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🧺 Fondos, indexados y ETF: cómo ser dueño de 500 empresas con 50 euros

En la pieza anterior vimos que el interés compuesto necesita dos cosas: tiempo y un sitio donde el dinero rinda. Esta pieza es sobre el sitio. Y la respuesta más sencilla, más barata y más aburrida que existe —la que usan desde el fondo soberano de Noruega hasta el trabajador australiano medio sin saberlo— cabe en una frase: en vez de elegir empresas, cómpralas todas.

Suena a broma, pero es exactamente lo que hace un fondo indexado. Con cincuenta euros te conviertes en copropietario de las quinientas mayores empresas de Estados Unidos, o de las mil quinientas mayores del mundo, en la proporción exacta en que pesan en la economía. No tienes que saber cuál va a ir bien. No tienes que saber nada, de hecho, salvo entender qué estás comprando, cuánto cuesta y qué no te promete. De eso va lo que sigue.

Qué es un fondo de inversión

Un fondo es una hucha colectiva. Muchas personas ponen dinero en un mismo bote, y una gestora —una empresa autorizada y supervisada por la CNMV— invierte ese bote en una cesta de activos: acciones, bonos o una mezcla. Tú no tienes acciones de Iberdrola; tienes participaciones del fondo, y el fondo tiene las acciones de Iberdrola, y de otras trescientas empresas más. Cada día se calcula cuánto vale el bote dividido entre las participaciones: es el valor liquidativo, el «precio» del fondo.

Lo que resuelve un fondo es el problema del pequeño ahorrador: con 200 euros al mes no puedes comprar acciones de cien empresas distintas —las comisiones te comerían—, pero sí puedes comprar 200 euros de un fondo que ya las tiene. Es la forma en que la diversificación, que es el único almuerzo gratis que existe en finanzas, se pone al alcance de cualquiera.

Y aquí empieza la parte importante, porque hay dos formas radicalmente distintas de llenar ese bote.

Qué es un índice (porque vas a comprar uno)

Antes de seguir hay que aclarar una palabra que se da por sabida y no lo es. Un índice bursátil es una lista de empresas con un peso asignado a cada una, que alguien fabrica y publica siguiendo reglas escritas. No es un producto: es una receta. El S&P 500 lo fabrica S&P Dow Jones Indices; el MSCI World y el MSCI ACWI, la empresa MSCI; el IBEX 35, la propia bolsa española. Cada uno tiene su regla de entrada (tamaño mínimo, liquidez, país), su calendario de revisión (normalmente trimestral) y, sobre todo, su regla de ponderación: cuánto pesa cada empresa dentro.

La regla habitual es la ponderación por capitalización: cada empresa pesa lo que vale en bolsa. Si Apple vale 4 billones y el conjunto del índice 60, Apple pesa alrededor del 6-7 %. Esto tiene dos consecuencias que conviene entender antes de comprar. La primera es que el índice se ajusta solo: si una empresa sube, pesa más sin que nadie compre nada; si quiebra, sale de la lista y entra otra. Por eso un fondo que lo copia apenas tiene que operar, y por eso es tan barato. La segunda es que un índice «mundial» no es tan mundial como suena: como Estados Unidos concentra la mayor parte de la capitalización del planeta, el MSCI World tiene el 72 % en empresas estadounidenses, y las diez mayores —las diez, estadounidenses, y casi todas tecnológicas— pesan el 28 % del índice, más que cualquier país que no sea Estados Unidos (agosto de 2026) (MSCI, ficha del índice MSCI World). Comprar «el mundo» es, en gran medida, comprar Estados Unidos y tecnología. Volveremos sobre esto en el contraste; de momento, quédate con que un índice es una lista con reglas, y antes de comprarlo hay que leer la lista.

Gestión activa contra gestión pasiva: la pregunta de fondo

En un fondo de gestión activa, un gestor —una persona, con su equipo— decide qué comprar y qué vender intentando batir al mercado: encontrar las empresas que lo harán mejor que la media y evitar las que lo harán peor. Cobra por ese trabajo, normalmente entre un 1 % y un 2 % anual del dinero gestionado.

En un fondo de gestión pasiva o indexado, no hay nadie eligiendo. El fondo copia un índice —una lista pública de empresas con sus pesos, como el S&P 500 o el MSCI World— y compra exactamente eso. Si Apple pesa un 6 % en el índice, el fondo tiene un 6 % en Apple. Cuando el índice cambia, el fondo cambia. No hay opinión, no hay apuesta, no hay genio. Y precisamente por eso cuesta muy poco: entre un 0,05 % y un 0,3 % al año.

La pregunta obvia es: si un profesional se dedica a elegir, ¿no debería ganar al que compra todo a ciegas? Y la respuesta, medida durante décadas, es la parte más incómoda de la industria de la inversión: la inmensa mayoría de los gestores profesionales no baten al índice que intentan batir, y cuanto más largo es el plazo, menos lo consiguen. El estudio de referencia es el SPIVA, que S&P publica cada año comparando los fondos activos con su índice: a quince años, el 88 % de los fondos de acciones estadounidenses de gran capitalización lo han hecho peor que el S&P 500, y a veinte años el 91 % (mitad de 2025); en Europa es aún peor: a diez años, el 98 % de los fondos de bolsa global en euros perdió contra su índice (S&P Dow Jones Indices, SPIVA Scorecards).

Por qué pasa esto (no es que los gestores sean tontos)

Conviene explicar el mecanismo, porque la conclusión sorprende y hay que entenderla para creerla.

Primero, la aritmética. El mercado es la suma de todos los inversores. Antes de costes, la media de todos los gestores activos tiene que ser, por definición, la rentabilidad del mercado: por cada uno que lo bate, otro se queda por debajo. Después de costes —y los activos cobran entre cinco y veinte veces más que los pasivos—, la media de los activos queda necesariamente por debajo del índice. No es una opinión: es una identidad contable que el premio Nobel William Sharpe escribió en dos páginas en 1991 (The Arithmetic of Active Management).

Segundo, la competencia. El mercado no es el casino de la pieza anterior, pero tampoco es fácil: miles de profesionales con la misma información y las mismas máquinas intentan lo mismo a la vez. Cuando una empresa está barata, no lo está durante mucho tiempo. Encontrar de forma sistemática lo que los demás no ven es posible, pero muy raro, y no se sabe de antemano quién lo va a conseguir: los fondos que batieron al mercado en la década anterior no son, estadísticamente, los que lo baten en la siguiente.

Tercero, el interés compuesto de las comisiones. Ya lo vimos: un 1,5 % anual de más se lleva la cuarta parte del resultado en treinta años. Un gestor activo no tiene que ser malo para perder frente al índice: solo tiene que ser normal y cobrar lo que cobra.

El caso español: dónde está el dinero y cuánto paga

Todo esto es especialmente relevante en España, y los datos lo muestran. Los hogares españoles tienen en fondos de inversión más de 450.000 millones de euros (450.889 al cierre de 2025, récord) (Inverco), y la mayor parte de ese dinero lo gestiona y lo vende un banco: solo las gestoras de CaixaBank (23,4 %), Santander (15,3 %) y BBVA (13,0 %) suman más de la mitad de todo el patrimonio en fondos españoles (Inverco, ranking de gestoras, diciembre de 2025), y cada una coloca sobre todo sus propios productos a través de sus oficinas. Eso tiene una consecuencia directa en el precio. Según el estudio de comisiones de Morningstar, los fondos de gestión activa más baratos de Europa —Reino Unido y Suiza— cobran de media por debajo del 0,9 % anual, y en países como Italia casi el doble; España está entre los mercados caros, en gran parte por el coste de la distribución bancaria (Morningstar, European Fund Fee Study 2025). Un fondo indexado global equivalente cuesta entre el 0,1 % y el 0,3 %. Y la gestión pasiva, que en Estados Unidos ya es el 55 % de todo el dinero en fondos (cierre de 2025), en España avanza deprisa —entre las gestoras internacionales que venden aquí, indexados y ETF son ya el 43 % del patrimonio, más del doble que hace diez años (Finect, con datos de Inverco)—, pero el grueso del dinero, el que está en las gestoras de los bancos, sigue en gestión activa.

Vuelve a la tabla de comisiones de el interés compuesto y verás lo que significa: para un ahorrador español con un plan de 300 euros al mes durante 30 años, la diferencia entre el fondo típico del banco y un indexado barato es de entre 46.000 y 94.000 euros, según cobre un 1 % o un 2 % de gastos anuales. No es que el gestor del banco sea peor que la media —es la media—; es que la media, después de cobrar lo que cobra, pierde contra el índice, y el ahorrador paga esa diferencia sin verla nunca en el extracto.

ETF: el fondo que cotiza en bolsa

Un ETF (exchange-traded fund, fondo cotizado) es un fondo —casi siempre indexado— cuyas participaciones se compran y venden en bolsa, como una acción, en vez de a través de la gestora al valor liquidativo del día. En la práctica esto significa tres cosas:

  • Lo compras en tu bróker, en segundos, al precio de mercado del momento, con una orden como la de cualquier acción (ver ¿Qué son las bolsas?, sección «cómo se compra»).
  • Suele ser todavía más barato que el fondo indexado equivalente: hay ETF sobre el S&P 500 con un TER del 0,03 %.
  • Y tiene una diferencia fiscal en España que decide muchas cosas, de la que hablamos ahora.

La fiscalidad en España: el detalle que cambia la elección

Aquí hay que ser concretos, porque la decisión entre un fondo indexado y un ETF en España no la decide la comisión: la decide Hacienda.

Los fondos de inversión españoles (y los europeos comercializados en España que cumplan los requisitos) tienen un privilegio fiscal: el traspaso. Puedes mover tu dinero de un fondo a otro sin vender, y por tanto sin tributar por la ganancia hasta que finalmente reembolses (artículo 94 de la Ley del IRPF). Eso permite cambiar de estrategia, de gestora o rebalancear durante décadas sin que Hacienda se lleve su parte en cada paso: el impuesto se difiere, y un impuesto diferido es dinero que sigue componiéndose a tu favor.

Los ETF, en cambio, tributan como las acciones: cada venta es una ganancia o pérdida que se declara ese año en la base del ahorro (del 19 % al 30 % por tramos desde 2025). Ha habido intentos de extender el régimen de traspasos a los ETF, y a día de hoy la regla general sigue siendo que no lo tienen.

Por eso, para el ahorrador español que va a estar treinta años dentro y quizá quiera cambiar de fondo por el camino, el fondo indexado suele salir mejor que el ETF aunque el ETF sea un poco más barato: el diferimiento fiscal vale más que las tres centésimas de comisión. Para quien no va a traspasar nunca, o para lo que no existe como fondo, el ETF es la herramienta. El detalle, activo por activo, está en «La fiscalidad en corto» del catálogo de activos.

El tercer envoltorio: el plan de pensiones (y su trampa)

Hay un tercer envoltorio que en España casi todo el mundo tiene y casi nadie entiende: el plan de pensiones. Por dentro es un fondo como los demás —una cesta de acciones o bonos, con su gestora y su comisión—; lo que cambia es la envoltura fiscal, y esa envoltura tiene una cara y una cruz que conviene mirar con frialdad.

La cara: lo que aportas se resta de tu base imponible ese año. Si estás en un tramo del 37 %, cada 100 euros que metes en el plan te devuelven 37 en la declaración. Es un incentivo real. Pero es limitado: desde 2022 el máximo deducible en planes individuales es de 1.500 euros al año (más hasta 8.500 en planes de empleo, si tu empresa tiene uno) (AEAT, planes de pensiones).

La cruz, que es la trampa: cuando rescatas el plan, todo lo que sacas tributa como renta del trabajo, no como ahorro. Es decir, no al 19-30 % de la base del ahorro, sino a tu tipo marginal de la base general, que puede llegar al 47 % en la escala estatal (más en algunas comunidades). Y «todo» incluye la ganancia y lo que tú mismo aportaste. El plan no te perdona el impuesto: te lo aplaza y te lo cobra a un tipo distinto. Sale bien si tu tipo al jubilarte es claramente menor que el de ahora (suele serlo); sale regular si rescatas de golpe una cantidad grande que te dispara el marginal; y sale mal si lo rescatas en forma de capital sin planificar. La regla práctica: rescatar en rentas pequeñas a lo largo de años, nunca de golpe.

A eso se suman dos cosas. La iliquidez: el dinero queda bloqueado hasta la jubilación salvo supuestos tasados (paro de larga duración, enfermedad grave, y desde 2025 las aportaciones con más de diez años de antigüedad). Y las comisiones: la ley pone un tope a la comisión de gestión de los planes (1,5 % en renta variable, más un 0,2 % de depósito, según el Real Decreto 62/2018), y muchos planes de banco cobran cerca de ese tope por hacer lo que un indexado hace por el 0,2 %. Existen planes de pensiones indexados baratos; hay que buscarlos, porque el banco no te los va a ofrecer.

En resumen: el plan de pensiones es un buen envoltorio hasta el límite deducible y con un plan de rescate, y un mal sustituto del fondo de inversión para todo lo demás. La comparación completa entre envoltorios —fondo, ETF, plan, depósito— y cómo combinarlos en una cartera merece pieza aparte; aquí basta con saber que el envoltorio decide tanto como el contenido.

Qué mirar antes de comprar cualquiera de los tres

  1. Qué índice replica, exactamente. «Bolsa mundial» puede significar el MSCI World (23 países desarrollados, unas 1.500 empresas) o el MSCI ACWI (que añade emergentes). No es lo mismo, y el nombre comercial del producto no siempre lo dice.
  2. El TER, el gasto total anual. Es el número más importante y el que menos se enseña. Está en el documento de datos fundamentales (DFI/KID), que la gestora está obligada a darte antes de que compres.
  3. Si reparte o acumula. Un fondo de acumulación reinvierte los dividendos dentro (y no tributas por ellos hasta vender); uno de distribución te los paga, y tributas cada año. Para componer, el de acumulación.
  4. El tamaño y la antigüedad. Un fondo muy pequeño o muy nuevo puede cerrarse o fusionarse; no es un drama, pero es una molestia y a veces un peaje fiscal.
  5. Quién lo custodia y dónde está domiciliado. Los fondos europeos armonizados (UCITS) tienen protecciones estandarizadas; un ETF americano comprado desde España tiene otra fiscalidad de dividendos y, desde 2018, ni siquiera se puede comprar en la mayoría de brókers europeos por la normativa PRIIPs.

Lectura minarquista: el producto que le quitó el poder al intermediario

Desde nuestra óptica, declarada, el fondo indexado es una de las mejores historias que se pueden contar sobre cómo funciona un mercado libre cuando se le deja funcionar. Durante décadas, la industria de la inversión vivió de una asimetría de información: el ahorrador no sabía que pagaba un 2 % por un servicio que, de media, valía menos que cero. Nadie lo prohibió por ley. Lo que pasó fue que en 1976 un señor llamado John Bogle lanzó el primer fondo indexado para particulares, la industria se rió de él —lo llamaron «la locura de Bogle»— y cuarenta años después el 55 % de todo el dinero invertido en fondos en Estados Unidos es pasivo: 19,4 billones de dólares frente a 16 de gestión activa, al cierre de 2025 (Morningstar). No hizo falta un regulador: hizo falta un producto mejor y una competencia que obligó a bajar precios. Las comisiones medias de la industria han caído a la mitad en veinte años precisamente por eso.

El contraste con España es instructivo: aquí la mayoría del ahorro en fondos sigue en productos de banco con comisiones altas, en parte porque la distribución está concentrada en la propia banca, que vende lo suyo. No es un fallo del mercado: es un mercado con menos competencia en la distribución, y el resultado se ve en la comisión media. Cuanta más competencia, menos peaje; es la misma lección de siempre.

Para ser justos con el caso español, hay que decir también que se está moviendo, y en la dirección que predice el argumento. La normativa europea MiFID II obliga desde 2018 a que el ahorrador vea en euros, no en porcentaje, lo que le cuestan sus fondos cada año, y ese simple cambio de formato ha hecho más por la transparencia que muchas campañas. Han aparecido gestoras y plataformas independientes que venden indexados baratos, y los propios bancos —que antes no los ofrecían— han tenido que lanzar los suyos para no perder clientes. El coste medio ha ido bajando: en Europa, la comisión corriente media que paga un inversor ha caído 30 puntos básicos en diez años, y en España los gastos de gestión de los fondos de renta variable se han reducido un 60 % desde 1996 (Morningstar, 2025; datos de la CNMV recogidos por Pictet). Sigue siendo alto en comparación con el norte de Europa, pero la tendencia confirma la tesis: cuando el ahorrador puede ver el precio y tiene dónde comparar, el precio baja. La información es la forma más barata de competencia.

Contraste: lo que la indexación no resuelve (y las críticas serias)

«Si todos indexan, ¿quién forma los precios?» Es la objeción más inteligente, y tiene razón en el límite. El indexado funciona porque otros —los activos— analizan empresas y ponen los precios; el pasivo va de polizón. Si el 100 % del dinero fuese pasivo, los precios dejarían de tener información. Pero estamos lejos de eso: la mitad del dinero sigue siendo activo y, además, en cuanto los precios se volviesen tontos, ganar dinero siendo activo se volvería fácil, y el dinero volvería. Es un sistema que se autocorrige; el polizón vive de que haya conductor, y siempre lo hay.

«El indexado compra caro lo que ya ha subido.» Cierto por construcción: si Nvidia se multiplica por diez, pesa diez veces más en el índice y el fondo tiene diez veces más. Un índice ponderado por capitalización tiene siempre una concentración creciente en lo que más ha subido —hoy, en un puñado de tecnológicas estadounidenses—, y eso es un riesgo real que la palabra «diversificado» esconde. Quien compra «el mundo» hoy compra, en gran parte, Estados Unidos (72 %) y tecnología.

«Cae lo mismo que el mercado.» Sí. La indexación no te protege de una caída del 40 %; te garantiza que la sufrirás entera. Su promesa es no hacerlo peor que el mercado a largo plazo, no hacerlo mejor en las caídas. Es la razón de que volatilidad no es riesgo vaya antes que esta pieza.

«Tres gestoras mandan en todas las empresas»: la crítica del poder pasivo. Es la objeción más seria y la menos conocida, y merece atención especial desde una óptica liberal. El éxito de la indexación ha concentrado el dinero en muy pocas manos: BlackRock, Vanguard y State Street gestionan entre las tres unos 31 billones de dólares (14 BlackRock, 12 Vanguard y 5,7 State Street, cierre de 2025) y son, juntas, el mayor accionista del 88 % de las empresas del S&P 500, con un 22 % de su capital en conjunto (Fichtner, Heemskerk y Garcia-Bernardo, Hidden Power of the Big Three?, 2017). Y votan en las juntas de todas ellas con el dinero de millones de ahorradores que ni saben que se vota en su nombre. De aquí salen dos preocupaciones distintas. La primera es de competencia: si el mismo accionista es dueño de todas las aerolíneas, o de todos los bancos, ¿tiene interés en que compitan entre sí a muerte? Hay estudios que sugieren que la «propiedad común» reduce la competencia —el más citado, sobre las aerolíneas estadounidenses (Azar, Schmalz y Tecu, 2018)— y otros que lo niegan; el debate académico está abierto. La segunda es de poder sin dueño: tres consejos de administración deciden sobre cuestiones de gobierno corporativo —y a veces políticas o ideológicas— en miles de empresas, sin que el ahorrador final haya opinado. Desde nuestra óptica esto es un problema real, y la respuesta liberal no es prohibir la indexación sino devolver el voto al dueño del dinero: las propias gestoras han empezado a ofrecer que el partícipe elija cómo se vota con sus participaciones (pass-through voting; BlackRock lo ofrece desde 2022 y Vanguard desde 2023), que es exactamente lo que debería ser la norma. El poder concentrado no es malo porque sea privado; es malo porque no rinde cuentas, y eso vale igual para un ministerio que para una gestora.

«La gestión activa sí tiene sentido en algunos sitios.» También es verdad. En mercados pequeños, ilíquidos o mal cubiertos —small caps, algunos emergentes, deuda de empresas—, los buenos gestores baten al índice con más frecuencia, y el análisis fundamental de empresas concretas —lo que enseñamos en valoración value— es exactamente gestión activa hecha por uno mismo. La conclusión honesta no es «lo activo es malo»: es que la gestión activa cara y mediocre es mala, y es la mayoría de lo que se vende.

Para seguir

La cadena hasta aquí: una empresa crea valor → una acción es un trozo de ella → el tiempo compone ese valor → y un fondo indexado te permite tener trozos de miles de empresas por casi nada y dejar que el tiempo haga el resto. Lo que falta es aprender a no estropearlo: cómo leer las noticias de bolsa sin que te empujen a vender en el peor momento —cómo leer una noticia de bolsa— y qué es la otra mitad de una cartera, la que no son acciones: renta fija: bonos y letras.


Fuentes e ideas: S&P Dow Jones Indices, SPIVA Scorecards · William F. Sharpe, The Arithmetic of Active Management (1991) · John C. Bogle, El pequeño libro para invertir con sentido común · CNMV, guía sobre fondos de inversión · Ley del IRPF, art. 94 (régimen de traspasos) · Morningstar (cuota de la gestión pasiva) · Fichtner, Heemskerk y Garcia-Bernardo, Hidden Power of the Big Three? (2017) · CNMV, informes anuales sobre IIC · Inverco · MSCI World, ficha. Divulgación con sesgo minarquista declarado. No es recomendación de inversión: decisiones según tu perfil y horizonte, idealmente con asesor.

📚 Material divulgativo y educativo, con sesgo minarquista declarado. No es recomendación de inversión ni asesoramiento financiero.