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🏠 Deuda e hipotecas: la que te hunde, la que te apalanca y cómo distinguirlas

Hay dos formas de usar la deuda y solo una de ellas es una trampa. Con la misma palabra —deuda— se nombra el préstamo que te permite comprar la casa que vas a habitar treinta años y la tarjeta al 20 % que financia unas vacaciones que se olvidan en un mes. La primera es una herramienta; la segunda, un agujero. Esta pieza va de distinguirlas, de entender la única aritmética que importa —el interés compuesto trabajando en tu contra, que vimos en el interés compuesto— y de tomar la decisión de deuda más grande que hará la mayoría de la gente en su vida, la hipoteca, con los números delante y no con la sonrisa del director de la sucursal.

Deuda buena y deuda mala: la regla en una frase

Una deuda es buena si compra algo que vale más que su coste o que produce más de lo que cuesta; es mala si financia algo que se consume o se deprecia. La hipoteca de tu casa al 3 % compra un activo que normalmente conserva valor y que sustituye un alquiler: es una palanca. El préstamo para un negocio que rinde un 15 % es una palanca. El crédito al consumo al 10 % para un sofá, el coche financiado al 8 % que vale la mitad a los tres años, la tarjeta al 20 % para un viaje: todo eso paga intereses por cosas que ya no valen nada cuando terminas de pagarlas.

El criterio numérico es aún más simple: compara el tipo de la deuda con lo que razonablemente rinde tu dinero. Una cartera diversificada rinde a largo plazo entre un 5 % y un 7 % anual; cualquier deuda por encima de eso es, matemáticamente, la mejor inversión que puedes hacer al amortizarla, porque pagar un 20 % es obtener un 20 % garantizado. Cualquier deuda por debajo —una hipoteca al 2 % o al 3 %— se mantiene y se invierte al lado. Esa frontera, entre el 4 % y el 5 %, es la que separa la deuda que se mata de la que se gestiona.

Un matiz antes de seguir, porque «la hipoteca es deuda buena» se ha convertido en un dogma español y los dogmas conviene mirarlos: la hipoteca es buena si la compra lo es, y eso no está garantizado. Hagamos la cuenta que casi nadie hace. Un piso de 250.000 euros exige unos 50.000 de entrada y otros 25.000 de gastos (impuestos, notaría, registro: entre el 10 y el 12 % del precio según la comunidad), y los 200.000 restantes van a la hipoteca. Ser propietario cuesta cada año, en el primer tramo, unos 5.900 euros de intereses, más el IBI, la comunidad, el seguro y el mantenimiento —la regla de dedo es un 1 % del valor al año—, que suman otros 3.500 o 4.000; y cuesta además lo que dejan de rendir los 75.000 euros de entrada y gastos, que invertidos al 5 % serían 3.750 más. En total, entre 13.000 y 14.000 euros al año, unos 1.100 al mes, que no construyen patrimonio: son el precio de vivir ahí, exactamente igual que el alquiler (lo que sí construye patrimonio es la parte de capital de la cuota, unos 4.000 euros el primer año). Ese mismo piso se alquila por lo que dé el mercado de la zona: la rentabilidad bruta media del alquiler en España es del 6,5 % (idealista, 2T 2026), menos en Madrid y Barcelona, así que ese piso ronda los 1.100-1.350 euros al mes. Es decir: en el punto de partida, comprar y alquilar cuestan casi lo mismo, y lo que inclina la balanza es lo que viene después. A favor de comprar: la cuota es fija y el alquiler sube; a treinta años el piso es tuyo; y si la vivienda se revaloriza, el apalancamiento multiplica esa subida. A favor de alquilar: los 25.000 de gastos de compra se pierden si te mudas antes de cinco o seis años; la entrada invertida en bolsa suele rendir más que un piso; y la libertad de cambiar de ciudad, de trabajo o de tamaño vale dinero, aunque no salga en la cuenta. La hipoteca es deuda buena para quien va a quedarse diez años, compra a un precio razonable y tiene la entrada sin vaciar el colchón; para quien compra con lo justo, en máximos y sin saber dónde estará en tres años, es una apuesta apalancada con nombre de virtud. Lo tratamos con más calma en vivienda.

Lo primero que hay que saber leer: TIN, TAE y la cuota

El banco te enseña tres números y solo uno te dice la verdad. El TIN es el tipo de interés nominal, el que aparece en grande. La TAE es la tasa anual equivalente: el TIN más las comisiones y gastos obligatorios, expresado como un tipo anual comparable. Compara siempre por la TAE, porque un préstamo con TIN bajo y comisión de apertura alta puede ser más caro que otro con TIN mayor. Y la cuota es lo que pagas cada mes; con ella el banco vende, porque una cuota baja siempre parece asequible, y la forma de bajarla es alargar el plazo, que es la forma de que pagues más.

Ese último punto merece números, porque es donde se decide todo:

Hipoteca de 200.000 € al 3 % Cuota mensual Intereses totales pagados
A 15 años 1.381 € 48.609 €
A 20 años 1.109 € 66.207 €
A 30 años 843 € 103.555 €

Cálculo propio (sistema de amortización francés, el habitual en España). Sin comisiones ni seguros.

Pasar de 20 a 30 años baja la cuota 266 euros al mes y cuesta 37.000 euros más en intereses. No es que el plazo largo sea siempre malo —a veces es lo único que hace posible comprar, y con una hipoteca al 3 % la diferencia se puede invertir—; es que hay que elegirlo sabiendo el precio, y el banco nunca lo pone en la misma hoja que la cuota.

Cómo se lee una cuota por dentro

La cuota de 843 euros de la hipoteca a treinta años parece la misma todos los meses, y lo es; lo que cambia por dentro es de qué está hecha. En el sistema francés el interés de cada mes se calcula sobre lo que todavía debes, así que al principio, cuando debes casi todo, casi todo es interés:

Mes Debes antes de pagar Interés del mes Capital que amortizas Cuota
1 (año 1) 200.000 € 500 € 343 € 843 €
120 (año 10) 152.502 € 381 € 462 € 843 €
240 (año 20) 87.947 € 220 € 623 € 843 €
360 (año 30) 841 € 2 € 841 € 843 €

Cálculo propio, 200.000 € al 3 % a 30 años.

De la primera cuota, 500 euros son interés y solo 343 reducen la deuda. Hasta el año siete no llega el mes en que la parte de capital supera a la de interés. En los diez primeros años habrás pagado 101.000 euros, de los que 53.000 fueron intereses y 48.000 deuda: casi una década para amortizar menos de la cuarta parte de lo que debías. Esto explica tres cosas que conviene saber antes de firmar: por qué amortizar anticipadamente al principio ahorra tanto y al final casi nada (lo vemos más abajo); por qué quien vende el piso a los cinco años ha pagado sobre todo intereses y apenas tiene capital acumulado; y por qué el banco, que cobra el grueso de su margen en los primeros años, no tiene ninguna prisa en que amortices.

La TAE y la trampa de la «bonificación»

Un ejemplo de cómo un TIN más bajo puede ser una hipoteca más cara. Dos ofertas por los mismos 200.000 euros a treinta años. La oferta A tiene un TIN del 2,9 % sin condiciones: cuota de 832 euros. La oferta B anuncia un TIN del 2,4 % —cuota de 780 euros, 52 menos al mes— bonificado, es decir, a cambio de domiciliar la nómina, contratar el seguro de vida del banco (unos 400 euros al año), el seguro de hogar del banco (unos 300) y una tarjeta con cuota (40), más una comisión de apertura del 0,5 % (1.000 euros). La cuota más baja ahorra 631 euros al año; las vinculaciones cuestan 740, y además esos seguros suelen ser sensiblemente más caros que los mismos contratados fuera (la OCU habla de «una prima casi siempre más alta» y las comparativas de las corredurías, de un 40-90 % más en el seguro de vida). A treinta años, la oferta «barata» cuesta unos 304.000 euros frente a los 300.000 de la cara, y eso suponiendo que las primas no suban, que suben. La TAE está inventada precisamente para destapar esto: la ley obliga a que incluya los productos vinculados obligatorios, así que la TAE de B saldrá por encima de su TIN llamativo, y a menudo por encima de la TAE de A. Las reglas de la casa: compara TAE con TAE, pide la FEIN (la ficha europea de información normalizada, obligatoria desde la Ley 5/2019) que desglosa cada coste, y recuerda que la ley te permite contratar los seguros donde quieras siempre que cubran lo mismo: el banco puede quitarte la bonificación, pero no puede obligarte a su seguro.

La hipoteca, decisión a decisión

Cuánto puedes permitirte

La regla clásica de los bancos y del propio Banco de España es que la cuota no supere el 30-35 % de los ingresos netos del hogar (Banco de España, Portal del Cliente Bancario). No es un capricho: por encima de eso, cualquier subida de tipos o bajada de ingresos convierte la casa en una amenaza. Y hay dos costes que el comprador primerizo siempre subestima. La entrada: el banco financia normalmente hasta el 80 % del valor de tasación, así que el 20 % restante hay que tenerlo ahorrado. Y los gastos de compra: impuestos (ITP en segunda mano o IVA en obra nueva), notaría, registro y tasación, que suman entre un 10 % y un 12 % del precio según la comunidad autónoma (el ITP va del 6 % al 10 %). Para un piso de 250.000 euros hacen falta, por tanto, unos 75.000-80.000 euros ahorrados antes de firmar nada. Esa cifra es la razón de que presupuesto y ahorro vaya antes que esta pieza.

Fijo o variable: comprar certeza o comprar barato

Una hipoteca variable se referencia al euríbor —el tipo al que se prestan los bancos entre sí— más un diferencial, y se revisa cada seis o doce meses. Una fija mantiene el mismo tipo treinta años. La variable suele ser más barata al principio y la fija más cara, porque estás comprando un seguro contra subidas. El euríbor a doce meses ha estado por encima del 5 % (2008), en negativo entre 2016 y 2022 y volvió a subir con fuerza en 2022-2023 (serie histórica del euríbor a 12 meses): quien firmó variable en 2021 con cuota de 600 euros vio cómo se le iba a más de 900 en dos años.

Para que se entienda qué se compra exactamente con una hipoteca fija, aquí está la misma hipoteca variable del ejemplo —200.000 euros a treinta años, euríbor a doce meses más un diferencial del 1 %— con el euríbor que hubo de verdad en cuatro momentos:

Momento Euríbor 12 meses Tipo (euríbor + 1 %) Cuota mensual
Julio de 2008 (máximo de la media mensual) 5,39 % 6,39 % 1.250 €
Diciembre de 2021 (mínimo histórico) −0,50 % 0,50 % 598 €
Octubre de 2023 (tras las subidas del BCE) 4,16 % 5,16 % 1.093 €
Referencia de la pieza 2,00 % 3,00 % 843 €

Cálculo propio sobre el capital inicial con las medias mensuales del euríbor a 12 meses (5,393 % en julio de 2008, −0,502 % en diciembre de 2021, 4,160 % en octubre de 2023); en una hipoteca real la revisión se aplica sobre lo que queda por pagar, así que las oscilaciones serían algo menores según el año.

La misma casa, la misma deuda, 650 euros de diferencia al mes entre el mejor y el peor momento. Quien firmó en 2021 con 598 euros de cuota vio cómo en dos años pasaba a más de 1.000, y eso con un sueldo que no subió un 70 %. Eso es lo que la fija asegura: no el mejor precio, sino que la cuota de dentro de diez años sea la de hoy. La regla honesta: si una subida de tres puntos del euríbor te rompe el presupuesto, tu hipoteca tiene que ser fija, aunque sea más cara; el sobrecoste es el precio de dormir. Si tienes margen y horizonte, la variable ha salido más barata la mayor parte de la historia. Y en ambos casos, con tipos bajos, fija: cuando el dinero está barato, lo que se compra con la fija es barato también.

Amortizar antes: cuota o plazo

Cuando sobra dinero y se amortiza anticipadamente, el banco pregunta si quieres reducir la cuota o reducir el plazo. Casi todo el mundo elige la cuota, porque alivia el mes; casi siempre conviene el plazo, porque ahorra más. Con la hipoteca del ejemplo (200.000 al 3 % a 30 años), amortizar 10.000 euros en el quinto año reduciendo cuota ahorra unos 14.200 euros de intereses; reduciendo plazo —se pagan dos años menos— ahorra unos 20.200. Misma cantidad, 6.000 euros de diferencia, solo por la casilla que marcas. La excepción razonable: si la cuota te ahoga, reducirla es lo correcto aunque cueste más; la tranquilidad también se paga.

¿Amortizar la hipoteca o invertir?

Es la pregunta que más se hace y tiene respuesta aritmética con un matiz humano. Si la hipoteca está al 2 % y una cartera rinde un 6 % esperado, invertir gana a largo plazo: cada euro que amortizas «rinde» un 2 % seguro y cada euro que inviertes, un 6 % probable. Si la hipoteca está al 4,5 % o más, la diferencia se estrecha tanto que amortizar —un 4,5 % garantizado y sin impuestos— es difícil de batir. El matiz: la tranquilidad de no deber nada tiene un valor que no sale en la hoja de cálculo, y quien no aguantaría ver caer su cartera un 30 % mientras debe 150.000 euros hace bien en amortizar aunque la aritmética diga lo contrario. Ninguna de las dos opciones es un error; el error es no tener colchón antes de hacer cualquiera.

Qué hacer si no llegas

Ocurre, y ocurre más a quien firmó variable en el mejor momento. Lo que decide si una cuota que ahoga se convierte en un drama o en un mal año es el orden en que se hacen las cosas. Primero, hablar con el banco antes del primer impago, no después: un cliente que avisa es un cliente al que se le ofrece una novación (cambiar las condiciones: alargar plazo, pasar a fijo, bajar diferencial) o una carencia (unos meses pagando solo intereses); uno que ya ha dejado de pagar es un expediente de recobro, con intereses de demora y comisiones por reclamación encima de la deuda. Segundo, si la situación es de vulnerabilidad —ingresos bajos y una cuota que se come una parte grande de la renta (el umbral va del 30 % al 50 % según el tramo del código)—, existe el Código de Buenas Prácticas del Banco de España, al que están adheridos casi todos los bancos y que obliga a ofrecer carencia, alargamiento o reducción del tipo, y en último término la dación. Tercero, y esto hay que saberlo antes de comprar: en España la dación en pago no es automática. Entregar las llaves no salda la deuda salvo que se pacte o se esté en el Código; si el banco subasta la casa por menos de lo que debes, lo que falta sigue siendo tuyo. Y cuarto, lo que nunca hay que hacer: tapar la cuota de la hipoteca con una tarjeta o un préstamo rápido. Es cambiar una deuda al 3 % por otra al 20 % para ganar un mes, y el mes siguiente son dos deudas. La hipoteca es siempre la deuda más barata que se tiene; se defiende la última y se refinancia primero.

La deuda mala, con nombres

Las tarjetas revolving. El producto más caro que existe al alcance de cualquiera: crédito al 18-25 % que se paga en cuotas pequeñas que apenas cubren los intereses. Tres mil euros al 20 % pagando el 3 % del saldo cada mes tardan más de once años en liquidarse y cuestan 5.600 euros. El Tribunal Supremo declaró usurario un 27,24 % en 2020 (sentencia 149/2020), lo que abrió miles de reclamaciones; si tienes una, la primera medida es dejar de usarla y la segunda comprobar si el tipo es reclamable.

Los préstamos al consumo y la financiación «sin intereses». El coche a plazos, el móvil financiado, el «compra ahora, paga después» de la tienda online. Muchos no cobran interés al comprador porque lo cobra el comercio en el precio, y todos comparten el mismo efecto: convierten un gasto en un compromiso, y tres compromisos pequeños son una cuota grande que no recuerdas haber decidido.

El descubierto y las comisiones. Quedarse en números rojos un par de días cuesta comisiones que, anualizadas, superan a cualquier tarjeta. El colchón de emergencia existe, entre otras cosas, para que esto no pase nunca.

La salida: avalancha o bola de nieve

Si ya se está dentro, con varias deudas a la vez, la salida tiene método y el método tiene números. Primero se listan todas con su saldo, su tipo y su cuota mínima; solo verlas juntas ya cambia la percepción, porque casi nadie sabe cuánto debe en total. Después se paga el mínimo de todas, sin excepción —un impago encarece cualquier deuda— y todo lo que sobre, aunque sean 50 euros, va a una sola. Hay dos formas de elegir cuál. La avalancha manda el sobrante a la deuda más cara (el tipo más alto), que es la que matemáticamente más ahorra. La bola de nieve, que popularizó Dave Ramsey, lo manda a la más pequeña, para liquidarla pronto y sentir que avanza; cuando cae, su cuota se suma al sobrante y la bola crece. Con tres deudas típicas y 200 euros de sobrante al mes:

Deuda Saldo Tipo Cuota mínima
Tarjeta revolving 3.000 € 20 % 90 €
Préstamo personal 1.500 € 9 % 60 €
Coche financiado 9.000 € 7 % 280 €
Estrategia Meses hasta deber cero Intereses pagados
Solo los mínimos, sin sobrante 38 2.434 €
Avalancha (revolving → personal → coche) 24 1.227 €
Bola de nieve (personal → revolving → coche) 24 1.341 €

Cálculo propio; cada cuota que se libera se suma al sobrante del mes siguiente.

Dos lecciones. La primera es que la elección entre avalancha y bola de nieve importa mucho menos que tener sobrante: la diferencia entre ambas son 114 euros; la diferencia entre tener 200 euros de sobrante y no tenerlo son catorce meses y 1.200 euros. Por eso esta pieza va detrás de presupuesto y ahorro. La segunda es que la bola de nieve, aunque sea un poco más cara, es la que más gente termina, porque la deuda no es solo aritmética; quien sabe que abandona a mitad de camino hace bien en elegir la que da victorias pronto. Y cuando la última cae, la cuota que pagabas —430 euros en el ejemplo— se convierte ese mismo mes, sin pasar por la cuenta corriente, en la transferencia automática de ahorro.

Lectura minarquista: el dinero barato fabricado no es gratis

Desde nuestra óptica, declarada, hay una razón de fondo por la que la deuda se ha convertido en la forma normal de vivir, y no es la falta de carácter de la gente: es que durante quince años el dinero ha sido artificialmente barato. Con los tipos del BCE en cero y el euríbor en negativo, endeudarse era casi gratis y ahorrar, castigado. Ese precio del dinero no lo fijó el mercado: lo fijó un banco central, y sus consecuencias son las que se ven en vivienda —precios que suben porque la hipoteca cabe— y en la deuda pública, que se disparó porque no costaba. Cuando el precio del dinero vuelve a ser real, como desde 2022, todo lo que se construyó sobre el barato cruje: hipotecas variables, empresas zombi, Estados. La lección liberal no es «la deuda es mala»; es que un precio manipulado produce decisiones malas, y el precio del dinero es el más importante de todos.

Y hay un deudor del que esta pieza no ha hablado y que es, con diferencia, el mayor: el Estado. La deuda pública española es de 1,744 billones de euros, el 99,9 % del PIB en julio de 2026 (Banco de España, avance mensual de deuda PDE), que son unos 35.000 euros por cada español, incluidos los bebés, sin que nadie haya firmado nada. (Que la ratio baje del 100 % por primera vez desde 2020 no es porque se deba menos: el importe creció un 3,8 % en un año; es que el PIB nominal, con la inflación dentro, creció más.) Es la única deuda que tienes sin haberla pedido, y funciona con reglas distintas a la tuya: tú tienes que devolver el capital, el Estado solo lo refinancia; a ti la inflación te sube la cesta de la compra, a él le encoge la deuda, porque debe euros de hace veinte años y los devuelve con euros de hoy que valen menos; a ti el banco te exige una cuota del 35 % de tus ingresos, él se gasta cada año en intereses más de lo que cuesta todo el Ministerio de Educación (unos 40.000 millones de intereses al año frente a unos 6.000 del ministerio en los Presupuestos) y nadie le niega el siguiente préstamo. Esa asimetría explica una cosa que conviene saber cuando se oye hablar de política monetaria: al mayor deudor le interesan la inflación y los tipos bajos, exactamente lo contrario que a quien ahorra. No es una acusación; es aritmética de deudor. Y explica también por qué el ciudadano que hace bien sus cuentas —colchón, deuda barata, ahorro invertido— no debería extrañarse de que el sistema no le premie por ello: está haciendo lo contrario de lo que hace quien lo dirige. Lo desarrollamos en pensiones en España y en el módulo Inflación.

Contraste: la deuda tiene defensa (y la hipoteca, mucha)

«Sin deuda no hay capitalismo.» Es verdad. El crédito es lo que permite que una empresa invierta antes de tener el dinero, que una familia tenga casa antes de haber ahorrado su precio entero y que la economía crezca más deprisa de lo que crece el ahorro. La crítica razonable no es a la deuda, sino a la deuda para consumir y al precio artificial que la fomenta.

«La hipoteca es la mejor inversión de la clase media.» Con matices, también es verdad: es el único apalancamiento al que accede una familia corriente a tipos bajos y a treinta años, y en España el 74 % de los hogares es propietario. Pero conviene recordar dos cosas: una casa no es una inversión líquida ni diversificada (es todo tu patrimonio en un solo activo, en una sola ciudad), y comprar no siempre gana al alquiler: depende del precio, del tipo, del plazo y de cuánto tiempo vayas a quedarte. La cuenta hay que hacerla, no darla por hecha.

«La hipoteca es el único ahorro que hace la mayoría, y sin ella no ahorraría nada.» Este es el argumento más fuerte a favor de la deuda hipotecaria y hay que darle su peso entero. La Encuesta Financiera de las Familias del Banco de España lo confirma cada edición: la vivienda principal es, con mucho, el mayor activo del hogar mediano español, y los activos financieros —fondos, acciones, planes— son una parte menor de su patrimonio: los activos reales, vivienda sobre todo, son cerca del 80 % del patrimonio bruto de los hogares y los financieros, el resto (BdE, Encuesta Financiera de las Familias). Para esa mayoría, la cuota de la hipoteca es la única «transferencia automática» que han hecho en su vida: cada mes, sin decidirlo, una parte de la cuota se convierte en patrimonio, y a los treinta años tienen una casa pagada que jamás habrían juntado en un fondo, porque el fondo no te desahucia si dejas de aportar. Es ahorro forzoso, y el adjetivo es la mitad de su mérito. La respuesta honesta de esta pieza no es negarlo, sino señalar sus tres límites: que es ahorro en un solo activo, ilíquido y en una sola ciudad, lo contrario de lo que enseña diversificación y riesgo; que solo es ahorro si el precio de compra fue razonable, y las generaciones que compraron en 2006 tardaron más de una década en volver a ver ese precio; y que la parte forzosa se puede reproducir sin ladrillo, con la transferencia automática de presupuesto y ahorro. Quien tiene la disciplina para hacer eso no necesita la hipoteca como método de ahorro; quien no la tiene, probablemente hace bien en usarla, sabiendo lo que es.

«Alargar el plazo no es un error si inviertes la diferencia.» Cierto: con una hipoteca al 2-3 % y disciplina para invertir los 266 euros mensuales de diferencia, el plazo largo puede salir mejor. La palabra clave es disciplina, y la experiencia dice que la diferencia suele acabar en consumo.

«Hay quien no tiene otra opción.» También es verdad: mucha deuda de consumo no financia caprichos sino la nevera que se rompió o un mes sin ingresos. Para eso existen el colchón de emergencia —que es la primera prioridad de presupuesto y ahorro— y, cuando ya es tarde, la Ley de Segunda Oportunidad, que permite cancelar deudas al particular insolvente de buena fe. Saber que existe es parte de la educación financiera que nadie da.

La hoja de una página

  1. Compara el tipo de la deuda con lo que rinde tu dinero: por encima del 5 %, amortizar es la mejor inversión; por debajo, se gestiona.
  2. Compara TAE con TAE, nunca TIN, y pide la FEIN: ahí está cada coste, incluidos los productos vinculados.
  3. El plazo es el precio: de 20 a 30 años son 266 € menos al mes y 37.000 € más de intereses.
  4. Al principio casi todo es interés: hasta el año 7 no amortizas más de lo que pagas; vender pronto es haber pagado casi solo intereses.
  5. Fija si una subida de tres puntos del euríbor te rompe el presupuesto; con tipos bajos, fija siempre.
  6. La cuota no debe pasar del 30-35 % de los ingresos netos, y la entrada y los gastos no se sacan del colchón.
  7. Al amortizar, reduce plazo, no cuota (6.000 € de diferencia en el ejemplo), salvo que la cuota te ahogue.
  8. Nunca tapes una deuda barata con una cara; la hipoteca es la última que se toca y la primera que se renegocia.
  9. Si no llegas, habla antes del primer impago: novación, carencia, Código de Buenas Prácticas. La dación no es automática.
  10. Con varias deudas: mínimos en todas, todo el sobrante a una (la más cara o la más pequeña), y la cuota liberada, al ahorro ese mismo mes.

Para seguir

Resumen: deuda buena la que compra lo que vale o produce más de lo que cuesta; mala la que financia lo que se consume. Compara por TAE, no por cuota. Cuota por debajo del 30-35 %, entrada del 20 % y gastos del 10-12 % ahorrados antes. Fija si una subida te rompe; amortiza plazo, no cuota; y cualquier deuda por encima del 5 % se mata antes de invertir. Con la deuda cara fuera y el ahorro automatizado, lo que viene es la serie La bolsa y las empresas y, cuando toque, cómo construir una cartera.


Anexo: la fórmula de la cuota

Cuota mensual = P × i / (1 − (1 + i)^(−n)), donde P es el capital, i el tipo mensual (tipo anual / 12) y n el número de meses. Ejemplo: 200.000 × 0,0025 / (1 − 1,0025^(−360)) = 843,21 €. Los intereses totales son cuota × n − P. Un simulador oficial sin publicidad: el del Banco de España.

Fuentes e ideas: Banco de España, Portal del Cliente Bancario (hipotecas, TAE, tipos de referencia) · Tribunal Supremo, sentencia 149/2020 · Ley 5/2019 de contratos de crédito inmobiliario · Ley de Segunda Oportunidad (texto refundido de la Ley Concursal). Cálculos propios (anexo). Divulgación con sesgo minarquista declarado. No es asesoramiento financiero.

📚 Material divulgativo y educativo, con sesgo minarquista declarado. No es recomendación de inversión ni asesoramiento financiero.