La idea es tentadora: si para operarte quieres un cirujano y no un votante al azar, ¿por qué no dejar el país en manos de los que saben —economistas, científicos, ingenieros— en vez de políticos que prometen lo que no entienden? Eso es la tecnocracia: el gobierno del conocimiento experto. Suena razonable, hasta que te preguntas quién decide qué cuenta como «saber» y quién vigila a los sabios.
¿Quién manda y cómo se decide?
Una élite de técnicos, elegida por competencia y no por votos. La legitimidad no la dan las urnas, sino el título y el resultado: «esto es lo que dicen los datos».
Dónde la hemos visto
- Gobiernos de tecnócratas en momentos de crisis (Italia con Mario Monti, 2011).
- Bancos centrales independientes que fijan los tipos de interés sin pasar por las urnas.
- Cuerpos técnicos de la Unión Europea.
Lo mejor que se puede decir de ella (steelman)
- Decisiones informadas, con menos demagogia y menos «lo que pide la calle hoy».
- Visión a largo plazo, a salvo del ruido electoral.
Y conviene ir más allá de esas dos líneas, porque el argumento fuerte a favor de la tecnocracia ya está en esta página y es el caso de los bancos centrales independientes. No es un ejemplo cualquiera: es el caso de éxito. Durante buena parte del siglo XX, quien controlaba la imprenta de billetes era el gobierno, y la tentación de darle a la manivela en año electoral era tan grande que casi nadie se resistió; el resultado fue una inflación que se comía los ahorros de la gente que no tenía cómo protegerse. Sacar esa palanca de las manos del político y dársela a un comité técnico con un mandato estrecho ha funcionado razonablemente bien en bastantes países y durante décadas. Quien defienda que la tecnocracia nunca funciona tiene que explicar ese caso.
Y de ahí sale la distinción que de verdad importa, más útil que estar a favor o en contra: la tecnocracia funciona bien exactamente donde el fin ya está acordado y es medible —«la inflación en torno al 2%»— y lo único que se discute es el cómo. Deja de funcionar en cuanto el comité empieza a decidir qué hay que perseguir: cuánto paro es aceptable a cambio de cuánta inflación, a quién se le pide el sacrificio. Eso no es una cuestión técnica aunque se presente con gráficos, y es donde el mandato estrecho deja de ser estrecho.
Las objeciones serias
- ¿Quién vigila al experto? Si no lo eliges, tampoco lo puedes echar: déficit democrático.
- Los expertos también tienen sesgos e intereses (y a veces se equivocan en bloque).
- La trampa de fondo: la ciencia dice el «cómo», no el «qué debemos querer». No hay expertos en fines ni en valores. Cuando una decisión política (qué priorizar, a quién pedir sacrificios) se disfraza de «verdad técnica», se hurta el debate al ciudadano.
🦔 Lectura minarquista
El saber experto es un insumo valiosísimo; convertirlo en poder es otra cosa. Concentrar el mando en una élite «que sabe» lleva derecho al paternalismo: deciden por ti «por tu bien». Preferimos reglas generales y claras y decisiones descentralizadas —el mercado y la sociedad civil, donde cada cual usa su propio conocimiento— a la planificación de un comité, por brillante que sea. Es la vieja advertencia de Hayek sobre la arrogancia del planificador: nadie reúne toda la información que está dispersa en millones de personas.
Y la objeción seria a lo que acabamos de decir
«Reglas generales y decisiones descentralizadas» suena bien y no siempre produce una respuesta. Hay problemas donde la descentralización no converge en nada, y conviene nombrarlos en vez de esquivarlos: nadie quiere que cada aerolínea fije por competencia su propio estándar de seguridad, ni que la dosis de un fármaco la decida el mercado a base de ensayo y error con clientes reales, ni coordinar una central nuclear o una epidemia por acuerdos voluntarios entre vecinos. En esos casos el criterio técnico tiene que mandar sobre la preferencia del momento, y quien lo niegue está defendiendo una postura, no la libertad.
El propio Hayek, al que citamos arriba, no decía lo contrario: su objeción era a la planificación de la economía entera, no a que existieran reglas técnicas. Aceptaba expresamente un marco legal y estándares.
Nuestra respuesta, que es una respuesta y no una refutación: esos casos existen y son reales, y lo que pedimos no es que no haya normas técnicas, sino que el mandato sea estrecho, esté escrito y pueda revisarse — como el del banco central, no como un comité que va ampliando su propio terreno. La pregunta útil no es «¿expertos sí o no?», sino ¿quién fijó el objetivo, y puede alguien cambiarlo sin pedir permiso al comité? Si la respuesta es que no, ya no es tecnocracia con mandato: es poder sin control, que es lo que nos preocupa.
Para seguir
- Vecinas: Democracia, Dictadura, Meritocracia.
- Para leer — a favor: Henri de Saint-Simon (el precursor: que gobiernen científicos e industriales), Thorstein Veblen (Los ingenieros y el sistema de precios), y en versión suave y actual, Thaler y Sunstein (Un pequeño empujón: el experto que diseña las opciones «por tu bien»).
- Para leer — en contra: Friedrich Hayek (La fatal arrogancia; «El uso del conocimiento en la sociedad»), James C. Scott (Seeing Like a State, sobre cómo fracasan los grandes planes diseñados desde arriba).