresión. Fue durante dos siglos una bandera de la izquierda frente a la censura del poder y de la Iglesia. Hoy una parte de ella defiende límites al discurso que considera dañino, mientras otra parte —dentro de la propia izquierda— lo vive como una traición a su propia tradición.
- Ecologismo contra empleo industrial. Cerrar una térmica o una mina protege el planeta y deja sin trabajo exactamente a la gente a la que se dice representar.
- Estado como solución y como problema. La izquierda ha crecido reclamando más Estado, pero también ha denunciado históricamente al Estado cuando reprime, vigila o se pone al servicio de los poderosos. Sostener las dos cosas a la vez exige más matices de los que suele haber en un mitin.
Lo que la izquierda puede reclamar como suyo
Y ahora la otra cara, porque negarlo sería falsear la historia. Buena parte de lo que hoy nos parece obvio salió de ahí, y costó sangre: la jornada laboral limitada, el sufragio universal (incluido el femenino), la sanidad y la educación públicas, las pensiones, la negociación colectiva, y el fin de discriminaciones legales por sexo, raza u orientación. Se puede discutir el coste, la vía o el precio de cada una de esas conquistas —y se discute—, pero no de dónde vinieron.
Conviene, eso sí, un matiz doble para no caer en el relato fácil. Primero: muchas de esas conquistas no fueron obra exclusiva de partidos de izquierda. La primera seguridad social del mundo la creó Bismarck, un conservador prusiano, precisamente para quitarle banderas al socialismo. Y en España, el voto femenino lo defendió Clara Campoamor contra buena parte de la izquierda de su propio partido, que temía que las mujeres votaran conservador. Segundo: lo que sí es indiscutiblemente suyo es haber puesto esas cuestiones en la agenda y haber organizado la presión —sindicatos, huelgas, movilización— que las hizo inevitables. Es un mérito distinto del que suele reclamarse, pero no menor.
3 · La distancia entre lo que dice ser y lo que ha sido
Aquí es donde toca ser igual de duros que lo seremos con la derecha.
El expediente del siglo XX es el elefante en la habitación. Los regímenes que se proclamaron socialistas —URSS, China de Mao, Camboya, Corea del Norte— produjeron hambrunas, campos de trabajo y decenas de millones de muertos. La respuesta habitual desde la izquierda democrática es que «aquello no era socialismo, sino totalitarismo», y tiene un fondo razonable: la socialdemocracia europea combatió al comunismo tanto como a la derecha. Pero la objeción también es razonable: si un ideal se ha intentado muchas veces y ha terminado sistemáticamente mal, la pregunta de por qué no puede despacharse en una frase.
El problema del cálculo. La crítica económica de fondo —planteada por Mises y Hayek— dice que sin precios de mercado nadie puede saber qué producir ni en qué cantidad, por muy bienintencionado que sea el planificador. Es un argumento técnico, no moral, y sigue siendo el más difícil de responder para las versiones más planificadoras.
La brecha entre discurso y vida. Es la crítica más cotidiana: dirigentes que hablan en nombre de los de abajo desde posiciones muy acomodadas. No invalida un argumento —quién lo dice no determina si es cierto—, pero sí desgasta la credibilidad, y explica buena parte de la desafección de su propio electorado.
4 · El espejo: por qué esto lo hacemos todos
Y llegamos a lo que, quizá, sea lo más útil de todo el texto.
Fíjate en cómo discutimos: cuando hablamos de nuestras ideas, las defendemos por lo que pretenden —»el socialismo busca que nadie quede atrás»—. Cuando hablamos de las ajenas, las juzgamos por lo que han producido —»el capitalismo ha generado desigualdad y crisis»—. Y el de enfrente hace exactamente lo mismo, en espejo: defiende el libre mercado por su promesa y ataca a la izquierda por Venezuela.
Las dos partes están comparando su ideal con la realidad ajena. Y así es imposible perder una discusión… y también imposible aprender algo de ella.
Esto tiene nombres. En economía política se le llama falacia del nirvana: comparar una solución real y defectuosa con una alternativa ideal que no existe. El profesor Michael Munger lo bautizó como «gobernanza de unicornios»: cuando alguien defiende que el Estado resuelva algo, casi siempre está imaginando un Estado administrado por gente sabia y honesta —un unicornio—, no el Estado concreto que tenemos, con sus partidos, sus intereses y sus errores. Munger propone un truco sencillo: sustituye «el Estado» por «el gobierno que más detestes» y mira si tu argumento sigue en pie. Y funciona en los dos sentidos: sustituye «el mercado» por «las empresas que más detestes» y haz la misma prueba.
La psicología social ha medido además algo aún más incómodo: la asimetría de atribución motivacional. En conflictos muy diversos, cada bando tiende a creer que él actúa movido por el amor a los suyos, mientras que el otro actúa movido por el odio. Casi nadie se ve a sí mismo como el malo de la película.
El antídoto es simple de enunciar y difícil de practicar: compara ideal con ideal, y realidad con realidad. Si vas a poner encima de la mesa la Venezuela real, tu interlocutor tiene derecho a poner el capitalismo de amiguetes real. Y si tú defiendes tu doctrina en su versión de manual, deja que él defienda la suya igual. Cualquier otra cosa es ganar una discusión sin haber entendido nada.
5 · En resumen: las dos miradas, cara a cara
Esta tabla es idéntica en los dos posts, a propósito:
| Izquierda | Derecha | |
|---|---|---|
| Origen (1789) | Contra el veto del rey: soberanía nacional | A favor del rey: orden establecido |
| Idea de la desigualdad | Producto de estructuras humanas; modificable | En parte natural o inevitable; el intento de borrarla causa males mayores |
| Idea de la naturaleza humana | Maleable: cambia con las circunstancias | Constante e imperfecta: no se rediseña |
| Ante el cambio | Impulsarlo: el futuro puede ser mejor | Prudencia: lo que funciona ha costado siglos |
| Papel del Estado | Herramienta para corregir injusticias | Ambivalente: garante del orden, sospechoso en lo económico |
| Qué teme más | La explotación y el abandono del débil | El desorden y la destrucción de lo que funciona |
| Su mejor versión | Nadie queda atrás por haber nacido donde nació | No se destruye lo que sostiene a la gente por perseguir una utopía |
| Su peor versión | Planificarlo todo y arrasar con quien estorbe | Blindar privilegios llamándolos tradición |
Para pensar
La conclusión más útil no es cuál de las dos tiene razón —este texto no lo decide por ti— sino algo más modesto: las etiquetas se han movido tanto que ya explican poco por sí solas. Los liberales de 1789 eran la izquierda; hoy se les llama derecha. Un votante puede ser «de izquierdas» en lo económico y «de derechas» en lo cultural, o al revés, y no encaja en ninguna casilla.
Quizá por eso la pregunta útil no sea «¿tú de qué lado estás?», sino esta otra: ¿qué problema concreto quieres resolver, y con qué pruebas de que tu solución funciona? Ahí, curiosamente, mucha gente que se cree enfrentada descubre que discute menos de lo que creía.
Sigue con la pieza gemela: Qué es la derecha.