⚖️ Crítica a la MMT
Cerramos el módulo con la idea más polémica de la economía monetaria reciente: la MMT (Teoría Monetaria Moderna). En su versión de titular suena casi mágica: «un país que emite su propia moneda nunca puede quedarse sin dinero, así que puede gastar mucho más de lo que pensamos». Hay en ella cosas técnicamente ciertas… y una trampa de fondo que conecta con todo lo que hemos visto: convierte la inflación —el impuesto que nadie vota— en una herramienta normal de gobierno. Vamos a explicarla con justicia y a criticarla con rigor, en lo técnico y en lo moral.
QUÉ DICE LA MMT (EN SERIO, NO EN CARICATURA)
La MMT parte de una observación correcta: un Estado que emite su propia moneda, con tipo de cambio flexible y deuda en esa misma moneda (EE. UU., Reino Unido, Japón…), no puede ser forzado a un impago como una familia o una empresa, porque siempre puede crear el dinero para pagar sus obligaciones. De ahí, la MMT saca su tesis central:
El límite del gasto público no es el déficit ni la deuda (un emisor soberano no «se queda sin dinero»). El único límite real es la inflación: los recursos físicos de la economía (trabajadores, fábricas, materiales). Mientras haya recursos ociosos, el Estado puede gastar para ponerlos a trabajar; solo debe frenar cuando aparezca inflación.
Y propone una vuelta de tuerca: para enfriar esa inflación, en vez de subir tipos, subir impuestos (que retiran dinero de circulación). Los impuestos, en esta visión, no sirven tanto para «financiar» al Estado como para regular la inflación y dar valor a la moneda.
LO QUE TIENE DE RAZÓN (STEELMAN HONESTO)
No sería justo despacharla como un disparate. Partes son técnicamente correctas:
- Un emisor soberano no tiene riesgo de impago «involuntario» en su moneda. Es cierto: Japón lleva décadas con una deuda altísima sin quebrar, porque la emite en yenes. La analogía «el Estado es como una familia que puede arruinarse» es simplista.
- Operativamente, el dinero se crea al gastar. El detalle técnico de cómo un Estado con banco central propio gasta y luego «esteriliza» es más parecido a lo que dice la MMT que a la imagen ingenua del «Estado que primero recauda y luego gasta».
- En una crisis con recursos ociosos (paro masivo, fábricas paradas), un impulso de gasto puede no ser inflacionario a corto plazo. La MMT acertó al poner el foco en el empleo y en no obsesionarse con el déficit en plena depresión.
Reconocido todo esto, viene la crítica. Y es contundente.
LA CRÍTICA TÉCNICA: EL LÍMITE LLEGA ANTES Y CUESTA MÁS REVERTIRLO
- «Frenar cuando aparezca la inflación» es muchísimo más difícil de lo que suena. Detectar en tiempo real el punto exacto de pleno empleo —dónde el gasto deja de crear trabajo y empieza a crear inflación— es casi imposible; se sabe tarde, cuando la inflación ya está y, como vimos en el artículo 2, las expectativas ya se han movido. Apagar ese fuego cuesta mucho más que no encenderlo.
- Frenar con impuestos es lento e inviable políticamente. Subir impuestos requiere aprobación parlamentaria, debate, plazos… justo cuando la inflación exige actuar ya. Y subir impuestos en plena inflación es un suicidio electoral: ningún Gobierno lo hace a tiempo. Los tipos de interés del banco central, en cambio, se mueven en una reunión. La herramienta antiinflacionaria de la MMT es la más lenta y la más politizada posible.
- Las expectativas se desanclan. Si la gente cree que el Estado financiará lo que quiera imprimiendo, la confianza en la moneda se erosiona, y ahí la inflación se autoalimenta (artículo 2).
- No todos tienen el «privilegio» de EE. UU. El dólar es la moneda de reserva mundial; eso le da a EE. UU. un margen del que no disfrutan la mayoría de países. En una economía pequeña y abierta, imprimir para gastar deprecia la moneda, encarece las importaciones y dispara la inflación mucho antes. La MMT viaja mal fuera de unos pocos países.
- La historia avisa. Los experimentos de «imprimir para gastar» sin disciplina creíble han acabado, una y otra vez, en las inflaciones del artículo 6. La MMT insiste en que ella sí vigilaría la inflación; el problema es que esa promesa es exactamente la que nunca se ha cumplido cuando el poder político tiene la imprenta a mano.
LA CRÍTICA MORAL: NORMALIZAR EL IMPUESTO QUE NADIE VOTA
Y aquí está el corazón de nuestra objeción, la cuestión técnico-moral. Aunque la MMT funcionara mejor de lo que creemos, instalaría algo profundamente problemático: convierte la inflación en una herramienta normal de gobierno. Y la inflación, como vimos en el artículo 1, es el impuesto que nadie vota. Tres problemas morales encadenados:
- Falta de consentimiento. Financiar gasto creando dinero traslada el coste a los ahorradores, a los salarios fijos y —por el efecto Cantillon— a los más alejados del poder, que reciben el dinero nuevo cuando los precios ya subieron. Todo ello sin votarlo. Un impuesto explícito al menos se debate y se aprueba; la inflación se cuela por la puerta de atrás.
- Concentración de poder. Da a quien decide el gasto un poder enorme y opaco: la tentación de gastar para ganar elecciones y dejar la factura (la inflación) para después es casi irresistible. Es justo el riesgo por el que se hizo independientes a los bancos centrales; la MMT empuja en la dirección contraria, devolviendo la imprenta al poder político.
- Injusticia intergeneracional y de clase. La factura recae en quien menos puede protegerse (el que solo tiene su sueldo y sus ahorros) y, a menudo, en las generaciones futuras. El que tiene activos reales —inmuebles, acciones— se cubre; el asalariado, no.
Desde la mirada de esta casa, minarquista, esto es exactamente lo contrario de lo deseable. Nuestra apuesta es atar las manos al poder monetario (reglas claras, independencia, transparencia, límites creíbles), no soltarlas en nombre de un pleno empleo que se promete pero cuya factura se esconde en forma de precios.
CONTRASTE: LA RÉPLICA DE LA MMT (Y NUESTRA CONTRA-RÉPLICA)
Para no hacer trampas, demos a la MMT su última palabra. Sus defensores responden, con parte de razón: «El sistema actual tampoco es inocente: tras 2008 los bancos centrales crearon enormes cantidades de dinero (QE) que infló sobre todo el precio de los activos —bolsa, vivienda—, beneficiando a los que ya tenían patrimonio y agrandando la desigualdad. ¿Por qué eso sí y usar el dinero para crear empleo no?».
Y tienen un punto: el sistema actual no está libre de pecado, y la crítica al QE como motor de desigualdad es legítima (y muy compatible con nuestra sensibilidad). Pero la conclusión que sacamos es la opuesta a la suya: si el problema es que crear dinero ya redistribuye de forma opaca e injusta, la respuesta sensata es más disciplina y más transparencia, no institucionalizar la imprenta como grifo político permanente. Dos males no hacen un bien: que el sistema actual abuse del dinero no es un argumento para abusar más, sino para atarlo mejor.
CIERRE DEL MÓDULO: LA INFLACIÓN NO ES EL TIEMPO ATMOSFÉRICO
Hemos recorrido qué es la inflación, de dónde viene, cómo se mide, cómo se controla, sus rostros extremos y su reverso (la deflación). Si te quedas con una sola idea de todo el módulo, que sea esta:
La inflación no es un fenómeno natural e inevitable, como la lluvia. Es, en gran medida, el resultado de decisiones humanas sobre cuánto dinero se crea y para qué. Y todo lo que es una decisión, se puede explicar, vigilar y pedir cuentas.
Quien te diga que la inflación «viene sola» o que «no hay nada que hacer» te está quitando, de paso, el derecho a preguntar quién la provocó y a quién beneficia. Entenderla —que es lo que ha intentado este módulo, sin ruido y con honestidad— es el primer paso para no pagar callado un impuesto que nadie te dejó votar.
EN RESUMEN
- La MMT dice que un emisor soberano no se queda sin dinero, y que el límite del gasto no es la deuda sino la inflación (a controlar con impuestos).
- Tiene parte de razón técnica (no hay impago involuntario en moneda propia; el foco en el empleo).
- Falla en lo técnico: el límite inflacionario llega antes y cuesta revertirlo; frenar con impuestos es lento e inviable; las expectativas se desanclan; no todos tienen el privilegio del dólar; la historia avisa.
- Falla en lo moral: normaliza la inflación —el impuesto que nadie vota—, concentra poder y carga la factura sobre quien menos puede defenderse.
- Conclusión minarquista: ante un dinero que ya se usa de forma opaca, la respuesta es atar las manos al poder monetario, no soltarlas.
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