La derecha a fondo: dos siglos y medio de una idea
Índice
- El día que nació la palabra
- Los precursores: antes de que existiera el nombre
- Burke: el acta de nacimiento del conservadurismo
- El siglo XIX: contrarrevolución, rivalidad con el liberalismo y adaptación
- El siglo XX: fascismo, reconstrucción y fusionismo
- España: una historia propia
- 1979-2008: la cumbre liberal y su desgaste
- Las corrientes de hoy, una por una
- La derecha en la cultura popular
- Mitos frecuentes: cuáles son falsos y cuáles no
- Glosario
- Para seguir leyendo
1 · El día que nació la palabra
El 28 de agosto de 1789, en Versalles, la Asamblea Nacional francesa discutía si el rey debía conservar el derecho de veto sobre las leyes. Para poder contarse y para no discutir a gritos, los diputados se agruparon físicamente: los partidarios de mantener la autoridad del monarca ocuparon los bancos a la derecha del presidente; los que defendían la soberanía de la nación, los de la izquierda.
No hubo teoría ni bautizo: hubo una cuestión de asientos. Pero la disposición se repitió, la prensa la usó como atajo y acabó siendo la metáfora política más duradera de la historia.
Quiénes eran aquella primera derecha
Y aquí está el dato que más incomoda a casi todo el mundo hoy: aquella derecha original no defendía el libre mercado. Defendía tres cosas muy concretas:
- La monarquía como orden legítimo, no como formalidad decorativa.
- La Iglesia como cimiento moral de la sociedad y de la ley.
- Los estamentos: la idea de que la sociedad tiene órdenes distintos —nobleza, clero, pueblo— con derechos distintos, y que eso no es una injusticia, sino una arquitectura.
Es decir: defendía justamente aquello que los liberales —que eran la izquierda— querían desmontar. Todo lo que hoy asociamos con la derecha económica —mercado libre, impuestos bajos, empresa privada— estaba entonces en el otro lado de la sala. La alianza entre conservadurismo y liberalismo económico tardaría más de un siglo en producirse, y fue, como veremos, un matrimonio de conveniencia frente a un enemigo común.
2 · Los precursores: antes de que existiera el nombre
La tradición del orden natural. La idea de que la sociedad tiene un orden que no conviene alterar es tan vieja como la política. Aristóteles sostenía que el hombre es un animal político que solo se realiza en la comunidad, y desconfiaba tanto de la tiranía como de la democracia sin freno. Cicerón defendió la res publica como orden heredado de los mayores (mos maiorum).
Santo Tomás de Aquino (s. XIII) construye la síntesis que sostendrá el pensamiento conservador católico durante siglos: hay una ley natural accesible a la razón, y la ley humana solo es legítima si no la contradice. De ahí sale una idea potente y de doble filo: existe un criterio de justicia por encima del legislador —lo que permite resistir a un tirano, pero también negar legitimidad a leyes aprobadas democráticamente—.
Hobbes (1651), aunque nunca fue conservador en sentido estricto, aporta el argumento del que vive toda la derecha desde entonces: sin autoridad que imponga orden, la vida es «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta». El orden no es un lujo: es la condición de todo lo demás.
Bossuet (s. XVII) formula la versión extrema: el poder del rey viene de Dios, y por tanto no se discute. Es la posición que la Revolución francesa hará saltar por los aires.
3 · Burke: el acta de nacimiento del conservadurismo
En noviembre de 1790, un diputado irlandés del Parlamento británico llamado Edmund Burke publica Reflexiones sobre la Revolución en Francia. Es el texto fundacional del conservadurismo moderno, y su fuerza está en que no defiende privilegios: defiende un método.
Sus argumentos centrales, que siguen siendo los mismos hoy:
- La sociedad es un contrato entre generaciones, «entre los vivos, los muertos y los que están por nacer». Nadie tiene derecho a demolerla en una tarde en nombre de una idea nueva.
- La razón individual es limitada. Las instituciones que han durado siglos acumulan una sabiduría práctica que ningún intelectual puede reconstruir desde cero en un despacho. Burke lo llama «los prejuicios», en el sentido de saberes heredados que funcionan aunque no sepamos explicar por qué.
- Los derechos abstractos son peligrosos. Prefiere «los derechos de los ingleses» —concretos, históricos, arrancados a lo largo de siglos— a «los derechos del hombre», que por ser universales y abstractos pueden justificar cualquier cosa.
- La reforma sí; la revolución no. «Un Estado sin capacidad de cambio carece de capacidad de conservarse». Burke no era inmovilista: apoyó a los colonos americanos y denunció los abusos británicos en la India.
Y la parte que le dio fama de profeta: escribió en 1790, cuando la Revolución aún era moderada, que aquello acabaría en terror y en una dictadura militar. Tres años después llegó el Terror; nueve años después, Napoleón.
Contraste honesto: Burke también defendió cosas difíciles de defender hoy —la aristocracia terrateniente como columna del orden— y su argumento tiene un punto ciego evidente: si lo heredado merece respeto por haber durado, entonces la esclavitud y la servidumbre merecían respeto por lo mismo. La respuesta conservadora es que la reforma gradual corrige eso sin destruir el resto; la objeción es que a las víctimas de una injusticia el gradualismo les suena distinto que a quien no la sufre.
4 · El siglo XIX: contrarrevolución, rivalidad con el liberalismo y adaptación
Los contrarrevolucionarios
Joseph de Maistre (1753-1821) y Louis de Bonald representan la versión dura: la Revolución fue un castigo divino, la soberanía popular una ficción y el orden solo se sostiene sobre religión y autoridad. Maistre escribió frases atroces sobre el verdugo como pilar del orden social. Conviene leerlo para entender hasta dónde llegaba aquella derecha, y también para ver por qué el conservadurismo británico —el de Burke— fue muy distinto del continental.
Metternich y el Congreso de Viena (1815) llevan la contrarrevolución a la práctica: restaurar monarquías, reprimir liberales y nacionalistas, y sostener el equilibrio europeo. Funcionó durante décadas, hasta que las revoluciones de 1848 lo hicieron saltar.
El liberalismo era el rival, no el aliado
Este punto es el que más se olvida. Durante todo el siglo XIX, en Europa continental, conservadores y liberales fueron enemigos: unos defendían trono y altar; otros, constitución, mercado, libertad de prensa y desamortización de las tierras de la Iglesia. En España esa pelea llenó el siglo entero de guerras y pronunciamientos.
Que hoy nos parezca natural que ambos vayan juntos es un producto histórico muy reciente, y bastante circunstancial.
La derecha que se adapta: Disraeli y Bismarck
Dos conservadores entendieron antes que nadie que, con sufragio en expansión y masas obreras, había que ofrecer algo más que resistencia:
- Benjamin Disraeli (Reino Unido) amplió el voto a parte de la clase obrera urbana en 1867 —»un salto en la oscuridad», dijeron sus críticos— y formuló la idea de «una sola nación»: si los ricos no se ocupan de los pobres, el país se parte en dos naciones enfrentadas.
- Otto von Bismarck (Alemania) hizo algo aún más llamativo: entre 1883 y 1889 creó el primer sistema de seguridad social del mundo —seguro de enfermedad, de accidentes y de vejez—. Y lo hizo declaradamente para quitarle banderas al socialismo, al que perseguía con leyes de excepción. Es decir: el Estado del bienestar lo inventa un conservador prusiano para frenar a la izquierda. Pocas ironías históricas son tan completas.
- La Iglesia entra también en escena con la encíclica Rerum Novarum de León XIII (1891), que condena el socialismo pero también los abusos del capitalismo liberal, defiende el salario justo y el derecho a asociarse. De ahí nacerá la doctrina social de la Iglesia y, más tarde, la democracia cristiana.
5 · El siglo XX: fascismo, reconstrucción y fusionismo
La cuestión del fascismo (que hay que abordar de frente)
Cualquier dossier honesto sobre la derecha tiene que entrar aquí, igual que el de la izquierda entra en el Gulag.
El fascismo italiano y el nazismo alemán no son conservadurismo, y conviene explicar por qué: el conservador quiere conservar instituciones existentes —monarquía, Iglesia, cuerpos intermedios, derecho tradicional—, mientras que el fascismo fue un movimiento revolucionario y modernizador que aspiraba a crear un «hombre nuevo», destruía los cuerpos intermedios y sometía la religión al Estado. Mussolini venía del socialismo; Hitler despreciaba a las élites tradicionales alemanas.
Pero —y aquí está la parte incómoda que no se puede saltar— buena parte de la derecha conservadora europea pactó, toleró o facilitó su llegada al poder, convencida de que podría domesticarlos y de que eran el mal menor frente al comunismo. Fue un cálculo catastrófico: los conservadores que creyeron que controlarían a Hitler acabaron apartados, exiliados o muertos. La lección que la propia derecha democrática extrajo después es explícita: el miedo al desorden puede llevarte a entregar el orden a alguien mucho peor.
1945: la democracia cristiana reconstruye Europa
Tras la guerra, la derecha europea se reinventa. Konrad Adenauer en Alemania, Alcide De Gasperi en Italia y Robert Schuman en Francia —los tres católicos, los tres antifascistas— lideran la reconstrucción y ponen los cimientos de lo que será la Unión Europea. Su modelo económico es la economía social de mercado teorizada por el ordoliberalismo alemán y aplicada por Ludwig Erhard: mercado libre, competencia protegida por el Estado y red social sólida. No es laissez-faire, y tampoco planificación.
Es, probablemente, el periodo más exitoso de la derecha europea: reconstruyó un continente en ruinas, integró a la clase obrera en el sistema y consolidó democracias donde antes había dictaduras.
El fusionismo: cuando la derecha se casó con el liberalismo
En Estados Unidos, durante los años cincuenta, Frank Meyer y William F. Buckley Jr. (fundador de National Review) articulan el llamado fusionismo: unir en un mismo movimiento a los conservadores morales y a los liberales económicos, sobre la base de que la libertad económica es condición de la virtud y de que ambos comparten enemigo, el comunismo. Esa fusión define la derecha occidental durante medio siglo.
El aviso de Hayek: «Por qué no soy conservador»
Y aquí conviene detenerse, porque es el texto que más incomoda dentro de la derecha. En 1960, Friedrich Hayek —el gran teórico liberal— publicó como epílogo de Los fundamentos de la libertad un ensayo titulado Por qué no soy conservador. Su tesis: el liberal y el conservador no son lo mismo, y no deberían confundirse.
Sus reproches al conservadurismo eran cuatro: 1. No tiene rumbo propio: solo frena el cambio, sin ofrecer una dirección. 2. Teme lo nuevo y lo desconocido, incluidas las innovaciones que mejoran la vida de la gente. 3. Admira la autoridad y suele estar dispuesto a usar el poder del Estado para imponer sus valores, exactamente igual que el socialista lo usa para imponer los suyos. 4. Es nacionalista, y el nacionalismo es incompatible con una sociedad abierta.
Hayek se declaraba, en realidad, liberal en el viejo sentido europeo —el de aquella izquierda de 1789— y lamentaba que esa palabra hubiera cambiado de significado. Este texto explica, mejor que ningún otro, por qué muchos liberales y minarquistas actuales se sienten incómodos en la etiqueta «derecha».
6 · España: una historia propia
- 1833-1876: las guerras carlistas. La derecha más tradicionalista —»Dios, Patria, Fueros, Rey»— se enfrenta en tres guerras civiles al liberalismo. Es la versión española de la contrarrevolución.
- 1876-1923: la Restauración. Antonio Cánovas del Castillo diseña un sistema estable de alternancia pactada entre conservadores y liberales. Trajo estabilidad y también el caciquismo y el fraude electoral sistemático: un ejemplo temprano de orden comprado al precio de vaciar la democracia.
- Antonio Maura intenta la «revolución desde arriba»: reformar para evitar la revolución desde abajo. Fracasa.
- 1931-36: frente a la Segunda República surge la CEDA de Gil-Robles, una derecha católica de masas cuya lealtad al régimen republicano fue siempre discutida.
- 1939-75: el franquismo. Aquí toca ser claros: una dictadura de casi cuarenta años, con represión, censura y ejecuciones, apoyada por sectores de la derecha católica, monárquica y militar. Hay debate historiográfico sobre su naturaleza —fascismo pleno solo en su primera etapa, luego dictadura nacional-católica y después desarrollista—, pero ninguno sobre su carácter dictatorial. Y una precisión relevante: los tecnócratas del Plan de Estabilización de 1959 liberalizaron parcialmente la economía y trajeron crecimiento, lo que se cita a veces como éxito; conviene recordar que ese crecimiento se dio sin libertad política, y que ese es exactamente el debate del que hablamos en la ficha de la dictadura.
- 1976-82: la Transición. Adolfo Suárez desmonta el régimen desde dentro con la UCD; Manuel Fraga, exministro franquista, funda Alianza Popular y hace el camino —discutido pero real— hacia una derecha homologable.
- 1989-2018: el PP. Refundación con Aznar; victorias de 1996 y 2000, con liberalización económica, entrada en el euro y crecimiento; y también la guerra de Irak, la crisis de 2008 y los casos de corrupción (Gürtel), que acabaron costando el gobierno en 2018.
- 2006-hoy: la fragmentación. Aparece Ciudadanos (liberal, luego desinflado) y en 2013 Vox, que rompe con el consenso previo en inmigración, autonomías y agenda cultural. La derecha española pasa de un partido casi hegemónico a tres.
7 · 1979-2008: la cumbre liberal y su desgaste
1979-1990: Thatcher. Llega a Downing Street con el Reino Unido en crisis: inflación alta, huelgas constantes, sector público enorme. Privatiza, desregula, derrota a los sindicatos mineros y baja impuestos. Sus resultados siguen en disputa treinta años después: modernizó una economía estancada y a la vez destruyó comarcas industriales enteras cuyo declive todavía se nota electoralmente.
1981-1989: Reagan. Bajada de impuestos, desregulación, rearme frente a la URSS y una retórica que definió a la derecha durante décadas: «el gobierno no es la solución, el gobierno es el problema».
1989-2001: el momento de máxima confianza. Cae el Muro. Parece que la discusión ha terminado: mercado y democracia liberal como único horizonte. Es cuando «derecha» pasa a significar, sin más matices, libre mercado.
2008: el golpe. La crisis financiera hace tambalear el relato. Y no por la izquierda, sino por dentro: los rescates bancarios —dinero público para salvar a bancos privados— dejaron a mucha gente con una conclusión demoledora: «privatizan las ganancias y socializan las pérdidas». Para amplias capas de votantes de derecha, aquel fue el momento en que dejaron de creer en el discurso del mercado libre… porque vieron que sus propios dirigentes no lo aplicaban cuando tocaba.
2015 en adelante: el giro nacional-populista. Crisis migratoria, deslocalizaciones y desconfianza institucional alimentan una derecha distinta: proteccionista, soberanista y hostil a las élites, incluidas las de su propio bando. Trump impone aranceles que Reagan habría considerado herejía. Es un vuelco completo en treinta años, con la misma etiqueta.
8 · Las corrientes de hoy, una por una
Conservadurismo clásico. Prudencia, instituciones, cambio gradual, respeto a lo heredado. Su reto: definir qué conserva exactamente, cuando lo heredado incluye ya el Estado del bienestar y los derechos civiles.
Democracia cristiana. Economía social de mercado y doctrina social de la Iglesia. Fue la columna de la Europa de posguerra; hoy pierde fuerza a medida que se seculariza la sociedad.
Liberalismo económico. Mercado libre, impuestos bajos, Estado pequeño, apertura comercial. Hoy es una corriente a la defensiva dentro de la propia derecha, desplazada por el proteccionismo.
Libertarismo y minarquismo 🦔. La versión más consecuente de la libertad individual: el Estado reducido a proteger vida, libertad y propiedad, o directamente inexistente. Es nuestra casa, y por eso la sometemos aquí al mismo escrutinio: su debilidad más señalada es que no tiene precedentes puros —no existe ningún país que la haya aplicado del todo—, y que sus respuestas sobre bienes públicos y sobre cómo se llegaría ahí sin destrozos siguen siendo su asignatura pendiente. (Lo desarrollamos sin adornos en la ficha de minarquía.)
Nacional-populismo. Soberanía, control migratorio, proteccionismo, hostilidad a las instituciones supranacionales y a las élites culturales. Es hoy la corriente más dinámica electoralmente en buena parte de Occidente, y la que menos comparte con el liberalismo económico.
Derecha religiosa. Defiende que la ley debe apoyarse en una moral sustantiva, normalmente cristiana. Muy potente en Estados Unidos, minoritaria pero activa en España.
Regionalismos conservadores. Identidad propia, orden y economía liberal. (PNV, sectores de Junts.)
9 · La derecha en la cultura popular
La derecha ha producido menos iconografía militante que la izquierda —no tiene un equivalente a La Internacional—, pero su huella cultural es enorme y a menudo pasa inadvertida precisamente porque se confunde con «lo normal».
Símbolos. Banderas nacionales, himnos, uniformes, desfiles, monumentos a los caídos. La derecha no necesitó inventar símbolos: adoptó los del país. Ese es su gran activo y también su punto débil, porque convierte cualquier crítica a un gobierno de derecha en algo que se puede presentar como crítica a la nación.
Cine. El western clásico es probablemente el género más conservador de la historia del cine: orden frente a caos, comunidad frente a forajidos, el hombre que hace lo que debe. John Ford (Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance) y John Wayne son su emblema. Después, Harry el Sucio (1971) puso en escena la desconfianza hacia unas instituciones consideradas blandas con el crimen. Y en clave de familia, orden y lealtad, El Padrino (aunque su lectura política sea mucho más ambigua).
Literatura. J. R. R. Tolkien —católico y conservador declarado— escribió en El Señor de los Anillos un relato profundamente antimoderno: la Comarca como comunidad rural idealizada, la industrialización de Isengard como mal, la nostalgia de un mundo que se pierde. C. S. Lewis hizo lo propio en clave cristiana. G. K. Chesterton aportó la imagen más citada del pensamiento conservador, «la valla de Chesterton»: si te encuentras una valla en medio del campo y no sabes por qué está ahí, no la quites hasta averiguarlo. Es el argumento burkeano en una frase. Y en España, buena parte de la tradición católica: desde Menéndez Pelayo hasta Julián Marías en clave liberal.
Música. En Estados Unidos, el country ha sido durante décadas el género identificado con los valores conservadores: familia, patria, trabajo, fe. En España no hay un equivalente claro, aunque sí una vinculación cultural —discutida y no exclusiva— con la tauromaquia, la Semana Santa o la caza como señas de identidad rural.
Internet. El fenómeno más nuevo: buena parte de la derecha joven se ha construido en la red, con memes, pódcast y vídeos, en un terreno donde la izquierda dominó las universidades y la derecha ha dominado los algoritmos. Es un cambio cultural de primer orden y todavía poco estudiado.
Y una crítica nacida dentro: el propio conservadurismo tiene una larga tradición de reírse de sí mismo —de la solemnidad, del apego al cargo, del «siempre se ha hecho así»—. Chesterton lo hizo mejor que nadie, y su humor sigue siendo la mejor vacuna contra el conservadurismo entendido como pura defensa de lo propio.
10 · Mitos frecuentes: cuáles son falsos y cuáles no
«La derecha siempre defendió el libre mercado.» Falso. La derecha nació defendiendo al rey y los gremios, combatió al liberalismo durante todo el siglo XIX, se casó con él por miedo al comunismo y hoy buena parte de ella defiende aranceles. Tres posiciones distintas con la misma etiqueta.
«La derecha es lo mismo que el fascismo.» Falso, y además impide entender el siglo XX. El fascismo fue revolucionario y destruyó los cuerpos intermedios que el conservadurismo defiende; muchos conservadores y liberales fueron perseguidos por él. Pero —y esto no se puede omitir— sectores de la derecha lo apoyaron o lo toleraron como mal menor, y esa es una responsabilidad histórica real.
«La derecha quiere quitar la sanidad y las pensiones.» Falso como descripción general. Ningún partido de derecha con opciones de gobierno en Europa propone eliminarlas; discuten su gestión, su financiación y su alcance. La excepción son corrientes libertarias minoritarias que sí lo plantean —y que, por honestidad, debemos señalar porque es nuestra propia familia—.
«La derecha es la de los ricos.» Parcialmente falso hoy. Es una descripción que encajaba mejor en el siglo XX. Hoy, en buena parte de Occidente, el voto obrero se ha desplazado hacia la derecha nacional-populista y el voto de las rentas altas urbanas con estudios superiores se ha desplazado hacia la izquierda. El mapa se ha invertido en parte.
«Ser conservador es estar contra el cambio.» Impreciso. La posición clásica no es negar el cambio, sino exigirle pruebas y preferir lo gradual. Otra cosa es que en la práctica esa prudencia se haya usado muchas veces para defender privilegios concretos: la crítica es legítima y hay casos de sobra.
«La derecha defiende la libertad.» Depende de qué libertad, y es su contradicción más viva. Buena parte de la derecha defiende la libertad económica y a la vez acepta restricciones en la vida privada; otra parte (liberal y libertaria) defiende ambas. Como sostuvo Hayek, no son la misma familia aunque compartan siglas.
11 · Glosario
- Ley natural: un orden de justicia accesible a la razón, por encima de las leyes humanas.
- Valla de Chesterton: no elimines una institución cuya razón de ser desconoces.
- Una sola nación (one nation): la idea de Disraeli de que la clase alta debe ocuparse de la baja para que el país no se rompa.
- Ordoliberalismo / economía social de mercado: mercado libre con un Estado que garantiza la competencia y una red social sólida (Erhard, Alemania).
- Fusionismo: la alianza entre conservadores morales y liberales económicos (EEUU, años cincuenta).
- Subsidiariedad: principio de la doctrina social católica: lo que puede resolver la instancia más cercana no debe asumirlo la superior.
- Nacional-populismo: derecha soberanista, proteccionista y hostil a las élites.
- Capitalismo de amiguetes: sistema en el que el éxito empresarial depende del favor político. No es mercado libre: es privilegio.
12 · Para seguir leyendo
Fuentes primarias: Burke (Reflexiones sobre la Revolución en Francia), Tocqueville (El Antiguo Régimen y la Revolución), León XIII (Rerum Novarum), Hayek (Los fundamentos de la libertad, incluido Por qué no soy conservador), Nozick (Anarquía, Estado y utopía), Scruton (Conservadurismo).
Críticas desde dentro: Hayek contra el conservadurismo; Chesterton contra la solemnidad; y los liberales que denunciaron el capitalismo de amiguetes tras 2008.
Críticas desde fuera: Karl Polanyi (La gran transformación), Corey Robin (La mente reaccionaria, muy polémico), Eric Hobsbawm.
Historia: Tony Judt (Postguerra), Stanley Payne (para el franquismo), Santos Juliá (caso español).
En La Choza: Qué es la derecha (versión corta) · La izquierda a fondo (el gemelo) · Qué es el centro · Sistemas Políticos.
Nota de la casa. Somos minarquistas, es decir, salimos de una de las familias descritas aquí. Precisamente por eso hemos intentado ser más exigentes con los nuestros que con nadie: hemos incluido el aviso de Hayek contra el conservadurismo, el capitalismo de amiguetes, los rescates bancarios y el hecho de que el minarquismo no tiene precedentes puros. Si detectas que hemos sido más blandos con este lado que con el de la izquierda, escríbenos: sería un fallo, no una intención.