DICTADURA: TODO EL PODER, NINGÚN LÍMITE

Una dictadura es lo que ocurre cuando el poder se concentra en una persona o un grupo sin límites efectivos: ni división real de poderes, ni elecciones libres, ni forma pacífica de echar a quien manda. Casi siempre llega prometiendo orden y eficacia. El problema no es lo que promete, sino lo que quita: la posibilidad de decirle que no.

¿Quién manda y cómo se decide?

El dictador o la junta. Se legitima por la fuerza, el carisma o una ideología, y se sostiene controlando tres palancas: ejército, policía y medios de comunicación.

Variantes

  • Autoritarismo: controla la política y reprime la disidencia, pero deja cierta vida privada y económica.
  • Totalitarismo: aspira a controlarlo todo —economía, cultura, vida privada e incluso lo que piensas—.

Dónde la hemos visto

Autoritarismos como la España de Franco o el Chile de Pinochet; totalitarismos como la URSS de Stalin, la Alemania nazi o la Corea del Norte actual.

Nombramos esos casos y no otros porque son los que un lector de aquí reconoce sin que haya que explicárselos, no para repartir culpas: lo que se juzga en esta ficha es el régimen, es decir una forma de organizar el poder, no la biografía moral de nadie. Y conviene decir que dentro de la etiqueta «autoritarismo» caben cosas muy distintas entre sí, con niveles de represión y de duración que no se parecen.

El caso de Chile, que nos obliga a nosotros

Hay un sitio donde esta ficha tiene que mirarse al espejo, y es Chile. Durante la dictadura de Pinochet se aplicaron reformas económicas de inspiración liberal —los llamados Chicago Boys— y parte de la gente que piensa como nosotros ha usado durante décadas el crecimiento chileno posterior como argumento. Es la tentación exacta que esta casa dice rechazar, así que la decimos en voz alta:

No nos vale. Primero, porque aunque las cifras fueran impecables, ningún resultado económico compra la tortura, los desaparecidos y los miles de muertos que documentaron las propias comisiones chilenas. Si decimos que la libertad no se cambia por eficiencia, no se cambia tampoco cuando la eficiencia la produce alguien de nuestra cuerda. Y segundo, porque el argumento es además flojo en sus propios términos: aquel modelo también produjo el colapso financiero de 1982, y la etapa de crecimiento más sostenida de Chile llegó después, ya en democracia y manteniendo buena parte del marco económico. Es decir que lo que funcionó se pudo sostener sin la dictadura, lo que convierte a la dictadura en el ingrediente prescindible de la receta.

Quien use Chile para defender el atajo autoritario está usando el peor caso para su causa y el mejor para la nuestra.

Lo mejor que se puede decir de ella (con pinzas)

  • Rapidez: decide sin bloqueos parlamentarios.
  • El argumento del «déspota ilustrado»: un líder fuerte y bueno haría las reformas que una democracia no se atreve.

Es justo el cuento que siempre se usa para justificarlas. Rara vez aparece el déspota bueno; y, cuando se va, no deja contrapesos, deja escombros.

Las objeciones serias

  • Sin límites = abuso: represión, culto al líder, corrupción sin control.
  • No hay salida pacífica: el único modo de cambiar de gobierno es la ruptura o la muerte.
  • El coste se mide en libertades y, demasiadas veces, en vidas.

🦔 Lectura minarquista

Es el extremo opuesto a todo lo que defendemos y, sin rodeos, nuestro gran enemigo: máxima concentración de poder = mínima libertad. El minarquismo existe precisamente para que esto sea imposible. Y lo decimos claro: ni la dictadura «más eficiente» justificaría entregar la libertad. Pero conviene no despachar el argumento con una frase, así que aportemos el dato: lo que muestra la investigación comparada es que las autocracias no crecen de media más que las democracias; lo que tienen es mucha más varianza. Producen los mejores resultados y también los peores —el mismo sistema que dio el despegue de Corea del Sur dio la hambruna de Corea del Norte—, porque sin contrapesos nada frena un error del que manda. Elegir dictadura no es elegir eficiencia: es jugarse el país a una sola carta, sin poder recogerla si sale mal.

Y la pregunta incómoda que nos hace esta ficha

Hay un caso que no es una dictadura clásica y que pone a prueba nuestro criterio: el gobernante que gana limpiamente y desmonta la democracia desde dentro. Sin golpe ni tanques: ganando elecciones y usando después la mayoría para colonizar los tribunales, estrechar la prensa y cambiar las reglas electorales a su favor. Cuando acaba, sigue habiendo urnas pero ya no se puede perder.

A primera vista esto nos da la razón: es exactamente el argumento de la casa de que lo decisivo no es el recuento de votos sino que haya límites que la mayoría no pueda tocar. Pero si lo aceptamos, tenemos que aceptar también lo que se sigue, que es incómodo: que a veces hay que proteger a la gente de lo que ha votado, y que eso lo hará un tribunal o una constitución, es decir alguien a quien nadie eligió. No se puede defender lo primero y escandalizarse por lo segundo.

Y hay una dificultad más honda, que es la que de verdad no tiene solución limpia: «la mayoría está destruyendo la democracia, hay que intervenir» es, palabra por palabra, la frase con la que se ha justificado casi todo golpe de Estado de la historia. A veces es verdad y a veces es la excusa, y desde dentro del momento no siempre se distingue. Lo único que se nos ocurre, y es poco: que la diferencia está en si lo que se defiende son las reglas o el resultado. Quien actúa para que se pueda seguir votando y perdiendo está defendiendo la democracia; quien actúa para que no gane el que iba a ganar está defendiendo su bando con el vocabulario de la democracia. La distinción es real y es difícil de aplicar a tiempo, y no vamos a pretender que tenemos una regla que lo resuelva.

Para seguir

  • Contraste total: Minarquía, Democracia.
  • Parientes por concentración de poder: Teocracia (cuando el poder absoluto se justifica en nombre de Dios) y Oligarquía.
  • Para leer: Hannah Arendt (Los orígenes del totalitarismo), Friedrich Hayek (Camino de servidumbre), Adam Przeworski (Democracy and Development, sobre régimen político y crecimiento), William Easterly (Benevolent Autocrats, sobre por qué el «déspota eficaz» es más varianza que virtud).