MERITOCRACIA: EL PODER PARA QUIEN SE LO GANA

La meritocracia dice algo que suena de pura justicia: que los puestos y el poder se ganen por mérito —talento más esfuerzo— y no por cuna, dinero o enchufe. Más que un régimen completo, es un criterio para decidir quién manda. El problema, como siempre, está en la letra pequeña: ¿qué cuenta como mérito y quién lo mide?

¿Quién manda y cómo se decide?

Quienes demuestran mérito: exámenes, oposiciones, resultados medibles. La legitimidad la da el logro probado, no la herencia ni el voto.

Variantes

Meritocracia administrativa (la función pública por oposición) y el ideal general del «que valga, suba».

Dónde la hemos visto

El sistema de exámenes imperial chino (los mandarines), los cuerpos de funcionarios por oposición, y el discurso meritocrático que impregna las democracias liberales.

Lo mejor que se puede decir de ella (steelman)

  • Premia el esfuerzo y el talento y favorece la movilidad social.
  • Parece justa: cada cual llega hasta donde le lleva lo que aporta.

El argumento de verdad, que es histórico

Lo anterior son dos intuiciones. El argumento fuerte a favor de la meritocracia es más concreto y hoy se olvida: no se inventó para justificar la desigualdad, se inventó para romper el privilegio.

Antes de ella, los puestos iban por nacimiento, y punto. Quien no tenía familia no entraba, por listo que fuera. El sistema de exámenes imperial chino abrió durante siglos la administración a hijos de campesinos que se sabían los clásicos; y en Europa, las reformas de la función pública del siglo XIX —el informe Northcote-Trevelyan de 1854 en Gran Bretaña es el caso clásico— acabaron con el reparto de cargos por favor y amistad e impusieron el examen. Fueron, en su momento, medidas profundamente igualadoras: un plebeyo podía competir con un aristócrata en un papel donde su apellido no aparecía.

Eso conviene tenerlo presente antes de criticarla, porque la crítica moderna se hace desde un mundo que la meritocracia ya transformó. Quien hoy dice que el mérito es una farsa suele estar comparándolo con un ideal, no con lo que había antes: y lo que había antes era la cuna.

Las objeciones serias

  • ¿Mérito medido cómo, y por quién? El «mérito» depende mucho del punto de partida (familia, escuela, contactos). Es la crítica del filósofo Michael Sandel.
  • Puede legitimar la desigualdad y crear una élite arrogante: «me lo merezco todo, y tú lo tuyo te lo has buscado».

La objeción de Sandel, contada entera porque es la que muerde

Su tesis no es solo que midamos mal el mérito. Es más incómoda: la meritocracia corrompe a los ganadores y humilla a los perdedores, y lo hace precisamente cuando funciona.

Al que llega arriba le enseña a creer que se lo ha ganado todo él solo, lo que le quita las dos cosas que hacen soportable el éxito ajeno: la gratitud y la humildad. Y al que se queda abajo le dice algo que una aristocracia nunca pudo decirle: que está ahí porque lo merece. Bajo un sistema de cuna, el que no prosperaba podía decirse que el juego estaba trucado, y tenía razón; bajo un sistema que se presenta como justo, no le queda ese consuelo y el fracaso se vuelve un veredicto sobre su persona.

Sandel sostiene que esa es una de las raíces del resentimiento político actual: no la desigualdad a secas, sino la desigualdad acompañada del mensaje de que es merecida. Se puede discutir cuánto explica eso, pero el mecanismo es real y a cualquiera que haya oído «es que no se ha esforzado» le suena.

🦔 Lectura minarquista

Nos gusta premiar el mérito… pero ¿quién lo juzga? Ahí está la clave. Desconfiamos de una meritocracia de Estado, donde un comité decide quién entra en la élite. Preferimos que el mérito lo midan millones de intercambios voluntarios: tú demuestras lo que vales sirviendo a otros que eligen libremente, no pasando el examen de un tribunal. El mérito como resultado de la libertad, no como título para mandar sobre los demás.

Y la autocrítica que nos toca: el mercado no mide mérito

Lo que acabamos de decir tiene una trampa, y es nuestra. Si sostenemos que «el mérito lo miden millones de intercambios voluntarios», estamos haciendo una afirmación sobre el mundo, y esa afirmación es en buena parte falsa.

El mercado no mide mérito: mide lo que alguien está dispuesto a pagar. Y eso premia el esfuerzo y el talento, sí, pero también la suerte, el momento, el capital heredado, la escasez y el estar en el sitio correcto. A un heredero mediocre que compra bien le va mejor que a una enfermera excelente, y no porque la enfermera aporte menos: porque lo que aporta es abundante y lo que él posee es escaso. Cualquiera que haya trabajado lo sabe, y defender lo contrario nos hace parecer gente que no ha mirado.

Lo bueno es que no necesitamos ese argumento para nada, y usarlo nos coloca justo donde Sandel dispara. La posición liberal honesta es otra y es más sólida: el mercado no pretende medir mérito. No es un tribunal moral, es un mecanismo de coordinación — sirve para que millones de personas que no se conocen ajusten lo que producen a lo que otros necesitan, usando los precios como información. Que lo haga razonablemente bien no dice nada sobre si los resultados son merecidos, y no hace falta que lo diga.

De ahí sale una corrección a cómo habla a menudo nuestra propia familia ideológica: «lo tuyo te lo has ganado» no es un argumento liberal. Es una moralización del resultado, y encima innecesaria. Nosotros podemos defender el mercado por lo que hace —coordinar, descubrir, dejarte salir— sin sostener además que reparte lo que cada uno merece. Esa segunda parte no la podemos demostrar, nos obliga a decir del parado que no se esforzó, y es el flanco por el que nos entran con razón.

Dicho del todo: defendemos la libertad de intercambio porque respeta a las personas y funciona, no porque sus resultados sean un veredicto justo sobre nadie.

Para seguir

  • Vecinas: Aristocracia, Tecnocracia.
  • Para leer — a favor: Adrian Wooldridge (La aristocracia del talento, la defensa moderna más completa), Platón (La República, el precedente clásico de los «mejores» seleccionados).
  • Para leer — en contra: Michael Sandel (La tiranía del mérito), Michael Young (El ascenso de la meritocracia, 1958: la sátira que acuñó la palabra… como advertencia, no como elogio).