¿Y si los recursos no fueran ni tuyos ni del Estado, sino de todos, gestionados por la comunidad que los usa? Esa es la idea que late en el régimen comunal, una familia amplia que va desde la pequeña comuna voluntaria hasta el comunismo de Estado. Su promesa es atractiva —cooperación e igualdad—; su historia, muy desigual según una variable clave: si es voluntario o impuesto.
¿Quién manda y cómo se decide?
En el ideal, la comunidad reunida en asamblea, de forma horizontal. En el comunismo histórico de Estado, quien mandó de verdad fue el partido, «en nombre del proletariado»: la promesa horizontal acabó en centralización vertical.
Variantes
- Comunalismo libertario (Murray Bookchin): municipios y asambleas, de abajo arriba.
- Comunas y cooperativas voluntarias (kibutz, cooperativas de trabajo).
- Comunismo de Estado: propiedad estatal centralizada (URSS y similares).
Dónde lo hemos visto
En sus dos versiones, y el contraste entre ambas es justamente el argumento de esta ficha.
Voluntario y a pequeña escala, funciona más de lo que se suele admitir: los kibutz israelíes llevan más de un siglo repartiendo trabajo y renta en común; Mondragón, en el País Vasco, es una federación de cooperativas de trabajo con decenas de miles de socios; y los montes vecinales en mano común de Galicia o las huertas de regadío del Levante llevan siglos gestionando tierra y agua sin dueño privado ni funcionario, con reglas escritas por quienes las usan. El Tribunal de las Aguas de Valencia sigue reuniéndose los jueves a la puerta de la catedral desde hace más de mil años. No son anécdotas pintorescas: son los casos que estudió Elinor Ostrom para ganar el Nobel demostrando que los bienes comunes no están condenados a la ruina.
Impuesto a un país entero, el balance es muy distinto: la colectivización forzosa soviética de 1929-33 y el Gran Salto Adelante chino de 1958-62 terminaron en hambrunas de millones de muertos. La diferencia decisiva no fue la idea de compartir, sino que en un caso se entra y se sale por voluntad propia y en el otro no.
Lo mejor que se puede decir de él (steelman)
- Cooperación, igualdad y sentido de comunidad frente al «sálvese quien pueda».
- No es una fantasía total: la Nobel Elinor Ostrom demostró que comunidades reales gestionan bien los bienes comunes (pastos, pesquerías) sin Estado ni mercado, cuando se dan buenas reglas.
Y conviene no dejar a Ostrom en una línea, porque lo fuerte de su trabajo no son los casos: son las condiciones. Al comparar cientos de comunes que funcionaban con otros que se arruinaban, encontró que los que duraban compartían unos cuantos rasgos de diseño: límites claros de quién tiene derecho a usar el recurso y quién no; reglas escritas por los propios usuarios y adaptadas al terreno, no copiadas de un manual; sanciones graduadas, que empiezan por un aviso del vecino y no por la multa; mecanismos de conflicto baratos y cercanos —de ahí que el Tribunal de las Aguas se reúna a la puerta de la catedral y resuelva de palabra el mismo día—; y reconocimiento externo, que nadie de fuera pueda venir a repartir el recurso por decreto.
Eso cambia la naturaleza del argumento. No es «funciona a veces, por suerte, cuando la gente es buena»: es que hay condiciones identificables y reproducibles bajo las cuales la gestión común supera al mercado y al Estado en ese recurso concreto. Quien quiera rebatir el régimen comunal tiene que discutir con esos principios, no con la nostalgia de la comuna.
Y de paso, una concesión que nos toca hacer. En esta casa usamos a menudo la dicotomía «o es privado o es del Estado» como si no hubiera más. Los comunes de Ostrom no son ninguna de las dos cosas: son propiedad colectiva de un grupo definido, con reglas propias, sin titular individual y sin funcionario. Existen, duran siglos y funcionan. La dicotomía es cómoda y es incompleta, y conviene que lo digamos nosotros antes de que nos lo digan.
Las objeciones serias
- El polizón (free rider): si la cosecha es de todos, ¿quién madruga a trabajarla?
- El cálculo económico: sin precios ni propiedad, ¿cómo se sabe qué producir y cuánto? (la crítica de Mises y Hayek al socialismo).
- Escala y libertad: funciona en grupos pequeños y voluntarios; impuesto a un país entero, deriva en coacción y escasez.
🦔 Lectura minarquista
Aquí la clave es una palabra: voluntario. Si alguien quiere vivir en comuna o montar una cooperativa, nos parece estupendo: eso también es libertad. Lo que rechazamos es imponerlo a todos por la fuerza del Estado, aboliendo la propiedad y la opción de marcharse. Comunal sí; obligatorio, no.
Y la objeción seria a esa distinción, que es la más afilada de esta sección
«Voluntario sí, obligatorio no» es una distinción cómoda, y hay que reconocer que no es tan limpia como nos conviene.
Empecemos por su lado: quien nace en un kibutz o en una comuna no se apuntó a nada. Y el coste de salir puede ser tan alto que la libertad de marcharse sea nominal: te vas sin propiedad, sin un oficio reconocido fuera y sin red de contactos. Si eso descalifica a la comuna como «voluntaria», es una objeción buena y la aceptamos.
El problema es que el mismo argumento se nos vuelve en contra, y con la misma fuerza. Nadie consintió nacer en un régimen de propiedad en el que todo el suelo ya tenía dueño antes de que llegara. El que no hereda nada se encuentra con un mundo entero repartido y una única opción realista: vender su trabajo a quien sí tiene. ¿En qué sentido «aceptó voluntariamente» ese arreglo? Si nacer en una comuna no cuenta como consentimiento, nacer en nuestro sistema tampoco. Y usar la palabra «voluntario» solo cuando nos favorece es hacer trampa.
Nuestra respuesta, que es parcial: lo que nos parece decisivo no es un consentimiento originario —que no existe en ningún sistema, y por eso el argumento empata— sino si puedes salir sin permiso de nadie. En nuestro arreglo puedes cambiar de trabajo, de ciudad, de país, montar algo o unirte a una cooperativa, y nadie tiene que autorizarlo. En la versión impuesta del régimen comunal no hay afuera al que irse, porque lo comunal es el país entero. La diferencia que defendemos es esa, y es más modesta que «lo nuestro es voluntario»: es que lo nuestro deja la puerta abierta.
Aun así, el golpe aterriza en parte. Si la salida exige recursos que precisamente no tiene quien quiere salir, la puerta está abierta solo formalmente. Eso es verdad y es el mejor argumento del otro lado.
Para seguir
- Opuesta: Minarquía (propiedad privada frente a propiedad común).
- Relación con la Anarquía (tiene matiz): comparten raíz en la rama social —el anarcocomunismo de Kropotkin también defiende la propiedad común sin Estado— pero chocan en lo esencial: administrar lo común exige un órgano que decida (asamblea, consejo, comité), y eso es una figura de poder que la anarquía rechaza por principio. Coinciden en abolir el Estado y discrepan en quién administra lo que queda.
- Para leer: Karl Marx, Piotr Kropotkin, Murray Bookchin, Elinor Ostrom (El gobierno de los bienes comunes); crítica: Ludwig von Mises (El socialismo).