Aviso de rigor (importante en este tema). Varias de las historias de “sabotaje de cables” que circulan acabaron archivadas o calificadas de accidente por los tribunales. Aquí distinguimos entre lo probado, lo sospechado y lo que solo se dice. Y un dato para tener siempre presente: entre el 70% y el 80% de las averías de cables submarinos son accidentales —anclas y redes de pesca—, no atentados.
Solemos hablar de internet como si viviera en el aire: «la nube», «lo digital», «lo virtual». Es una metáfora comodísima y profundamente engañosa. Internet es hierro y vidrio: unos 1,5 millones de kilómetros de cable tendidos por el fondo del mar, naves industriales llenas de servidores y miles de satélites dando vueltas sobre tu cabeza. Todo eso pertenece a alguien. Y ese alguien, cada vez más, no es un país: es un puñado de empresas.
Los cables: el 99% de todo pasa por ahí
Lo primero que sorprende: más del 99% del tráfico intercontinental de datos viaja por cable submarino, no por satélite. Hay 694 sistemas de cable en servicio, y cerca de 40 nuevos previstos solo para 2026.
Lo segundo sorprende más. Hace diez años esos cables eran cosa de las operadoras de telecomunicaciones. Hoy los ponen las tecnológicas: Google, Meta, Microsoft y Amazon pasaron del 10% de la capacidad internacional en 2014 al 71% en 2024. Google participa ya en 34 sistemas de cable —algunos enteramente suyos— y Meta en 20; en 2025 anunció Waterworth, un cable de 50.000 kilómetros que dará la vuelta al mundo por unos 10.000 millones de dólares. En el Atlántico, las redes de contenido y nube controlan cerca del 90% de la capacidad.
Dicho claro: la autopista principal de la información mundial ha dejado de ser una infraestructura pública para convertirse en propiedad privada de cinco empresas americanas.
Cuando un cable se corta
Se rompen unos 150 a 200 cables al año en el mundo —unas tres reparaciones por semana— y la inmensa mayoría por accidente. Pero algunos cortes han enseñado lo frágil que es todo:
- Mar Rojo, febrero de 2024. El carguero Rubymar, alcanzado por un misil hutí, quedó a la deriva arrastrando el ancla y seccionó tres cables. Resultado: afectación a cerca del 25% del tráfico de internet entre Asia, Europa y Oriente Medio. En septiembre de 2025 se repitió, con la nube de Microsoft degradada durante día y medio.
- África occidental, marzo de 2024. Cuatro cables cortados casi a la vez, probablemente por un desprendimiento submarino. Trece países afectados, el tráfico cayó más de la mitad y en Nigeria cerraron bancos.
- Mar Báltico, desde 2023. Al menos once cables dañados, con la «flota en la sombra» rusa señalada. La OTAN desplegó la operación Baltic Sentry y la UE aprobó 347 millones para proteger cables. Pero, honestamente: el caso del Eagle S fue desestimado por un tribunal finlandés, y el del Vezhen se cerró como accidente.
- Taiwán. Los cables de la isla de Matsu se han cortado más de veinte veces en cinco años. En 2025 hubo cinco averías. Y el matiz incómodo: en un caso muy sonado, una investigación concluyó después que el barco lo controlaban ciudadanos taiwaneses, no chinos.
La atribución es, precisamente, el punto débil de toda esta historia. Un ancla arrastrada y un sabotaje se parecen mucho desde el fondo del mar.
La nube: tres empresas, dos tercios del mundo
| Proveedor | Cuota mundial 2º trim. 2026 |
|---|---|
| Amazon Web Services | 28% |
| Microsoft Azure | 20% |
| Google Cloud | 15% |
| Los tres juntos | 63% |
Casi dos de cada tres euros que el mundo gasta en infraestructura de nube van a tres empresas de un mismo país. Y el mercado no para: creció un 43% interanual, el mayor ritmo en ocho años, empujado por la inteligencia artificial. Cuando decimos que un gobierno, un hospital o un banco europeo «está en la nube», conviene traducirlo: sus datos están en servidores de una empresa estadounidense.
Los satélites: un hombre, dos tercios de la órbita
Starlink tiene unos 10.876 satélites en órbita. Para dimensionarlo: eso es en torno a dos de cada tres satélites operativos que hay ahora mismo alrededor de la Tierra, y unas 17 veces más que su competidor más cercano (OneWeb, con 648). Amazon va muy por detrás, y arrastra retrasos.
Y aquí el asunto deja de ser técnico. En septiembre de 2022, en plena contraofensiva ucraniana, Musk ordenó cortar el servicio sobre determinadas zonas. En febrero de 2026, tras anunciar que actuaría contra el uso «no autorizado», los terminales que usaban las fuerzas rusas fueron desconectados; un informe del Pentágono atribuye a ese corte que Ucrania recuperase unos 400 km², su primer avance territorial desde 2023.
Fíjate en lo importante: el mismo interruptor, en manos del mismo particular, ha perjudicado y ha beneficiado a Ucrania en momentos distintos. Eso no es una anécdota: es el problema. Una capacidad que decide el curso de una guerra está en manos de alguien que no ha sido elegido por nadie y no responde ante nadie.
Los interruptores nacionales
Y luego está el poder más viejo de todos: apagar.
En 2025 se registraron 313 apagones de internet en 52 países, un récord histórico. No hubo un solo día del año sin un apagón en algún lugar del mundo. Myanmar encabezó la lista con 95; India, con 65, es la mayor cifra de cualquier democracia.
Dos datos que rompen tópicos:
- El satélite tampoco te salva. En 2025 hubo 14 cortes que alcanzaron al internet por satélite en siete países, frente a 4 el año anterior. Irán llegó a bloquear Starlink durante su apagón.
- Esto no pasa «solo en dictaduras». Entre los países que debutaron en la lista en 2025 están Albania, Lituania, Panamá… y Estados Unidos.
El caso extremo fue Irán: un apagón nacional que duró cuatro meses y medio, de enero a mayo de 2026, con la conectividad en torno al 1% de lo normal. Rusia, por su parte, ha construido algo más sofisticado: durante los cortes de internet móvil mantiene accesible una «lista blanca» de 57 sitios —bancos, operadoras, la administración, redes sociales propias y sus tiendas online—. Esa lista es, en sí misma, el retrato perfecto de un internet nacional cerrado: puedes comprar y pagar impuestos, pero no informarte fuera.
Los equipos: el veto que no funcionó
Occidente lleva años vetando a Huawei por seguridad. El resultado, en números: Huawei sigue siendo el primer fabricante mundial de equipos de telecomunicaciones con el 31% del mercado y, excluyendo China, sigue siendo el primero con el 21%, por delante de Nokia y Ericsson.
La retirada, además, va lenta y cara. En Estados Unidos, el programa para arrancar y sustituir equipos chinos («rip and replace») pidió casi 5.000 millones de dólares y solo se presupuestaron 1.900; en junio de 2026 apenas el 42% de los proyectos estaba terminado. En Europa, la sustitución podría costar hasta 5.000 millones de euros. Y un efecto colateral que conviene decir por honestidad: los operadores advierten de que sacar a Huawei encarece el equipamiento hasta un 24%, porque el mercado queda aún más concentrado.
Lo que revela el mapa
Primera: internet no es de nadie, pero su infraestructura es de muy pocos. La red se diseñó descentralizada y resistente, y lo sigue siendo en su lógica. Pero por debajo se ha ido concentrando: cinco empresas ponen los cables, tres alojan los datos y una sola controla dos tercios de los satélites. La arquitectura es distribuida; la propiedad, no.
Segunda: el poder de apagar se ha privatizado en parte. Antes, cortar las comunicaciones de un país era cosa de gobiernos. Hoy, una decisión empresarial —a quién se da servicio, a quién se le retira— puede tener efectos militares medibles. Y quien la toma no se presenta a elecciones.
Tercera: el interruptor estatal sigue muy vivo, y creciendo. Los apagones baten récord año tras año, alcanzan ya al satélite y han dejado de ser exclusiva de las dictaduras. Un país puede quedarse a oscuras durante meses.
Cuarta: los vetos por seguridad funcionan peor de lo que se anuncia. Huawei sigue liderando el mercado fuera de China, la sustitución va a mitad de camino y encarece el resultado. Se puede defender el veto por motivos de seguridad —hay argumentos— pero conviene no confundir la política declarada con lo que de verdad ha pasado.
La conclusión, como en el resto de la serie: lo que parece un espacio abierto y de todos —el comercio, los recursos, la seguridad, el dinero, la información— descansa siempre sobre unos pocos puntos que alguien controla. En el caso de internet, con un agravante: esos puntos están, cada vez más, fuera del alcance de cualquier votante.
Fuentes
Fuentes: TeleGeography (cables y capacidad), ICPC (averías), Internet Society (África occidental), Kentik y