📣
El eje político · La Choza del Erizo

Qué es el populismo

«Populista» se ha convertido en el insulto político más cómodo que existe. Se lo lanzan unos a otros, y casi siempre significa lo mismo: «dice cosas que gustan a la gente pero que no se pueden hacer». El problema de usar la palabra así es doble: no explica nada, y sirve para descalificar a cualquiera que critique a los que mandan sin tener que rebatirle un solo argumento.

Pero el populismo sí es una cosa concreta, con una definición razonablemente aceptada. Y lo interesante es que no está en el eje izquierda-derecha: lo atraviesa. Se puede ser populista de izquierdas y populista de derechas, y ambos comparten más entre sí de lo que les gustaría admitir.

Qué es, exactamente

La definición más usada en ciencia política es la del politólogo Cas Mudde, y va así: el populismo es una «ideología delgada» que divide a la sociedad en dos campos homogéneos y enfrentados —«el pueblo puro» contra «la élite corrupta»— y sostiene que la política debería expresar sin filtros la voluntad de ese pueblo.

La palabra clave es delgada. A diferencia del liberalismo o del socialismo, el populismo no trae respuestas propias sobre impuestos, sanidad o política exterior. Es un armazón que necesita pegarse a otra ideología para funcionar. Por eso existe en los dos lados: cambia quién es el pueblo y quién la élite, pero la estructura es la misma.

Sus cuatro rasgos

  1. Un pueblo homogéneo y virtuoso. No hay intereses distintos dentro del pueblo: hay una voluntad única, clara y sensata, que alguien está traicionando.
  2. Una élite corrupta. El problema no son los errores ni la complejidad, sino que «los de arriba» actúan contra el interés general, a sabiendas.
  3. Un líder que encarna esa voluntad. El vínculo suele ser directo: el líder no representa al pueblo, es el pueblo.
  4. Desconfianza de las mediaciones. Parlamentos, jueces, prensa, organismos técnicos y contrapesos aparecen como obstáculos que se interponen entre la voluntad popular y su cumplimiento.

Las dos versiones

Populismo de izquierda Populismo de derecha
¿Quién es «el pueblo»? Los de abajo, en clave económica: la gente corriente frente a los privilegiados Los nacionales, en clave identitaria: los de siempre frente a los de fuera
¿Quién es «la élite»? Bancos, grandes empresas, «la casta», los mercados Élites cosmopolitas, burocracia internacional, medios, «progres»
Eje dominante Económico: arriba contra abajo Cultural: dentro contra fuera
Ejemplos citados Podemos, Syriza, peronismo, chavismo Vox, Agrupación Nacional, Trump, Fidesz
Su promesa Devolver al pueblo lo que le han quitado Devolver al país lo que era

Los partidos y líderes de la fila «ejemplos citados» son los que suelen citarse en la literatura para ilustrar cada tipo; casi todos rechazan la etiqueta de «populista». Se recogen como ejemplo del mecanismo, no como acusación.

Fíjate en lo que comparten, que es lo revelador: los dos dividen el mundo en dos bloques, los dos ven traición donde otros ven desacuerdo, los dos desconfían de los contrapesos y los dos prometen que basta con voluntad política para resolver lo que hasta ahora «no se ha querido» resolver.

Lo mejor que se puede decir del populismo

Aquí toca hacer lo que hacemos siempre: coger su mejor versión, no la caricatura.

  • Señala problemas reales. Cuando millones de personas sienten que ningún partido las representa, que las decisiones importantes se toman lejos y que quien se equivoca nunca paga, ese malestar existe aunque su diagnóstico sea tosco. El populismo suele ser más síntoma que enfermedad.
  • Devuelve a la agenda lo que se había apartado. Temas que los partidos tradicionales evitaban —inmigración, desindustrialización, soberanía, costes de la globalización— entraron en el debate público empujados por movimientos populistas, no por consenso.
  • Tiene defensa teórica seria. Ernesto Laclau sostuvo que el populismo no es una anomalía, sino la forma normal en que se construye un «nosotros» político: no existe un pueblo previo que espere ser representado; el pueblo se construye al nombrar un adversario común. Se puede discrepar, pero es un argumento, no un exabrupto.
  • Y una incomodidad para sus críticos: buena parte de lo que hoy llamamos democracia —el sufragio universal, por ejemplo— fue en su momento tachado de peligrosa concesión a las masas por las élites de entonces.

Las objeciones serias

  • Si el pueblo es uno, discrepar es traicionar. Ahí está el peligro de fondo. En una democracia, la oposición es legítima; en la lógica populista, quien se opone no defiende otra idea: está contra el pueblo.
  • Los contrapesos existen precisamente para eso. Jueces, prensa y límites constitucionales no están para frenar al pueblo, sino para frenar a quien manda en nombre del pueblo. Debilitarlos es cómodo cuando gobiernan los tuyos y catastrófico cuando gobiernan los otros.
  • Promete simplicidad donde no la hay. Casi ningún problema público tiene una solución sencilla que solo la maldad de alguien impide aplicar. Cuando esa promesa no se cumple, la explicación suele ser una traición nueva, y el ciclo se repite.
  • El desgaste de perder. Un sistema aguanta si el que pierde acepta que ha perdido. La lógica del pueblo único hace muy difícil aceptar una derrota electoral como algo legítimo y no como un fraude.

El uso tramposo de la palabra

Y ahora la advertencia que hay que hacer, porque afecta a cómo discutimos todos: «populista» se usa a menudo como un atajo para no argumentar. Criticar a las élites no es populismo. Defender una medida que es popular no es populismo. Proponer algo que a los expertos les parece mala idea tampoco lo es, necesariamente: los expertos también se equivocan, y bastante.

Lo que define al populismo no es qué propone, sino cómo concibe la sociedad: pueblo puro contra élite corrupta, sin matices intermedios. Si usas la etiqueta para todo el que te incomoda, acabas convirtiéndola en ruido —y, de paso, dando la razón al que dice que las élites descalifican en lugar de responder—.

Un test rápido

Ante un discurso concreto, pregúntate: – ¿Habla de «el pueblo» como si fuera uno solo, con una única voluntad? – ¿Presenta a sus adversarios como corruptos o traidores, no como gente que se equivoca? – ¿Trata los límites institucionales —jueces, prensa, contrapesos— como obstáculos, no como garantías? – ¿Sugiere que el problema solo persiste porque alguien no quiere resolverlo?

Cuatro síes son un populismo de manual. Uno o dos, probablemente sea solo política dura, que es otra cosa.

Para pensar

El populismo crece cuando mucha gente siente que el sistema no le responde. Por eso las respuestas puramente defensivas —llamarlo populista y esperar a que pase— suelen fallar: no atacan la causa. Si un país tiene millones de personas convencidas de que su voto no cambia nada, ese es el problema; el populismo es la factura.

Lo cual deja una pregunta bastante más incómoda que la de siempre: no «¿cómo frenamos a los populistas?», sino «¿qué está fallando para que a tanta gente le suene razonable?».

Sigue con: Qué es la izquierda · Qué es la derecha · Por qué nadie se reconoce en su etiqueta