DEMOCRACIA: EL GOBIERNO DE LA MAYORÍA (Y SUS LÍMITES)

Democracia significa, literalmente, «gobierno del pueblo»: el poder no viene de Dios ni de la sangre, sino de los ciudadanos. Suena bien —y en gran parte lo es—, pero esconde una pregunta incómoda que recorre toda esta ficha: ¿qué pasa cuando la mayoría vota quitarte un derecho? Ahí se juega la diferencia entre una democracia a secas y una democracia liberal.

¿Quién manda y cómo se decide?

El pueblo manda, de dos formas: directamente, votando las decisiones, o a través de representantes que elige en las urnas. En la democracia liberal —la de los países occidentales— hay además una capa decisiva: una constitución y unos derechos que ninguna mayoría, por amplia que sea, puede pisar.

Variantes

  • Directa: los ciudadanos votan las leyes (la Atenas clásica; los referéndums suizos).
  • Representativa: elegimos a quien decide por nosotros (lo habitual hoy).
  • Liberal: representativa + derechos blindados y separación de poderes.
  • Iliberal: gana la mayoría, pero erosiona derechos, prensa y contrapesos.

Dónde la hemos visto

El precedente es la Atenas del siglo V a.C., aunque conviene no idealizarla: votaban unos pocos miles de varones libres, y esclavos, mujeres y extranjeros —la mayoría de la población— quedaban fuera. La democracia moderna es otra cosa y nace mucho después, con las revoluciones americana y francesa, y tarda siglo y medio en volverse razonablemente universal: en España, el voto femenino llega en 1931; en Suiza, a nivel federal, en 1971.

Hoy es el régimen más extendido del mundo, pero menos de lo que suele creerse. En nuestro propio estudio de 225 años de gobiernos contamos los años que cada familia política ha gobernado en 31 países, y el bloque más grande no resultó ser ningún color: el 41,5% del tiempo no había gobierno elegido por nadie. Poder votar a quien manda es más la excepción histórica que la norma.

Y dentro de la etiqueta caben cosas muy distintas: la democracia liberal de la Europa de posguerra, la directa de los referéndums suizos, y las llamadas iliberales —Hungría o Turquía son los casos que más se citan— donde se sigue votando pero se van vaciando la prensa libre, los jueces y los contrapesos. Que haya urnas no garantiza lo demás.

Lo mejor que se puede decir de ella (steelman)

  • Permite cambiar de gobierno sin sangre: te pueden echar con una papeleta, no con un golpe.
  • Hay rendición de cuentas: quien gobierna responde ante quien vota.
  • En su versión liberal, protege a las minorías frente al abuso del poder.
  • Y una baza que se menciona poco y puede ser la más importante: es un sistema que se entera de que se ha equivocado. Las elecciones, la prensa libre y la oposición funcionan como un mecanismo de información: hacen que el malestar, los errores y lo que no funciona lleguen arriba y tengan consecuencias. Una autocracia puede ser eficaz mientras acierta, pero cuando se equivoca nadie puede decírselo sin arriesgarse, así que corrige tarde o no corrige. No es que la democracia acierte más: es que se equivoca de forma reversible, y eso a lo largo de décadas es una ventaja enorme.

Las objeciones serias

  • La tiranía de la mayoría: democracia mal entendida es «dos lobos y una oveja votando qué cenar». (Conviene desarmar el eslogan, porque tiene truco: en una democracia liberal la oveja tiene derechos, jueces y prensa, y por eso no se la cenan. El dicho no describe la democracia liberal: describe exactamente lo que pasa cuando le quitas esos contrapesos. Vale como advertencia, no como descripción.)
  • Cortoplacismo: el político mira a las próximas elecciones, no a la próxima generación.
  • El votante desinformado: informarse cuesta y un voto rara vez decide, así que muchos votan «a ciegas».
  • Captura: los grupos de interés organizados pesan más que la mayoría dispersa.

🦔 Lectura minarquista

La democracia nos parece muy preferible a las autocracias: tiene límites y alternancia. Pero no la idolatramos. Lo que de verdad protege tu libertad no es que muchos decidan, sino que haya cosas que nadie pueda decidir por ti. Por eso defendemos la democracia limitada —los derechos individuales por encima del recuento de votos— frente a la democracia ilimitada. La mayoría manda en lo común; no sobre tu vida.

Y la objeción seria a lo que acabamos de decir

Esta postura tiene un punto débil, y sería deshonesto no ponerlo: si hay cosas que no se pueden votar, alguien tuvo que decidir cuáles son. ¿Quién?

Si las fija una constitución, la escribió una mayoría en un momento determinado, a veces hace siglo y medio, y a menudo con menos gente votando de la que vota hoy. Blindar sus decisiones frente a las mayorías actuales es, visto así, dar más poder a los muertos que a los vivos. Y si quien dice qué entra en esos derechos es un tribunal constitucional, entonces un puñado de personas no elegidas le está diciendo a un país entero qué no puede decidir ni cambiando de gobierno. Llamarlo «proteger la libertad» es una descripción; «gobierno de los jueces» es otra, y no es absurda.

Nuestra respuesta, que es una respuesta y no una refutación: cualquier sistema tiene que poner el límite en algún sitio, y preferimos que esté en reglas difíciles de cambiar y conocidas de antemano antes que en lo que decida el 51% de este martes, porque las reglas se pueden leer y discutir y el martes no. Pero aceptamos lo que eso cuesta: un sistema así es más lento de corregir cuando la regla heredada es mala, y hay casos históricos en los que la mayoría tenía razón y el blindaje protegía una injusticia. Si alguien defiende la democracia ilimitada apoyándose en eso, está apoyándose en algo real.

Para seguir

  • Vecinas: Minarquía, Dictadura, República, Teocracia.
  • Artículo a fondo: DEMOCRACIA VS ¿DEMOCRACIA? — la democracia ateniense original frente a la de hoy, y por qué llamamos igual a cosas tan distintas.
  • Para leer: Alexis de Tocqueville (La democracia en América), John Stuart Mill (Sobre la libertad), Benjamin Constant (De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos).