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El eje político · La Choza del Erizo

Por qué nadie se reconoce en su etiqueta

Hay una escena que se repite en todas las cenas familiares y en todas las discusiones de bar. Alguien dice una opinión y otro contesta: «claro, como eres de derechas…». Y el primero salta: «yo no soy de derechas». Y no miente. Pero el otro tampoco se lo ha inventado del todo.

Esto le pasa a casi todo el mundo: te colocan una etiqueta con la que no te identificas, a partir de una sola opinión tuya. Y hay una explicación bastante concreta de por qué ocurre.

Razón 1: no hay un eje, hay al menos dos

El problema de fondo es que seguimos usando una sola línea —izquierda a derecha— para describir algo que tiene como mínimo dos dimensiones independientes:

  • El eje económico: ¿cuánto debe intervenir el Estado en la economía? De «que lo gestione todo» a «que no toque casi nada».
  • El eje personal o cultural: ¿cuánto debe intervenir el Estado en cómo vives? De «que imponga unas normas morales» a «que no se meta en tu vida privada».

Y aquí está la clave: puedes estar en un extremo de un eje y en el contrario del otro. Una persona que quiere impuestos altos y sanidad pública pero también que el Estado no se meta en su vida privada. O alguien que defiende la libertad económica total pero también leyes que protejan las costumbres tradicionales. Ninguno de los dos cabe en una sola línea, y sin embargo los dos existen a millones.

Cuando comprimes dos dimensiones en una, pasa lo inevitable: te asignan un bloque entero a partir de la única opinión tuya que conocen. Dices que te preocupa la inmigración y te colocan en un paquete que incluye bajar impuestos, ir a misa y defender los toros. Dices que quieres sanidad pública y te colocan en otro paquete que incluye cosas que quizá detestas.

(Este es justo el problema que intenta resolver el diagrama de Nolan, que convierte la línea en un cuadrado con cuatro cuadrantes. Lo desarrollamos a fondo en Qué es el centro.)

Razón 2: las etiquetas se movieron sin avisarnos

La segunda razón es histórica, y ya la contamos en las dos piezas anteriores: el contenido de cada etiqueta ha cambiado tanto que ya no significa lo que significaba.

Los liberales eran la izquierda en 1789. El libre comercio fue bandera de la derecha en 1980 y hoy buena parte de la derecha defiende aranceles. La libertad de expresión sin límites fue durante dos siglos una causa de izquierdas. Defender la sanidad pública era una posición revolucionaria y hoy la suscriben casi todos los partidos.

Si el contenido de la caja cambia cada treinta años, es normal que la gente no se reconozca en la caja.

Razón 3: la etiqueta la pone el adversario, no tú

Y la tercera razón es la más incómoda. En la práctica, las etiquetas casi nunca se eligen: se reciben. Y quien te la pone no busca describirte con precisión, sino ahorrarse el trabajo de rebatirte: si ya sé de qué bando eres, ya sé todo lo demás que piensas y no hace falta que te escuche.

Esto tiene un efecto medido y bastante deprimente: lo que más ha crecido en las últimas décadas no es tanto la distancia entre lo que piensan unos y otros, sino cuánto se caen mal. Los politólogos lo llaman polarización afectiva: puedes discrepar poco con alguien en las políticas concretas y aun así considerarlo mala persona por llevar la etiqueta contraria.

La prueba del algodón

Si crees que tu etiqueta te define, prueba con estas preguntas. Están escogidas a propósito para que casi nadie conteste todo lo del mismo bloque:

  • ¿Debería el Estado subir los impuestos a las rentas más altas?
  • ¿Debería poder decirte con quién casarte o qué consumir en privado?
  • ¿Hay que controlar más las fronteras?
  • ¿Debe haber sanidad y educación públicas garantizadas?
  • ¿Puede el Estado limitar lo que se dice en público si considera que hace daño?
  • ¿Debe intervenir para salvar empresas grandes en crisis?
  • ¿Hay que proteger la industria nacional con aranceles?

Casi nadie responde «sí» o «no» en bloque. Y quien lo hace suele estar contestando desde la identidad, no desde el problema: no piensa qué le parece cada cosa, sino qué se supone que debe contestar alguien como él.

Lo que no significa esto

Cuidado con la conclusión fácil, que sería «las etiquetas no sirven para nada». Sí sirven, y bastante:

  • Ahorran tiempo. Nadie puede investigar cada tema; saber que un partido pertenece a una familia te da una orientación razonable sobre qué hará en la mayoría de asuntos.
  • Describen alianzas reales. Que las familias sean incoherentes en teoría no impide que sean muy coherentes en la práctica: los partidos existen, votan juntos y pactan entre ellos.
  • Y esto también es cierto: decir «yo no tengo etiqueta, yo pienso por mí mismo» es a veces lucidez y a veces una forma elegante de no mojarse. Todos tenemos posiciones, y suelen agruparse de manera bastante previsible.

La etiqueta es un mapa, y los mapas son útiles precisamente porque simplifican. El error no es usarlos: es confundir el mapa con el terreno.

Para pensar

La próxima vez que alguien te coloque en un bando por una sola frase, o que tú se lo hagas a otro, prueba con una pregunta que rompe casi todos los debates enconados: «¿en qué te basas para pensar eso?». No «¿de qué lado estás?», sino qué te lleva ahí.

Descubrirás dos cosas. La primera, que mucha gente que llevaba la etiqueta contraria quiere resolver el mismo problema que tú y discrepa en el método —lo cual es una discusión que se puede tener—. Y la segunda, más incómoda: que algunas de tus propias posiciones las tienes porque vienen en el paquete, no porque las hayas pensado.

Sigue con: Qué es el centro · El eje que se mueve