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🏦 Renta fija: qué es prestarle dinero al Estado (o a una empresa), y por qué no es «sin riesgo»

Todo lo que hemos visto hasta ahora en esta estancia va de ser dueño: comprar un trozo de empresa y participar de lo que gane. La otra mitad del mundo financiero va de prestar: le dejas dinero a alguien —un Estado, una empresa— que se compromete a devolvértelo en una fecha y a pagarte un interés por el camino. Eso es la renta fija, y tiene fama de aburrida y segura. Es más o menos aburrida. Segura, no tanto: en 2022, el año en que los tipos subieron de golpe, los bonos «seguros» a largo plazo perdieron más de un 30 % —el fondo de referencia de bonos estadounidenses a más de 20 años cerró 2022 con un −31 %—, la mayor caída de su historia. Quien crea que la renta fija no tiene riesgo no ha entendido la única relación que hay que entender, y es la que abre esta pieza.

Qué es un bono, en una historia corta

El Estado necesita 1.000 euros y tú se los prestas. Te da un papel —hoy una anotación electrónica— que dice tres cosas: el nominal (1.000 euros, lo que te devolverá), el cupón (digamos un 3 % al año, 30 euros que te pagará cada año) y el vencimiento (dentro de diez años, cuando te devuelva los 1.000). Ese papel es un bono. Si es a menos de un año y no paga cupón —se compra por menos de 1.000 y te devuelven 1.000—, se llama letra. Si lo emite una empresa en vez de un Estado, se llama bono corporativo, y todo funciona igual salvo que quien te lo debe puede quebrar con más facilidad.

Hasta aquí, sencillo: prestas, cobras cupones, te devuelven. Lo que lo complica —y lo convierte en un mercado— es que ese papel se puede vender a otro antes del vencimiento, y su precio cambia cada día. ¿Por qué iba a cambiar, si el Estado va a pagar exactamente lo mismo? Por lo que pasa con los tipos.

La única relación que hay que entender: cuando los tipos suben, los bonos bajan

Imagina que compraste ese bono al 3 % y, al año siguiente, el Estado emite bonos nuevos al 5 %, porque los tipos han subido. Ahora tu bono, que paga 30 euros al año, compite con uno que paga 50. Nadie te va a dar 1.000 euros por el tuyo pudiendo comprar el nuevo. Para vender el tuyo tienes que bajarle el precio hasta que, para quien lo compre, rinda lo mismo que el nuevo. Tu bono ha perdido valor sin que el Estado haya dejado de pagar nada. Y al revés: si los tipos bajan al 1 %, tu 3 % es una joya y su precio sube.

Esa es la regla: precio y tipos se mueven en dirección contraria. Es lo primero que se enseña y lo que más gente sigue sin entender, porque parece que «renta fija» significa que no se mueve. Lo fijo es el cupón; el precio, no.

Y hay un segundo factor que multiplica el efecto: el plazo. Un bono a un año sufre poco si los tipos suben, porque enseguida te devuelven el dinero y lo reinviertes al tipo nuevo. Un bono a treinta años sufre muchísimo, porque te quedas treinta años cobrando un cupón que se ha quedado viejo. Se llama duración, y en 2022 fue la que hundió los fondos «seguros» de bonos largos: los tipos subieron más de cuatro puntos en un año (la Reserva Federal pasó del 0,25 % al 4,5 %) y los bonos a 20-30 años perdieron un tercio de su valor. Quien los tenía por «seguridad» se llevó la sorpresa de su vida.

Para hacerlo tangible, el cálculo exacto. Un bono de 1.000 euros con cupón del 3 %, y lo que pasa con su precio si los tipos de mercado se van al 5 % o al 1 %:

Plazo del bono Si los tipos suben al 5 % Si los tipos bajan al 1 %
2 años 963 € (−3,7 %) 1.039 € (+3,9 %)
10 años 846 € (−15,4 %) 1.189 € (+18,9 %)
30 años 693 € (−30,7 %) 1.516 € (+51,6 %)

Cálculo propio: valor actual de los cupones y del nominal al nuevo tipo de mercado.

Ahí está la duración en números: la misma subida de dos puntos en los tipos apenas roza al bono corto y se lleva casi un tercio del largo. Y fíjate en la asimetría de la última fila: un bono a treinta años es un instrumento que puede subir un 50 % o caer un 30 % sin que cambie nada del que lo emitió, solo por lo que hagan los tipos. Eso no es renta fija en el sentido en que la gente lo entiende: es un activo tan volátil como la bolsa, con menos rentabilidad esperada.

La curva de tipos: el gráfico que más dice de la economía

Si pones en un gráfico cuánto paga el Estado por prestarle a 3 meses, a 2 años, a 10 y a 30, sale una línea: la curva de tipos. Normalmente es ascendente —prestar a más plazo se paga más, porque hay más incertidumbre—, y en septiembre de 2026 en Estados Unidos es así: 4,1 % a tres meses, 4,7 % a dos años, 5,0 % a diez y 5,4 % a treinta (Tesoro de EE. UU.).

Lo interesante es cuando se invierte: cuando el corto paga más que el largo. Eso significa que el mercado espera que los tipos bajen en el futuro, y los tipos bajan cuando la economía se enfría. Por eso la curva invertida es el indicador con mejor historial para anticipar recesiones: ha precedido a todas las de Estados Unidos desde los años setenta (Reserva Federal de Nueva York), con un adelanto de entre uno y dos años. No es magia ni es infalible —también ha dado alguna falsa alarma—, pero es la razón por la que el «diferencial 10 años menos 2 años» sale en las noticias serias de economía. Hoy esa pendiente es de solo +0,27 puntos: la curva está casi plana, que es la forma que tiene el mercado de decir «no lo tengo claro».

Quién compra toda esa deuda (y por qué los tipos no los fija solo el mercado)

Si el Estado emite billones en bonos, alguien los compra. Saber quién explica muchas cosas, entre ellas por qué el tramo largo de la curva se mueve como se mueve y por qué «el mercado» no es del todo el mercado.

Los compradores naturales son cuatro. Las aseguradoras y los fondos de pensiones, que tienen compromisos a veinte o treinta años (pensiones, seguros de vida) y compran bonos largos para casarlos: son la demanda estructural del tramo largo, y compran casi al precio que sea. Los bancos, que guardan deuda pública como activo líquido, como garantía y porque la regulación se lo pide. Los fondos soberanos y el ahorro exterior: el fondo noruego —el mayor del mundo, financiado con el petróleo, del orden de 2,2 billones de dólares en 2026, dueño del 1,5 % de todas las acciones cotizadas del planeta—, los fondos del Golfo, Singapur, China, y en general los países con superávit que reciclan sus dólares y euros comprando deuda de los países con déficit (Norges Bank Investment Management). Y, desde 2008, los bancos centrales: con la expansión cuantitativa (QE), la Reserva Federal y el BCE compraron deuda pública a una escala sin precedentes, y llegaron a tener en sus balances una parte enorme de la deuda de sus propios Estados: el Eurosistema, un tercio de toda la deuda pública de la zona euro en su punto máximo de 2022 (BCE).

Este último es el que rompe la idea de que el tipo de interés lo fija «el mercado». Cuando un banco central compra billones de bonos, empuja su precio hacia arriba y su rentabilidad hacia abajo al margen de lo que piensen los demás compradores; así se llegó, entre 2014 y 2022, a la anomalía de los tipos negativos en Europa: gente pagando por prestar. Y cuando deja de comprar o vende (QT), retira al mayor demandante y las rentabilidades largas suben, que es parte de lo que pasó en 2022. Lo desarrollamos en el módulo Dinero (la pieza sobre el BCE) y en La deuda del mundo (quién presta a quién). Aquí basta con retener que el precio de la deuda pública lleva años teniendo un comprador que no mira el precio, y que eso distorsiona la señal más importante de la economía: el coste del dinero.

Tipo nominal, tipo real y lo que de verdad ganas

El 5 % de un bono a diez años es su tipo nominal. Lo que de verdad ganas en poder adquisitivo es el tipo real: el nominal menos la inflación esperada. Si el bono paga 5 % y la inflación va a ser del 2,3 %, tu ganancia real es de unos 2,7 %. Es una obviedad que se olvida constantemente: en 2021, con los bonos europeos al 0 % y la inflación empezando a subir, mucha gente «ahorraba» perdiendo un 5 % anual real. Hoy es justo al revés, y es una de las noticias financieras más importantes de la década que casi nadie ha contado: por primera vez desde 2007, prestarle al Estado vuelve a dar rentabilidad real positiva. Una letra a tres meses al 4 % con inflación al 3,4 % ya gana algo; un bono a diez años al 5 % con inflación esperada del 2,3 % gana bastante. El ahorrador conservador ha recuperado un sitio donde estar.

Letras del Tesoro: el producto que medio país descubrió en 2023

Y aquí conviene aterrizar en España, porque en 2023 pasó algo curioso: colas en la puerta del Banco de España para comprar Letras del Tesoro. Fue la reacción de los ahorradores a una asimetría que los bancos mantuvieron todo lo que pudieron: los tipos del BCE subían, las letras ya pagaban más de un 3 %, y los depósitos de los mismos bancos seguían al 0 %. La gente hizo lo racional: saltarse al intermediario y prestarle directamente al Estado. Los hogares españoles pasaron de tener 1.826 millones en letras a finales de 2022 a 24.428 millones a finales de 2023 —un tercio de todas las letras en circulación, y por primera vez el mayor tenedor— (Tesoro Público y Banco de España).

Cómo funcionan, en corto: se emiten a 3, 6, 9 y 12 meses; no pagan cupón, sino que se compran con descuento (pagas 970 y te devuelven 1.000: esos 30 son tu interés); se pueden comprar sin comisión en la web del Tesoro o en el Banco de España, o con comisión en tu banco; y tributan como cualquier rendimiento del ahorro. Es lo más parecido a «sin riesgo» que existe en euros —el riesgo de que el Reino de España no devuelva una letra a doce meses es despreciable— y por eso su rentabilidad es la vara con la que se mide todo lo demás: si una inversión no promete claramente más que la letra, ¿para qué asumir su riesgo?

Cómo se compran, paso a paso

Es más fácil de lo que la cola del Banco de España hacía pensar, y se puede hacer sin salir de casa:

  1. Dónde. Tres vías: la web del Tesoro (tesoro.es, apartado de compra de valores), abriendo una cuenta directa en el Banco de España (sin comisiones de custodia), o a través de tu banco o bróker (con comisión). Para las dos primeras hace falta identificarse con certificado digital, DNI electrónico o Cl@ve.
  2. Cuánto. El importe mínimo es de 1.000 euros nominales, y a partir de ahí múltiplos de 1.000.
  3. Cómo se fija el precio. Las letras se venden en subastas periódicas (el Tesoro publica el calendario del año). El particular pide no competitivo: no propones precio, aceptas el precio medio que salga de la subasta, y así tienes la adjudicación asegurada. La petición competitiva —proponer tú el precio— es para profesionales.
  4. Qué recibes. Pagas el precio de la subasta (por ejemplo, 970 euros por una letra a doce meses) y al vencimiento el Tesoro te ingresa 1.000. No hay cupones por el camino; el interés es la diferencia. Se puede vender antes en el mercado secundario, pero lo normal es esperar.
  5. Impuestos. La diferencia tributa como rendimiento del capital mobiliario en la base del ahorro (del 19 % al 30 %), el año en que vence. Y no hay retención al cobrar: hay que declararlo uno mismo.

Todo ello con un coste cero si se hace por el Tesoro o el Banco de España, que es la razón de que en 2023 el ahorrador se saltase al banco: el producto era el mismo, y el peaje, no.

La prima de riesgo: el término que todo español ha oído sin saber qué es

Entre 2010 y 2012 hubo una expresión que abría telediarios: la prima de riesgo. Es simplemente la diferencia entre lo que paga el bono español a diez años y lo que paga el alemán, que es la referencia de seguridad de la zona euro. Se mide en puntos básicos (un punto básico es una centésima de punto porcentual): si España paga el 4 % y Alemania el 3 %, la prima es de 100 puntos básicos. Es, en una sola cifra, cuánto más le cobra el mercado a España por el riesgo de prestarle.

En julio de 2012, en lo peor de la crisis del euro, la prima española superó los 600 puntos básicos (638 el 24 de julio de 2012): España pagaba más de seis puntos por encima de Alemania, y eso —no un titular— fue lo que puso al país al borde del rescate, hasta que el BCE anunció que haría «lo que fuera necesario» para sostener el euro (Banco de España, series de tipos de la deuda). En enero de 2026 la prima bajó a 38 puntos básicos, su mínimo desde 2008, y en 2026 se mueve entre 40 y 70 según el humor de los mercados; la calificación crediticia de España es A+ para S&P, A para Fitch y A3 para Moody’s (Tesoro Público, calificación crediticia): lejos del peligro, pero todavía por encima de lo que pagan Francia o los Países Bajos. La prima es útil por lo que vimos en cómo leer una noticia de bolsa: es uno de los pocos números del telediario que sí contiene información, porque no es un relato, es un precio.

Los riesgos de la renta fija (porque los tiene)

  1. De tipos. El que acabamos de ver: si los tipos suben, tu bono vale menos. Cuanto más largo, peor. Se evita en gran parte manteniendo hasta vencimiento: el precio vaivén por el camino, pero al final cobras el nominal.
  2. De inflación. Un cupón fijo del 3 % es una pérdida real si la inflación se va al 6 %. Es el riesgo que devoró a los ahorradores en bonos durante los años setenta, y del que se habla poco porque no se ve en el extracto.
  3. De crédito. Que quien te debe no pague. En un Estado solvente es muy bajo; en una empresa endeudada, no. Por eso los bonos de empresas con peor calificación —el high yield, que en la prensa se llama «bonos basura»— pagan más: el diferencial extra es el precio de ese riesgo. Hoy ese diferencial está en mínimos (2,8 puntos en septiembre de 2026), y en el panorama actual lo señalamos como una de las cosas que menos cuadran con el resto del cuadro.
  4. De liquidez. Un bono de una empresa mediana puede ser difícil de vender rápido sin bajar mucho el precio. Las letras y los bonos del Tesoro no tienen ese problema.

Renta fija en una cartera: para qué sirve de verdad

La renta fija no está en una cartera para ganar mucho: está para amortiguar. Cuando la bolsa cae con fuerza, el dinero suele refugiarse en deuda pública y los bonos suben, compensando parte de la caída. Esa correlación negativa es lo que hace que una cartera 60/40 —60 % acciones, 40 % bonos— haya sido durante décadas la receta estándar del ahorrador prudente. Pero conviene decir dos cosas honestas. La primera es que esa protección falló en 2022: subieron los tipos por la inflación, y cayeron a la vez las acciones y los bonos; el 60/40 tuvo su peor año desde la década de 1930. La segunda es que la parte de renta fija que amortigua es la corta y de calidad; el bono largo o el high yield se comportan más como acciones que como colchón. Para el horizonte largo, la renta fija corta —letras, bonos a uno o dos años— es la que sirve de reserva; la larga es una apuesta sobre los tipos, no un refugio.

Lectura minarquista: el bono del Estado es una promesa de cobrarte impuestos

Desde nuestra óptica, declarada, conviene mirar qué es exactamente lo que compras cuando compras un bono del Estado: una promesa de que el Estado te devolverá el dinero con lo que recaude en impuestos a otros (o a ti mismo) en el futuro. Un bono público no está respaldado por una fábrica ni por unos clientes: está respaldado por la capacidad de un gobierno de cobrar. Por eso se considera «sin riesgo»: porque el Estado tiene el monopolio de cobrar por la fuerza. Es una seguridad real, pero conviene saber de dónde sale.

Y de ahí nace la pregunta que desarrollamos en el bloque La deuda del mundo: ¿hasta cuándo? La deuda mundial ha alcanzado los 348 billones de dólares, Estados Unidos paga ya cerca del 4 % de su PIB solo en intereses y el 42 % de la deuda soberana vence en tres años y habrá que refinanciarla al 5 %. Un Estado que necesita emitir cada vez más deuda para pagar los intereses de la anterior tiene dos salidas: subir impuestos o inflar —dejar que el dinero pierda valor para devolver menos en términos reales—. La segunda es la que se usó en los años setenta, y es la razón por la que el riesgo de inflación es el que más nos preocupa en un bono público a largo plazo. El comprador de deuda pública no es solo un ahorrador prudente: es alguien que apuesta a que el Estado preferirá cobrarle a otro antes que estafarle a él con la inflación. Históricamente, esa apuesta ha salido regular.

Represión financiera: cuando el tipo real negativo es la política

Esa segunda salida tiene nombre técnico, y conviene conocerlo porque no es una hipótesis: es lo que ya se ha hecho, dos veces, en el último siglo. Se llama represión financiera: mantener los tipos de interés por debajo de la inflación durante años, a propósito, para que la deuda pública se vaya «licuando» —vale menos en términos reales cada año— sin que nadie tenga que votar un impuesto ni anunciar un impago. Los economistas Carmen Reinhart y Belen Sbrancia documentaron cómo Estados Unidos y Reino Unido redujeron así la enorme deuda de la Segunda Guerra Mundial: entre 1945 y 1980 el tipo real de la deuda pública fue negativo la mayor parte de los años, y esa «liquidación» les ahorró cada año entre un 3 % y un 4 % del PIB (Reinhart y Sbrancia, The Liquidation of Government Debt, FMI, 2015). ¿Quién pagó ese 3-4 % del PIB al año? El que tenía bonos, depósitos y ahorro en renta fija: el ahorrador prudente, precisamente el que había hecho «lo correcto».

Europa lo repitió entre 2014 y 2022. Con el BCE comprando deuda y los tipos en cero o negativos mientras la inflación era positiva, un ahorrador español en depósitos o en deuda pública perdió poder adquisitivo cada uno de esos años; en 2022, con la inflación en el 8 % y los depósitos aún al 0 %, la pérdida fue de un 8 % real en un solo año (la inflación media de 2022 en España fue del 8,4 %, según el INE). No hubo impago, no hubo impuesto nuevo, no hubo titular: solo un tipo de interés que alguien decidió mantener por debajo del precio de las cosas. Es la forma más silenciosa que tiene un Estado de cobrar, y es la razón de fondo por la que en esta casa insistimos en que la inflación es el impuesto que nadie votó: no es una metáfora, es un mecanismo con nombre, historia y cifra.

Contraste: la defensa de la deuda pública

«Sin deuda pública no hay sistema financiero.» Es verdad, y es la mejor objeción a la lectura anterior. El bono del Estado es el activo de referencia con el que se mide todo lo demás, la garantía que usan los bancos entre sí, el refugio en las crisis y el instrumento con el que el banco central maneja los tipos. Un mundo sin deuda pública no sería un mundo sin Estado: sería un mundo financiero sin ancla. La crítica razonable no es a que exista, sino a su cantidad y a que se use para gasto corriente en vez de inversión.

«Es lo único que protege al ahorrador conservador.» También es verdad. Para quien no puede o no quiere asumir el vaivén de la bolsa, las letras y los bonos a corto son la única forma de que su ahorro no pierda contra la inflación, hoy que vuelven a dar rentabilidad real positiva. Decir «no compres bonos» sería condenar a esa persona al depósito al 0,5 %.

«Japón lleva décadas con más del 200 % de deuda y no ha pasado nada.» Es el contraejemplo que siempre sale, y es real: la deuda pública japonesa supera el 200 % del PIB desde hace más de una década (en torno al 230-240 % según el FMI), sin quiebra y, hasta 2022, sin inflación. ¿Cómo? Por tres cosas que no tiene casi nadie más. Primero, la deuda es de los propios japoneses: la compran sus bancos, sus aseguradoras, sus fondos de pensiones y, sobre todo, su banco central, que llegó a tener alrededor de la mitad de toda la deuda del Estado; apenas depende del ahorro extranjero, que es el que huye. Segundo, un ahorro interno enorme y muy conservador que durante décadas aceptó rentabilidades casi nulas. Tercero, una deflación crónica que hacía que un 0 % nominal fuese un tipo real positivo. Japón demuestra que un Estado puede sostener una deuda inmensa mientras se cumplan esas tres condiciones, y también lo que pasa cuando dejan de cumplirse: desde 2022, con la inflación de vuelta, el Banco de Japón ha tenido que subir los tipos hasta el nivel más alto en treinta años, y cada punto de subida encarece la refinanciación de una montaña de deuda. El caso japonés no es un argumento a favor de la deuda ilimitada: es una demostración de que el límite existe, y de que se descubre tarde. Lo tratamos con datos en La deuda del mundo.

«La curva invertida también se equivoca.» Cierto: ha dado señales sin recesión detrás, y en 2022-2023 estuvo invertida más de dos años —de julio de 2022 a septiembre de 2024, la inversión más larga de su historia— sin que Estados Unidos entrara en recesión. Es el mejor indicador disponible, no un oráculo.

Para seguir

Con esta pieza se cierra la base: sabes qué es una empresa y una acción, qué hace el tiempo con el dinero, cómo tener miles de empresas por casi nada, cómo no dejarte arrastrar por los titulares y qué es la otra mitad de una cartera. A partir de aquí, dos caminos: el del inversor pasivo, que con lo que ya sabe tiene bastante y solo necesita disciplina —el miedo a la bolsa y volatilidad no es riesgo son su lectura—, y el del que quiere analizar empresas por sí mismo, que empieza en el módulo de valoración value. Y para saber qué existe más allá de acciones y bonos, el catálogo de activos.


Fuentes e ideas: Tesoro Público de España (letras: funcionamiento y compra) · Tesoro de EE. UU., curvas de tipos diarias · Banco de España (tenencias de los hogares) · BCE, tipos oficiales · Reserva Federal de Nueva York, la curva de tipos como predictor de recesiones · Reinhart y Sbrancia, The Liquidation of Government Debt (FMI, 2015) · Tesoro Público, calificación crediticia · Norges Bank Investment Management . Divulgación con sesgo minarquista declarado. No es recomendación de inversión.

📚 Material divulgativo y educativo, con sesgo minarquista declarado. No es recomendación de inversión ni asesoramiento financiero.