DEMOCRACIA VS ¿DEMOCRACIA?

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Sistema político · La Choza del Erizo

DEMOCRACIA VS ¿DEMOCRACIA?

Hay palabras que usamos tanto que dejamos de mirarlas. «Democracia» es una de ellas. La ondeamos como una bandera: sirve para defender el sistema en el que vivimos y, a la vez, para exigir que cambie. Todo el mundo la quiere, todo el mundo dice tenerla o merecerla. Y sin embargo, si te paras y comparas la democracia que inventaron los griegos con la que hoy llamamos democracia, aparece algo incómodo: no es que sean versiones distintas de la misma cosa. Es que, en los puntos que de verdad importan, se parecen tan poco que casi son opuestas.

Este texto va exactamente de eso: de dos cosas muy diferentes que llevan el mismo nombre. No vengo a venderte que la antigua Atenas fuera un paraíso —no lo era, y lo verás sin adornos—, ni a decirte qué votar. Vengo a poner las dos democracias una enfrente de la otra, con calma, y a dejar encima de la mesa una sola pregunta: ¿de verdad estamos hablando de lo mismo?

Una palabra que es, en sí misma, una vara de medir

Empecemos por el principio, que aquí el principio ya lo dice casi todo. «Democracia» es una palabra griega, y está hecha de dos piezas: demos, el pueblo, y kratos, el poder. Literalmente, el poder del pueblo. No es un detalle de etimología para lucirse en una cena: es una vara de medir. Cada vez que a un régimen se le cuelga la etiqueta de «democrático», la palabra misma nos invita a preguntar cuánto poder real está en manos del pueblo. No cuántas veces vota, ni con qué solemnidad: cuánto decide de verdad.

El invento tiene fecha y lugar, y conviene recordarlos porque le dan carne al asunto. Ocurrió en la Atenas de finales del siglo VI antes de Cristo. Un primer legislador, Solón, había aflojado las cadenas hacia el 594 a.C., suavizando las deudas que convertían a los pobres en esclavos y abriendo un resquicio de participación. Pero el salto de verdad lo dio Clístenes alrededor del 508 a.C.: reorganizó la ciudad entera para partir el poder de las grandes familias y repartirlo entre los ciudadanos corrientes. Unas décadas más tarde, con Efialtes y sobre todo con Pericles, aquel sistema alcanzó su forma más plena y radical. Radical de raíz, no de exageración: de verdad gobernaban muchos.

Cómo era la democracia de verdad

Imagina la escena. Una colina de Atenas, la Pnix, y sobre ella miles de ciudadanos reunidos al aire libre. No hay diputados, no hay escaños asignados, no hay un partido que traiga la decisión ya cocinada. Hay una Asamblea —la Ekklesía— donde los ciudadanos, en persona, debaten y votan a mano alzada la guerra, la paz, las leyes, el dinero. No eligen a alguien para que decida por ellos: deciden ellos. Esa es la primera diferencia, y no es pequeña.

La segunda te sorprenderá más. La mayoría de los cargos públicos no se ganaban por elección, sino por sorteo. El Consejo de los Quinientos, que preparaba los asuntos de la Asamblea, y casi todas las magistraturas se echaban literalmente a suertes entre los ciudadanos, con una máquina de piedra llena de ranuras y bolas de colores. Detrás de ese sorteo late una idea demoledora: si de verdad cualquiera puede ocupar el cargo, entonces no hace falta —ni conviene— que exista una clase de gobernantes profesionales. Gobernar era un turno, no una carrera.

Había una excepción, y era de sentido común. Los puestos que exigían pericia de verdad —en especial los estrategos, los diez generales que dirigían los ejércitos, y algunos cargos de manejo del dinero— sí se elegían por voto, y además podían repetir. Por eso un Pericles pudo ser general una y otra vez durante años. Conviene decirlo con precisión, porque es justo aquí donde intentarán rebatirnos: el sorteo era la norma; la elección, la excepción reservada a lo técnico.

Todo lo demás giraba. Casi ningún cargo duraba más de un año, y muchos no se podían repetir —del Consejo, como mucho dos veces en toda una vida—. No existía el político que se instala en el poder y hace de ello su modo de vida: hoy servías a la ciudad y mañana volvías a tu oficio, a tu taller o a tu campo. Y no te ibas de rositas: antes de asumir el cargo te sometían a un examen (dokimasía), y al terminar te pasaban las cuentas en una auditoría (euthyna) donde respondías por lo que habías hecho con el poder y con el dinero públicos. Contra el que se encumbraba demasiado existía además el ostracismo: los propios ciudadanos podían escribir su nombre en un trozo de cerámica y, si se juntaban suficientes, mandarlo diez años al destierro. Una válvula de seguridad contra los ambiciosos.

Y quizá la diferencia que más chirría con lo de hoy: no había partidos. Se debatían ideas y hablaban personas. Nadie llegaba con una sigla detrás, ni con una lista, ni con la orden de votar lo que dijera el jefe. Cada uno convencía —o no convencía— por sí mismo, con su discurso y su reputación a la intemperie.

Antes de seguir, un matiz honesto, porque si no lo cuento nos lo tirarán a la cara: no todo era desinteresado. Es verdad que las magistraturas eran, en su mayoría, honoríficas. Pero Atenas terminó pagando una pequeña compensación (el misthós) a quienes ejercían de jurados y, más tarde, a quienes acudían a la Asamblea. ¿Por qué? Precisamente para lo contrario de lo que uno imaginaría: para que un pobre pudiera permitirse dejar el trabajo un día y participar, y no solo los ricos con tiempo de sobra. No se cobraba para «hacer carrera»; se cobraba lo justo para que el jornalero no quedara fuera. Es un detalle pequeño que, bien mirado, refuerza el retrato: aquello se diseñó para que mandara mucha gente.

¿Dónde más existió, y cuánto aguantó?

Atenas fue la estrella, pero no estuvo sola: otras polis griegas ensayaron formas democráticas propias. Aun así, conviene no idealizar su duración. La democracia ateniense vivió, con altibajos, desde aquel 508 hasta el 322 a.C. —unos 180 años—, y ni siquiera de un tirón: por el camino hubo golpes oligárquicos que la tumbaron a ratos (los Cuatrocientos en el 411 a.C., los Treinta Tiranos en el 404 a.C.) antes de que Macedonia acabara con ella. Fue un experimento brillante y frágil a la vez.

Merece la pena deshacer aquí un malentendido muy común: la República romana no era una democracia. Era una república con una mezcla ingeniosa de instituciones, sí, pero gobernada en la práctica por una aristocracia atrincherada en el Senado. «República» y «democracia» no son sinónimos, aunque el lenguaje corriente los revuelva.

Después, durante siglos, la democracia directa casi se apaga. Pero deja rescoldos curiosos: las asambleas al aire libre de algunos cantones suizos (la Landsgemeinde, que todavía se celebra), o el Althing islandés, reunido por primera vez en el año 930 y considerado uno de los parlamentos más antiguos del mundo. Brasas de una idea que no se dejó apagar del todo.

La democracia de hoy es otra criatura

Lo que hoy llamamos democracia nació mucho después y de otra madre: es la democracia representativa, hija de la Ilustración y de las grandes revoluciones de los siglos XVIII y XIX. Y si te fijas, sus rasgos son casi el negativo de la ateniense, como una fotografía invertida.

Para empezar, ya no decides tú: eliges a quien decidirá por ti durante años. El protagonista deja de ser el ciudadano y pasa a ser el partido, que presenta listas —a menudo cerradas y ordenadas por la cúpula— y que exige a los suyos disciplina de voto, es decir, votar lo que la organización mande aunque uno piense distinto. Gobernar, que en Atenas era un turno pasajero, se ha convertido en una profesión: hay carrera, hay reelección casi sin límite y hay una clase política estable que vive de esto. Y la rendición de cuentas, aquella auditoría implacable del final del cargo, se ha vuelto pálida: entre aforamientos, ausencia de una euthyna personal y el socorrido «ya me juzgarán las urnas dentro de cuatro años», el que manda rara vez responde de verdad por lo que hizo.

Las dos, cara a cara

Cuando pones las dos imágenes una junto a otra, el contraste cuesta ignorarlo. Donde Atenas ponía personas defendiendo ideas, hoy hay partidos y siglas con disciplina de voto. Donde Atenas sorteaba los cargos para que gobernara cualquiera, hoy hay listas decididas por las cúpulas. Donde había rotación y mandatos de un año que no se repetían, hoy hay carrera y reelección indefinida. Donde el cargo saliente pasaba por una auditoría, hoy abundan el aforamiento y la impunidad de hecho. Donde el ciudadano participaba en persona, hoy delega su voz entera cada cuatro años. Si tuviéramos que resumirlo de un vistazo:

La democracia de AtenasLa democracia de hoy
Personas concretas defendiendo ideasPartidos y siglas con disciplina de voto
Cargos por sorteo (cualquiera puede gobernar)Listas elegidas por la cúpula del partido
Rotación y mandatos de un año, sin repetirCarrera política y reelección casi indefinida
Rendición de cuentas al terminar (euthyna)Aforamiento e impunidad de hecho
Participación directa en la AsambleaDelegación total cada cuatro años
Paga mínima para incluir al pobreSueldos, cargos y estructura como modo de vida

Dicho en una sola frase: aquello que Atenas diseñó para impedir que naciera una casta de gobernantes es, más o menos, lo que hoy tenemos.

La otra cara: lo que Atenas hacía mal

Y ahora, para no caer en la trampa de idealizar el pasado, la parte incómoda. Porque un texto honesto no es una cámara de eco, y pintar Atenas como el edén sería mentir.

Lo primero, y lo más grave para ojos de hoy: aquella democracia excluía a la mayoría de la población. Solo eran ciudadanos los varones adultos nacidos atenienses. Las mujeres, los esclavos —que eran muchísimos— y los metecos (los extranjeros residentes, aunque llevaran generaciones allí) se quedaban fuera del juego. La palabra «pueblo» cubría, en realidad, a una minoría de la gente que vivía en la ciudad.

Lo segundo es un problema de tamaño: aquello no escala. En Atenas cabían unas decenas de miles de ciudadanos en la ladera de una colina. Pretender que cuarenta y siete millones de personas decidan cada ley a mano alzada es, sencillamente, imposible. La representación no se inventó por pereza ni por conspiración: se inventó porque la democracia directa, sin más, no da de sí en un país grande.

Y lo tercero, lo que más debería hacernos pensar: la mayoría también se equivoca, y a veces es cruel. La misma Asamblea que admiramos condenó a muerte a Sócrates por sus ideas. Ordenó, en caliente, arrasar la ciudad de Mitilene y ejecutar a todos sus hombres, y solo al día siguiente, ya más fría, revocó la orden por los pelos. Se lanzó, en una oleada de entusiasmo, a la expedición a Sicilia que terminó en catástrofe. «La voluntad del pueblo» no es infalible ni necesariamente justa: puede convertirse en tiranía de la mayoría.

Precisamente por esas cicatrices, los sistemas modernos añadieron algo que a Atenas le faltó: límites. Derechos del individuo que ninguna mayoría puede pisotear por muchos votos que reúna, y una separación de poderes pensada para que nadie —ni siquiera «el pueblo» en bloque— acumule un poder absoluto. En parte, la democracia de hoy es una respuesta a los defectos de la de ayer.

Entonces, ¿por qué lo llamamos democracia?

Aquí llegamos a la pregunta que deja todo el recorrido, y la dejo abierta a conciencia. Si «democracia» significa el gobierno del pueblo, y el sistema original se construyó con tanto esmero para que no naciera una clase de gobernantes —con su sorteo, su rotación, sus cuentas y su ausencia de partidos—, ¿por qué seguimos llamando con exactamente la misma palabra a un régimen de partidos estables y políticos de carrera, donde el ciudadano decide una tarde cada cuatro años y luego mira desde la grada?

No es una pregunta con trampa, y no tiene una única respuesta razonable. Hay quien defiende, con buenos argumentos, que la representación es la única democracia posible a gran escala, y que exigir Atenas en un país de millones es pedir peras al olmo. Y hay quien sostiene, también con argumentos, que lo de hoy es, más que una democracia, una partitocracia: un sistema gobernado por los partidos más que por los ciudadanos —un término que popularizó el pensador Antonio García-Trevijano—. Este texto no elige por ti entre las dos. Lo que sí resulta difícil de sostener es usar la palabra como si nombrara lo mismo que en aquella colina de Atenas, sin más matices.

Para pensar

Así que la próxima vez que oigas «esto es una democracia», prueba a medirla con la vara griega, la de verdad: ¿cuánto poder real está en manos del ciudadano, y cuánto en las de los partidos? La respuesta, seguramente, no sea ni un sí ni un no rotundos.

Y hay una duda todavía más incómoda por debajo. ¿No estaremos llamando a lo que tenemos no por lo que es, sino por lo que nos gustaría que fuera? Casi nadie ha visto de cerca cómo funcionaba la democracia original; lo que la mayoría entiende hoy por «democracia» es solo el concepto heredado, cargado de buenas intenciones, pero quizá también un poco idealizado. Y defender una palabra sin tener del todo claro qué nombra se parece peligrosamente a defender una ensoñación: no la cosa, sino su promesa. Reconocerlo no es cinismo; es justo lo que hace falta para exigir que la palabra y la realidad se parezcan algo más.

Puede que la pregunta interesante nunca haya sido «¿democracia, sí o no?», sino esta otra: ¿cuánta democracia de verdad hay en lo que llamamos democracia… y cuánto de deseo de que lo sea?

Fuentes

  • Aristóteles, La Constitución de los atenienses (fuente antigua sobre las instituciones). 📖
  • Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso (debate de Mitilene, expedición a Sicilia). 📖
  • Platón, Apología de Sócrates (el juicio). 📖
  • Voces de referencia moderna: M. H. Hansen, La democracia ateniense en época de Demóstenes (síntesis académica estándar).
  • Sobre partitocracia: A. García-Trevijano, Teoría pura de la república.

Para seguir en la Choza: la ficha de la democracia y el panorama completo de los sistemas políticos.